29 de octubre de 2007

El viaje al futuro del hidalgo misterioso

Esperando ser descubiertos, en una húmeda cueva de Toledo, unos legajos se descomponen.

Detallan el formidable viaje que realizaron a nuestros días tres hidalgos y del cual nada más retorno uno. En secreto se hicieron los planes y en secreto se destruyó el artefacto cayendo todo al olvidó pues aunque esperanzadores fueron los resultados, cierto rumor llego a quien no debiera y los brazos de la Inquisición eran largos y sus orejas estaban por doquier. El artífice de la idea, Juanelo Turriano abandonando todo el proyecto, se dispuso a diseñar su hombre de palo, maquinilla sorprendente pero inocua a ojos inquisitoriales. Antes exigiría al hidalgo que le describiera por escrito y sin mencionar nombre alguno todo lo visto en su corto periplo por si la ventura abría unos tiempos mejores en los cuales estos inventos no fueran considerados demoniacos.

No sabemos cuanto tiempo más perdurarán estos pútridos papeles en descomponerse del todo. Mirados a día de hoy y esforzando un poco la vista quizás podríamos salvar las siguientes frases.

"Sepa vuesa merced que no me fui a la esquina a atorarme de vino e inventar fabulaciones (ilegibre) la empresa que decía sin riesgo ha salido muy riesgosa ya que quedé yo conmigo mismo y vuesa merced escabullo dos cristianos en la negrura de los tiempos, haga sus calibraciones para traerlos (omito el insulto).

La villa la pueblan más unos carruajes metálicos guarecidos que los ciudadanos. No tienen animal ni bestia que tire de ellos que no sea un mozo o moza que en su interior aferra una rueda pues los que se mueven lo tienen y los quietos no. Son harto ligeros y ronronean (carcomido)

Las escasas personas que no montan este ingenio parecen escapar de la guerra de tan rápido caminan. Tienen alto el talle, la tez lívida de no conocer sol ni faenar los campos, van furibundos sin atender a saludos, no visten sayas, calzas ni capas sino ropajes extraños en los que no es fácil distinguir al señor del vasallo. Son pocos los barbados, menos los mendigos, por contra las damas son numerosas y tan desenvueltas y juiciosas que intimidan y, créalo, las hay que visten como varones. No vi jumentos, ni bueyes, ni chinches, mas sí gatos orondos y, extraña cosa, perros amarrados de cadenas que son paseados.

No existen huertas dado que toda la superficie de la villa es de materia negra para uso de los carruajes pues si uno la ocupa es imprecado de inmediato por ellos armando gran estruendo como de quejido de puerco en matanza. El idioma es el mismo y no lo es al mismo tiempo. Se grita más que se habla (manchado)

Traigo como presente un minúsculo cofre con números arábigos que debe ser cosa preciada por la oposición que se me puso al requisado puesto que tuve que mostrar mi puñal florentino. Los hay que le hablan y si lo observa con detenimiento vera preciadísimos colores como de gemas y las caracteres NOKIA cincelados con donosura".

Hasta aquí el primer pliego. Queda más pero la vista se me cansó y esto va quedando largo. Hay quien dice que aquel hidalgo murió al poco con las vísceras trastocadas, Juanelo asegura que se hizo rico aprovechándose de algo que vio y no quiso escribir y que se marchó a Flandes o a Cuba. A saber.

23 de octubre de 2007

LA GOLONDRINA Y EL ABISMO

Llaman melancolía de pájaro al insólito mal que los hace abandonar los refugios, renunciar al vuelo y acabar en un lindero donde su destino será morir de sed y hambre, ser atropellados o atacados por animales.

Así Sara, solitaria golondrina, optimista derrotada a golpes del que fuera su marido, asiste a una terapia que intenta unir con poco éxito los esparcidos fragmentos de su carácter.

Hay hombres que portan un abismo, el de Luis es debido a su mano tullida. Le nació con menosprecios colegiales y se hizo insondable en la ruptura con su novia. Sueña arrancarse las venas del brazo a mordiscos.

