23 de abril de 2007

DÍA DEL LIBRO

Hoy se celebra el Día Internacional del Libro. Existe una magnífica costumbre catalana que consiste en regalar un libro y una rosa. Adopto la idea y se la comparto pero como las rosas por el centro de la península van atrasadas, las he sustituido por fotos de flores. Todas las fotos son propias y sin maquillajes informáticos, únicamente reduje el tamaño del archivo al 50%, recomiendo abrirlas. Se trata del interior de una amapola mecida por el viento, unas curiosas gazanias y la poco conocida flor del membrillo.

Como libros, escogí tres de poesía de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes que respetan los derechos de autor. Dos de ellos son de poetas actuales y se trata de recopilaciones realizadas por los mismos autores: Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, José Manuel Caballero Bonald, Premio Nacional de las Letras Españolas 2005. Y por último un clásico, la obra escogida de la grandiosa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

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Antonio Gamoneda. Antología de textos.

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Caballero Bonald - Antología poética.

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Sor Juana Inés de la Cruz- Obras escogidas.

LA EXTRAÑA JUSTICIA 2/2

Del mismo modo en que dos líquidos indisolubles aparentan fundirse si se les agita, articulaban sus diálogos los hermanos en la conveniencia de si el joven necesitaba una aparente y falsa normalidad, como pretendía su abuela, o la aceptación plena de la desaparición como pretendía el ferroviario. Argüía la abuela que el chico era enteramente normal para su edad y le replicaba su hermano que aprendiera a distinguir las señales ocultas más allá de lo que llamaba normalidad. ¿Era normal un adolescente incapaz de establecer relaciones amistosas o amorosas en dos continentes, que sólo se contentara con la lectura y que no saliera nunca? Más por hastío que por convencimiento derivaron su conversación hacia un pacto: dejarle hacer, respetarle, no en vano restaban meses para que fuera mayor de edad. Cometieron la impericia de creerle dormido sin percibir que sus voces llegaban nítidas y temibles.

Esa noche el muchacho apenas pudo dormir porque los tenebrosos fantasmas del mundo adulto se apoderaron de sus párpados. En el desayuno de la luminosa mañana, tartamudeando, les expresó que quería recrear las últimas horas. El jubilado entendió que más que una rememoración de la sordidez lo que pretendía era contravenir el discurso tácito de la sociedad, demostrarse que su madre era inocente.

El expediente policial que pudieron consultar estaba ennegrecido por hongos. Lo espeluznante de las fotos y una conciso interrogatorio a una amiga de su madre fue lo único que pudieron aprovechar. Se afirmaba que "María Sarrión, veintinueve años, sin oficio conocido, llegó a la capital para reunirse en la Plaza del Trébol con un hombre, previsiblemente el padre de su hijo". Leer aquello le produjo un temblor leñoso. Su padre del que nada sabia, ni su nombre, aparecía de repente para dejar un desprendimiento de preguntas. ¿Quería volver con él? ¿Fue a exigirle responsabilidades de crianza? ¿Tuvo su padre que ver algo con la muerte? Avalancha de preguntas. Inexistencia de respuestas.

Quedaba un largo regreso a Zaragoza donde le esperaba otro año de estudios y, por insistencia de su tío abuelo, la doble nacionalidad. Contemplando la fiereza de la lluvia desde un ventanal del aeropuerto de La Aurora sintió, por primera vez, una pesadumbre por su castigada tierra. No supo definirlo ni darle forma pero era una mezcla de dolor, cansancio y desesperanza. La estridente voz del jubilado le sacó de su ensimismamiento. "Traela chaval, que estos señores nos dirán que planta es, que son botánicos". Unos estirados alemanes que regresaban de un congreso botánico como decían las acreditaciones que se balanceaban de sus cuellos, examinaron la desecada flor que hizo de lecho mortuorio. "No es tan extraña, bueno, en la capital si es raro verla. Es una Acantácea, concretamente la Justicia carnea".

Parecía una despiadada broma del destino que con la impunidad de su muerte apareciera rodeada de una planta llamada Justicia. Pasaron el vuelo de regreso sin hablar.

Ocho años más tarde la ropa de María Sarrión fue retirada de los armarios, se dieron misas por ella y sus fotos fueron guardadas excepto una con la que que su madre se haría un medallón. Aquella señora de antaño porte solemne se desmoronó en meses como si sus huesos fueran de humeante yesca. Nunca más vería a su nieto.

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"Quiero delimitar tu contorno madre, quiero borrar tu ausencia con mis dedos, invadir el tiempo perdido, deshacer el camino para hartarme de ti. Quiero revelarte, trazar tu vida, conocer tus secretos. Quiero hacer todo esto para amarte más aún, madre".

 

El inspector Carlos Sarrión guardo bajo llave aquel escrito no fuera que llegara a manos indebidas. Antes de bajar oteo unos segundos el imponente volcán y le dirigió los versos del poeta. "Enhiesto surtidor de sombra y sueño".

