Érase una vez una nube que se desgajó de una tormenta. Era la forma vaporosa más blanca del temporal y al separarse decidió explorar el mundo.
Con la ayuda de los sus amigos los vientos sobrevoló cada rincón de nuestro planeta. Disfrutaba adoptando figuras diversas para que los niños, los mejores observadores de cielos, las adivinaran. Muchas veces era vista como cordero saltando, otras como un balón desinflado pero su apariencia preferida era la de tarta de nata.
Le gustaba rasgar las montañas porque las más altas cumbres le hacían cosquillas, disfrutaba bajando a la selva para hacerse niebla y oír el ruido de los animales, al cruzar los desiertos se alejaba muy arriba pues le daba pena ver tanta extensión reseca.
Cruzó los mares para visitarnos. Por nuestras tierras embebió la humedad de los torrentes, enjugó el rocío de ceibas milenarias y fue haciéndose más grande y gris.
Estaba cansada de viajar y las aves al visitarla le daban ánimos para bajar a la tierra hecha líquido. “Es la única manera de retornar como nube pura de algodón”.
Un día se contempló reflejada en el lago. Ya no era una nube pequeña y blanca sino un nubarrón enorme y oscuro. Estaba cansada de viajar, tenía mucho frío y sentía curiosidad por conocer el mundo de otra forma.
No fue difícil. Se dejó acunar por sus amigos los vientos que la convirtieron en lluvia intensa que rodó por las laderas retornando al lago y a la savia de las ceibas.
Y así, nuestra amiga, dejó de ser nube.
Al terminar el cuento su madre advirtió que el pequeño aún estaba despierto. Había dejado de sudar pero se adivinaba la fiebre en sus ojos.
- ¿Ya está mamá? ¿Eso es todo? Acaba muy triste.
- No es triste, hijo, es un ciclo natural.
- ¿Cómo puede regresar?
- Haciéndola parte tuya. Bébetela en el vaso de agua.
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Foto propia.