Luis, abúlico bonachón, cada mañana sirve desayunos en un bullicioso bar . Al atender a Sara se permite la coquetería de estirar la manga para ocultad la deformidad. Y se extraña. Aunque las aves suelen sentirse atraídas por el vacío han sido precisos cientos de cafés para concertar la cita de esta noche.

Ella se aplicará gotitas del mejor perfume, le costará abrir el frasco, pensará que caducó. Él se esfuerza ensayando sonrisas. Acudirán temblorosos, parapetados en callosas cicatrices de pasadas vidas. Se sentirán ridículos. Al final de la amable velada no se besarán. No concertarán otra cita. Durante la noche tendrán recíprocos sueños lúbricos pero a la mañana siguiente rehuirán la mirada, Luis olvidará esconder su mano contrahecha al servirle el café. Al voltearse cerrará lo ojos y evocará un instante su fragancia. Volvió a ponerse el mismo perfume, pensará. Sara demorará un momento su marcha con la intención de ser vista. Antes de desvanecerse el viento aleteará su abrigo.

Es ley natural que cualquier pájaro herido arrojado a un abismo intentará el vuelo por última vez. Desplegará las alas, pondrá toda su voluntad en planear los farallones y aspirar el aire brumoso. Reconocido el terreno, ganada la confianza en sus fuerzas, anidará en un promontorio, por muy profundo que sea el precipicio, por muy lisiada que esté la mano.

19 de octubre de 2007

VIEJOS MOLINOS

 Por aquí pasó Don Quijote.  Nosotros todavía lo esperamos...

Viejo molino

tallado por los vientos

que anhelas al Quijote.

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Siempre me gustaron las construcciones que coronan las montañas y los molinos, los pocos que quedan, me parecen incalculables reliquias de otro tiempo, un agasajo de sueños. En el pasado cumplieron la importantísima labor de ser el lugar de cita preferido por los enamorados ya que estaban enclavados en los cerros más ventosos, lejos de los rumores pueblerinos.

Mañana veremos muchos, vamos a la Mancha profunda, tierra de Quijotes y Dulcineas para asistir a la boda de Max. Mis felicitaciones amigo, saldrá muy bien.

Fotos: propias, la fotografía en blanco y negro corresponde a un molino-torre vigía del Mediterráneo, la otra son molinos manchegos. Sé que te gustarán amiga Cromática.

15 de octubre de 2007

VOLVER A LOS CICLOS NATURALES

Hemos alcanzado tal límite de sobreexplotación de los recursos naturales que nos estamos creyendo que una vida al margen de lo natural es posible. Forzamos los cultivos fuera de su ciclo y luego nos enoja que la fruta carezca de sabor. Encerramos a los animales y los sometemos a refinados sufrimientos para garantizarnos producciones elevadas y asistimos a la vez, impávidos, al surgimiento de nuevas enfermedades de etiología misteriosa como la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa o la gripe aviaria. Y los científicos comprueban, oh sorpresa, que todas ellas disminuyen hasta desaparecer cuando los humanos viven en un entorno rural donde la alimentación es tradicional así como el trato dispensado a animales y plantas.

¿Donde ha quedado lo natural? Desde luego no en el lenguaje porque asistimos, al menos en España, a la perversión publicitaria de hacernos creer que existe autos ecológicos movidos por gasolina, o al absurdo globalizado de la bomba respetuosa con el medio ambiente que debe ser algo así como matar a golpes de salud.

¿Conocemos los meses en que las gallinas no ponen huevos si no son forzadas, las sustancias que lleva el café triturado que tomamos, cuándo se esquilan las ovejas o madura la zanahoria?

En mi opinión, debemos regresar a los ciclos naturales, ralentizar el frenético ritmo productivo que degrada nuestro entorno y a nosotros mismos, detener lo artificioso, descubrir el embauco: ruralizarnos. ¿Utópico, imposible? Sí, sin duda, pero nunca será malo ser algo más que consumidores pasivos.

Imitar al principito cuando le ofrecieron la mágica píldora para calmar la sed y ahorrarse los minutos del trago.