 

Foto: Justicia Carnea. http://pharm1.pharmazie.uni-greifswald.de/

20 de abril de 2007

LA EXTRAÑA JUSTICIA 1/2

La encontraron en una barranquera de la zona 6 de Guatemala ciudad, rodeada de extrañas plantas, amordazada, semidesnuda, expuesta a la voracidad de los coleópteros. Llevaba pocas horas muerta, al inicio los inspectores consideraron que este detalle ayudaría a la investigación pero no fue así. El exceso de trabajo, la escasez de medios, la desidia política y la corrupción policial permitieron que la muerte de María Sarrión fuera un expediente más acumulando polvo entre cientos similares. Un cadáver olvidado entre pliegos, entrevista vacuas y fotos presurosas destinadas a desvairse con los años. La impunidad y la violencia constante levantó un mecanismo justificador entre la población, aquellas muertes se debían a imprudencias de aquellas mujeres, a su ropa provocativa, a su vida disoluta, a trifulcas de pandillas. Ese sentimiento caló tanto la clase política que ni siquiera se llevaron estadísticas.

En un rincón de Xelajú, la madre de María, hija de tozudos aragoneses, nunca admitió, en apariencia, la muerte de su hija. Ni cuando le entregaron el cadáver, ni al sepultarla, ni siquiera cuando, con el paso del tiempo, su ausencia se hizo brisa e invadió los espacios húmedos hasta no dejar resquicio que no testimoniara su vacío. En su alma no se permitían grietas. No. Al menos, mientras tuviera a su cargo a su nieto. Cada despertar, al lavarse ante un vidrio azogado que le mostraba una faz picuda de hueso y pellejo, aplazaba veinticuatro horas su desmoronamiento y volcaba una furibunda entereza en educarlo bien.

Aquel chico, que conociera diez años a su madre, fue instruido como si la progenitora remoloneara por la casa siendo imposibles los encuentros, como si unos aciagos segundos impidieran abrazos o postergaran los besos. Mas, en el secreto de la noche, se concedía la debilidad de estremecerse ante la idea de su cuerpo corrupto, de hablarle en susurros, de desplegar su mano al aire acariciando su cabello, perfumado racimo de jacarandas.

Antes que el declive natural de su abuela fue la adolescencia la que hizo sentir su carencia como un agudo y constante dolor. Esos años la odió, bebió a escondidas negando su existencia y agradeciendo su abandono por otorgarle libertad. El cambió no pasó desapercibido a su abuela que aprovechó los dineros de la venta de un pequeño solar para obligarle a ir a estudiar a España, a casa de su hermano menor, ferroviario jubilado, gruñón bondadoso, disciplinado aunque pésimo cazador y poeta en prácticas. Se harán bien, sopesaba.

Y tenía razón. El jubilado encontró en el muchacho un campo fértil donde cultivar, un retoño tardío pero exquisito del hijo que la providencia le negó. El chico se maravillaba de encontrar una persona tan estrafalaria y compleja en su familia, capaz de perseguir enojado un rastro inexistente por todo Albarracín o de acechar jabalíes declamando versos en letanía. Se sucedieron meses y confidencias. El ferroviario retirado entendió que su equilibrio mental pasaba por la aceptación del fallecimiento de su madre. Comprendió que debía ayudarle y, cuando llegó el momento del retorno, acompañó al muchacho a Guatemala ciudad.

De mutuo acuerdo, siete años más tarde, visitaron el lugar del asesinato. Rezaron unas oraciones, repitieron unos versos escogidos a la ocasión y guardaron algunas de aquellas extrañas flores entre las que se encontró su cadáver.

Foto propia.

EL SECRETO DE LA ETERNA JUVENTUD

(Si se amplia puede leerse con comodidad)

Revista científica del Ateneo de Madrid, 1889. Omito intencionadamente el autor pero se trataba de un eminente doctor de la época que aseguraba haber rejuvenecido siete años con su método. Toda una invitación a la osteoporosis, fruto del positivismo de la época.

El secreto de la eterna juventud es que dicho secreto no existe, pasa por la aceptación del lento proceso, o como dice mi sabio amigo Gonzalo:

"Hay dos modos de envejecer: la vejez “ya no” que se produce al mirar lo perdido, lo que ya no se puede ser o hacer; y la vejez “ahora sí” que se produce al mirar lo ganado, lo que ahora sí que se puede ser o hacer. La primera se produce en la medida en que el cuerpo va perdiendo su alma; la segunda, en la medida en que el alma se va liberando del cuerpo, cortando sus cadenas."

Postal: Envejecer, 8 de marzo de 2007.

13 de abril de 2007

DUREZA Y FRAGILIDAD.

Para algunos botánicos los árboles son un legado de una época pretérita y están abocados a desaparecer en un millón de años para ceder su espacio a otra vegetación herbácea que soporte mejor las variaciones climáticas. Será un milagro que alcancen esa muerte evolutiva sin que los humanos los hagan desaparecer antes.

