En un lejano reino de árboles milenarios dormía una princesa víctima de
un hechizo. A su lado el príncipe azul la besaba, una y otra vez, sin
conseguir despertarla. Consternado, su padre el rey, ofreció una
recompensa a quien lograra arrebatarla de aquel sueño eterno. Ante el
lecho de la princesa, se sucedieron una extraña cadena de malabaristas,
quiromantes, bufones y trovadores pero ninguno obtuvo resultado.
Cuando el desánimo hizo presa en los habitantes apareció un joven caminante
muy humilde que aseguro disponer del método perfecto siempre que le
dejaran emplearlo tres días seguidos. El monarca accedió pues nada
tenía ya que perder.
Aquel muchacho aprovechó la hora azul, en que el sol se escondía y las plantas desplegaban su manto aromático, para susurrarle historias a su delicada oreja. El cuento del pérfido Cremonte que varió su carácter cuando encontró un cachorro abandonado, el de la bella Irasmín que descubrió un universo trasparente en una
gruta, el del intrépido Nicolás, el grumete que encontró un tesoro. Historias inconclusas que reservaban el final y que terminaban con la misma frase "para averiguar el resto, mi princesa, será necesario que salgáis de este letargo y, muy complacido, le contaré el desenlace".
El caminante sabía que la curiosidad era tan poderosa como para enemistar
familias, disolver amores, fundar religiones y conquistar imperios.
Despertar a una princesa sería sencillo.
Efectivamente tras tres días y cuarenta y nueve historias sin final, la princesa abrió sus ojos desperezándose. El apuesto príncipe azul, que tantos besos le había
dado, corrió a abrazarla pero ella rechazo el abrazo y corrió hacia el
muchacho.
- Caballero, seas quien seas, me es preciso conocer de inmediato el desenlace de todas esas historias y de cuantas otras conozcas.
Esa misma noche la princesa se fugo con el caminante internándose por trigales infinitos y despreciando la recompensa.
Desde aquellos lejanos tiempos los reyes, los príncipes y todos los poderosos
desconfían de los contadores de historias y de los escritores de
cuentos. Teneos por avisados si sois gente fabuladora y presta a usar
vuestra imaginación.
La pareja vivió modestamente en un extraña isla donde sus moradores hablaban nuestro idioma pero con una única vocal que cambiaban cada noche. Por cierto, a esa misma isla llegaría meses más tarde una golondrina herida con un mensaje cifrado en su patita. Y curiosamente era de....
Me temo que abuso de su tiempo, tal vez será mejor que atiendan sus asuntos, salgan de sus ocupaciones y, muy complacido, les contaré el desenlace.
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A mi sobrina Yana.
Foto: propia, Jardín del Principe, Aranjuez.