- "Yo, se dijo el principito, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente...".

11 de octubre de 2007

UN INSTANTE RELAJADO DE VACACIONES

Me guarezco del sol con una higuera de frutos rezagados, descalzo sobre menudos guijarros blancos. La silla de madera contra la intemperie, la mesa de aluminio pulido. Un manantial canturrea entre frutales, buscando mayores cauces, soñando al mar. Escribo a lápiz. Una hormiga explora mi cuaderno, se detiene un segundo en la palabra que la nombra y prosigue su camino más allá de los dominios del grafito. Imagino el estupor que le habrá causado el desierto blanco con cuadriculas azules, extraño lugar sin alimentos pero con trazos de fino carbón.

Cortesía de la dueña de la casa rural, paladeo un copa de vinho verde branco que convierte mi paladar en una fiesta. Las papilas gustativas recorren raíces, surcan grosellas, acercan frambuesas, ofrecen género de las tierras umbrías: brezo, heno, eucalipto.

Escucho un golpe seco. Una manzana cayó al césped. Me divierto recordando a Newton. Caminaré hacia la fruta y será mía. La ley de la gravedad además de toda su ciencia también indica que su sabor es óptimo.

Arcos de Valdevez, Portugal. 03/09/2007

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Ahora que carezco del ocio que tenía el pasado año por estas fechas y que siento la intranquilidad como una nueva moneda a la que debo acostumbrarme, quiero traer este escrito de mis pasadas vacaciones como señal de relajación y símbolo de una vida más placentera.

Foto propia, el lugar donde lo escribí está detrás de este exiguo manantial.

5 de octubre de 2007

EL LADRÓN Y LA VIUDA

Robó el auto sin importarle la silueta menuda y enlutada que recortaba al mar. Condujo rápido y cuando se supo a salvo se percató que en el asiento parejo un jarrón retornaba el reflejo deforme de su silueta. Era una urna funeraria, ribeteada, brillante y con cenizas. Una densa humareda salitrada hendió su conciencia.

Retornaba al punto originario sopesando la excusa que argüir al devolverlo. ¿Torpes palabras de aturdimiento? Como "soy ladrón pero no tan desaprensivo", o "no me percaté de su situación". Poco pudo. De inmediato fue abofeteado. La señorita, la misma que contemplaba absorta el mar, la que le cruzó la cara, abrazaba ahora con denuedo y lamentaciones ahogadas la urna. Quiso irse pero advirtió sus pies lastrados, quiso hablar y las palabras no encontraron salida, así que contempló avergonzado un ritual de cenizas esparcidas, aguas bravas y negro pañuelo al viento contrastando las espumas de lontananza.

Un café, por favor, se le escapó finalmente. Algo tendría la súplica de efectiva porque ella aceptó y al cabo de unos minutos degustaban un capuchino en el bar del acantilado frente a un ventanal corroído por la humedad.

Durante la velada no hablaron, la chica miraba al mar, cuyas aguas se oscurecían como si las cenizas las hubieran tintado de oscura aflicción. Sorbía despacio, sin apartar apenas la taza de los labios. Él , enfrente, con los ojos anclados en su rostro.

Los vapores del café jugaban en sus cabellos negros, prendían el carbón de sus ojos y griseaban al bajar al párpado para formar unas ojeras de pétalos desvaídos, lo más bello que había visto. Cuando su boca se desprendía un instante de la taza percibía en sus labios húmedos un lugar que se hacía cereza. Justo ahí quiero vivir, justo ahí quiero morir, se dijo.

Eso fue todo. Ella se levantó, lanzó un adiós y se marchó.

Notó el lastre plúmbeo en sus pies, percibió palabras perdidas por los órganos, latidos agitados que sofocaban su pecho, ganas de llorar o gritar. De inmediato le devoró el terror de sus pesadillas carcelarias: me estoy haciendo estatua de sal.

No quiso pero tuvo que aceptar, en el instante mismo en que ella arrancando se marchaba para siempre, que esta vez le habían robado a él.

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Foto propia. Tormenta mediterránea.