No ilustro esta entrada con árboles quemados o talados. Lo haré con ejemplos de dureza y perseverancia. Los ejemplares de abajo los conozco de hace tiempo. Me sorprende ver crecer cada año al árbol caído y la manera sigilosa pero consistente en la que el otro desmenuza una enorme roca.



Pino partiendo una piedra. Las Majadas, Cuenca. Foto propia.
Árbol sobreviviendo casi sin raíces. Las Torcas, Cuenca. Foto propia.

 

DOS INQUIETUDES

Inquietud española

Duele que todos los españoles conozcamos donde reposan los restos de nuestros reyes o del último dictador y que nadie, ni los más sabios, conozcan donde podemos rendir tributo y llevar flores, a nuestro mejor escritor, Cervantes, o a nuestro más insigne pintor, Velázquez.

Eso dice mucho de la diferencia de trato que se ha dispensado a los poderosos y a los artistas.

Inquietud guatemalteca

Los guatemaltecos que están fuera de su patria no pueden votar en las elecciones. A pesar de que lo reconoce su constitución en el artículo 136 y a pesar de que sus remesas monetarias son la principal fuerza económica de país. Incluso en algún foro he leído el desquiciado argumento de que es lógico que no voten pues no viven allí. Que me conste, ningún partido político incluye en su programa electoral de forma tajante el voto de la población emigrante.

Eso dice mucho de sus políticos, en más de una década han sido incapaces de articular un mecanismo que garantice, a los chapines que viven fuera, que pueden colaborar con su tierra con algo más que con dinero.

9 de abril de 2007

UNA HISTORIA DE GUERRA

El Gordo vivió 104 años. En la Guerra Civil Española le tocó ser carcelero del pequeño pueblo de Andalucía donde vivía ya que le dijeron que para ir al frente debía adelgazar antes.

Una noche de noviembre le avisaron que, al amanecer, fusilarían a los reclusos. Eran personas civiles de su localidad con las que se había relacionado antes sin problemas. La guerra marcó una absurda línea divisoria como si fueran enemigos atávicos e irreconciliables.

El Gordo los dejó escapar a todos y se emborrachó para simular ineficiencia. Mejor ser juzgado por negligente o estúpido que por traidor. Aquella alborada más de cuarenta personas se internaban desesperadas y agradecidas por los olivares.

Lo que restó de guerra y algunos años más los pasó en la cárcel. Cuando alcanzó la libertad ya no era aquel mozo obeso y lento. Era un hombre delgado, ojeroso y algo adusto que acabaría montando, con la ayuda de aquellos a los que liberó, una tienda de ultramarinos para subsistir entre tanta escasez.

Con la democracia fumaba un puro diario y tomaba el fresco en la puerta de su negocio, sentado en una silla de enea. Es la exacta imagen que guardo de él. Siempre pulcro, atento a los transeúntes, dispuesto a lanzar un saludo o a intercambiar unas palabras. No le gustaba nada hablar de la guerra, lo más que decía era que no iba a permitir que asesinaran a sus vecinos porque pensaran distinto o porque esa línea divisoria dijera que eran del otro bando. "Las guerras se olvidan con los años pero los muertos, esos, ya nunca regresan".

Yo soy un descendiente de aquellos que El Gordo dejó escapar aquella noche de otoño. Sin su gesto heroico no estaría aquí.

Creo que vivió tanto porque siempre tuvo muy tranquila su conciencia.

2 de abril de 2007

EL MIEDO AL NO

Durante semanas Don Facundo advirtió que el corazón se le resecaba y encogía hasta ser una ciruela pasa. Dejó de mirar espejos y su faz se tornó desgreñada y mugrienta. Descuidó el alimento y las costillas se le marcaron como macilentas ramas de árboles invernales. Lloró mucho de noche, tanto, que su almohada enverdeció con algo parecido al musgo.

Después se otorgó dos días de serenidad en los que descanso bastante, se nutrió bien y se aseo concienzudamente. Con el pelo recién cortado se vistió su mejor traje y prendió un jazmín del ojal. El espejo le devolvía una imagen elegante. "Sí, ya estoy preparado para pedir la mano de Rosa".

Bajó la empedrada calle con paso firme, sin temor.

¿Cómo tenerlo si había purgado ya la hipotética negativa antes de recibirla?

LA TENDENCIA AL ROJO

Siempre me ha sorprendido la tendencia a tener brotes rojos o a tomar esta tonalidad de varias plantas. Sucede por estas fechas y desaparece para volverse verde en apenas unos días. Un ingeniero agrónomo me dio la explicación: las plantas segregan mayores cantidades de antocianina, el pigmento responsable del color, cuando llegan al final del invierno. De este modo aprovechan mejor los rayos solares que si tuvieran el característico verde pálido. Una curiosa adaptación al medio.

Curiosamente los bebes de muchos mamíferos al venir al mundo también tienen durante días un tono rosado.

¿Por cierto, sucede lo mismo en los rosales de la América más templada?

Fotos propias que también recomiendo ampliar.



Brotes de rosal Planta crasa en Cuenca