La encontraron en una barranquera de la zona 6 de Guatemala ciudad, rodeada de
extrañas plantas, amordazada, semidesnuda, expuesta a la voracidad de los
coleópteros. Llevaba pocas horas muerta, al inicio los inspectores consideraron
que este detalle ayudaría a la investigación pero no fue así. El exceso de
trabajo, la escasez de medios, la desidia política y la corrupción policial
permitieron que la muerte de María Sarrión fuera un expediente más acumulando
polvo entre cientos similares. Un cadáver olvidado entre pliegos, entrevista
vacuas y fotos presurosas destinadas a desvairse con los años. La impunidad y la
violencia constante levantó un mecanismo justificador entre la población,
aquellas muertes se debían a imprudencias de aquellas mujeres, a su ropa
provocativa, a su vida disoluta, a trifulcas de pandillas. Ese sentimiento caló
tanto la clase política que ni siquiera se llevaron estadísticas.
En un rincón de Xelajú, la madre de María, hija de tozudos aragoneses, nunca
admitió, en apariencia, la muerte de su hija. Ni cuando le entregaron el
cadáver, ni al sepultarla, ni siquiera cuando, con el paso del tiempo, su
ausencia se hizo brisa e invadió los espacios húmedos hasta no dejar resquicio
que no testimoniara su vacío. En su alma no se permitían grietas. No. Al menos,
mientras tuviera a su cargo a su nieto. Cada despertar, al lavarse ante un
vidrio azogado que le mostraba una faz picuda de hueso y pellejo, aplazaba
veinticuatro horas su desmoronamiento y volcaba una furibunda entereza en
educarlo bien.
Aquel chico, que conociera diez años a su madre, fue instruido como si la
progenitora remoloneara por la casa siendo imposibles los encuentros, como si
unos aciagos segundos impidieran abrazos o postergaran los besos. Mas, en el
secreto de la noche, se concedía la debilidad de estremecerse ante la idea de su
cuerpo corrupto, de hablarle en susurros, de desplegar su mano al aire
acariciando su cabello, perfumado racimo de jacarandas.
Antes que el declive natural de su abuela fue la adolescencia la que hizo sentir
su carencia como un agudo y constante dolor. Esos años la odió, bebió a
escondidas negando su existencia y agradeciendo su abandono por otorgarle
libertad. El cambió no pasó desapercibido a su abuela que aprovechó los dineros
de la venta de un pequeño solar para obligarle a ir a estudiar a España, a casa
de su hermano menor, ferroviario jubilado, gruñón bondadoso, disciplinado aunque
pésimo cazador y poeta en prácticas. Se harán bien, sopesaba.
Y tenía razón. El jubilado encontró en el muchacho un campo fértil donde
cultivar, un retoño tardío pero exquisito del hijo que la providencia le negó.
El chico se maravillaba de encontrar una persona tan estrafalaria y compleja en
su familia, capaz de perseguir enojado un rastro inexistente por todo Albarracín
o de acechar jabalíes declamando versos en letanía.
Se sucedieron meses y confidencias. El ferroviario retirado entendió que su
equilibrio mental pasaba por la aceptación del fallecimiento de su madre.
Comprendió que debía ayudarle y, cuando llegó el momento del retorno, acompañó al
muchacho a Guatemala ciudad.
De mutuo acuerdo, siete años más tarde, visitaron el lugar del asesinato. Rezaron unas oraciones, repitieron unos versos escogidos a la ocasión y
guardaron algunas de aquellas extrañas flores entre las que se encontró su cadáver.
Foto propia.