- ¿Esprolo qué?, preguntó el subordinado.
- Espeleólogo, se dedican a meterse en cuevas, dijo socarronamente el inspector.
- ¿Y qué con eso?
- ¿Como?
- Sí, que para qué hacen eso, que no veo la necesidad de buscarse problemas y buscárselos a los semejantes.
- Bueno va, deja. ¿Qué sabes del alcohólico?
- Coma etílico y picaduras de zopilote en el gaznate.
Aparcaron el carro entre unos arbustos cerca de la sima instantes antes de que el equipo de especialistas descendiera a ella. Pascual Ramírez, el mejor espeleólogo del país, acompañaba al más valeroso bombero y a dos espeleólogos militares.
El inspector se acercó a la hondonada casi infinita. Sus ojos no se le volvieron oscuros pero si se le aceleró el pulso y quedó con una amarga sensación de fermentaciones vegetales.
- Hay que ser menso, válgame Dios meterse ahí. Dijo a su espalda su subordinado.
- Venga, vamos a dejarles trabajar, enciende un pitillo.
Recordaba el inspector la tarde que ayudó a su compañero a escapar de los aledaños de la mara 18 justo antes de que su cuerpo apareciera demasiado tatuado y su cerebro demasiado enjuto y como apareció ante su puerta, meses más tarde, pidiéndole oficio. Le complacía verle fumar ahora, hecho un hombre responsable, a pesar de las tremendas ganas que le daban de arrebatarle el cigarro y dar una calada. El tiempo todo lo cura hasta la adicción a la nicotina, meditaba apretando el puño; todo lo esculpe, todo lo arrasa, somos polvo de maíz suspendido del tiempo.
Esas ensoñaciones poéticas acabaron siendo frecuentes en el inspector desde que se prodigaba en leer a escondidas poesía. La lírica fue su refugio para escapar de la depresión y fiel a la cita, cada mañana, junto al primer café declamaba versos o visitaba algunos lugares por la red. Era su secreto, mejor guardado, temía ser descubierto por sus compañeros y ser objeto de burla.
Horas más tarde izaban el macilento cadáver de Barn, el inspector lo tapó de inmediato y preguntó a Pascual Ramírez.
- ¿Cómo estáis?
- Bien, jadeo.
- ¿Y el agujero?
- Ya son muchas cuevas las que llevo ¿Sabe que cosa es común a todas menos a esta?
- Dime Pascual.
- El silencio. Siempre nos oímos el corazón y eso nos gusta pero en esta sima se escuchan sonidos extraños. No me gusta, por algo está inexplorada. Además, abajo hay más cuerpos.
- ¿Cómo?
- Inspector, usted sabe bien de que puede tratarse, la guerra no es tan antigua. Fue fácil encontrar al danés porque los demás son esqueletos quebrantados.
Mientras manejaba hasta la capital el inspector sentía remordimientos. Durante muchos años la guerra le parecía tener un eco lejano como de otro país. Él estaba ausente de esa realidad, estudiando, ampliando conocimientos fuera, divirtiéndose.
Ya en su oficina de la municipalidad recibió la llamada telefónica de D. Aurelio, médico adjunto del Instituto Forense.
- Inspector...saquemos tiempo y nos tomamos ese cafecito que me debe. ¿Ok?
- Cuando quiera D. Aurelio.
- Bueno, como sabes te llamo por la autopsia de Barn Vejle, ciudadano danés que tuvo la nefasta ocurrencia de explorar sólo. Salvo algunos estragos de insectos y alguna mordedura por determinar, puedo afirmarte que su muerte fue de infarto agudo de miocardio.
-¿Un deportista?, replicó el inspector.
- Será lo que sea, pero es seguro, aquí te guardo el coágulo si quieres verlo.
- Venga, aparque su humor negro D. Aurelio. ¿Qué lo pudo motivar?
- Siendo deportista podría ser hipertenso sin saberlo o realizar un sobreesfuerzo o una impresión muy fuerte. Hasta puede ser todo reunido. Le acerco el informe detallado porque el correo interno como siempre está perdido.
Se despidió quedando muy pensativo ante la mesa de un escritorio desbordado de sucesos. Se mesaba la mandíbula.
Ruidos extraños, cadáveres de la guerra, una impresión muy fuerte ¿Los vería y su corazón no resistió? Imposible saberlo ya, hay lugares que guardan celosos secretos.
La familia nórdica esperaba la repatriación del cadáver. Bastaría con que el inspector cerrase el caso estampando su firma en el expediente.
Sufría pensando. Los asesinados tienen tres muertes, cuando fallece el cuerpo, cuando se cierra el caso y cuando desaparecen del recuerdo de las personas. Barn tendrá su segunda muerte en segundos. ¿Cuando se desvanecerá su recuerdo en su familia o en mí? ¿Cuánto tiempo falta para que sea nada? Los cadáveres de la guerra en la sima ¿Qué grado de muerte tienen además de su desaparición física? ¿Está su caso cerrado, por quién? Un día serán olvidados y su ausencia será absoluta pero no ahora, todavía queda el recuerdo lacerante en sus familias, todavía duelen y siento remordimientos por mi ignorancia de aquellos tiempos y la impotencia de estos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sí, mascullo, todavía erizan la piel y hacen nudos en la garganta.