¡Bruma, oh bruma, de la misma manera en que desdibujas los perfiles de las islas de enfrente, borra mi estirpe, mata mi nombre, olvida mis orígenes, mi naturaleza, mi ser entero, y que, cuando el sol te disuelva, me haga renacer como una criatura nueva!
Aseguran que nació como los repentinos remolinos estivales que tumban espigas y distraen atenciones. Le regaló la providencia un mirar celeste y un espíritu lúcido, mas alcanzó este mundo tan escaso de fuerzas que nunca pudo jugar con los demás críos ni con los años ayudaría a la siega como sus hermanos. Ante tan enfermizo hijo su madre, piadosa contumaz, dispuso entregarlo al párroco en la certeza de que resultaría hombre de fe.
Junto al temor a Dios y a las azotainas del instructor aprendió a desenvolverse con los escritos. En su joven y despierta mente las letras desvelaron nuevos horizontes. Los versos semejaban archipiélagos de coral y palabras, un regocijo inmediato para el alma; la prosa era tierra continental, vastos territorios de exploración y aventura.
En un arcón desvencijado descubrió libros hurtados a los anaqueles, textos clásicos considerados no aptos por el párroco. Sin su consentimiento leyó con delirio el Ars Amandi de Ovidio y la poesía soez y romántica de Cátulo.
Sin embargo no le fue preciso recurrir a ella para enamorar a Lucinda. La pasión juvenil nació con naturalidad primaveral. Ella adecentaba la casa parroquial, preparaba las comidas y lavaba sus ropas desde que su madre, la encargada originaria, padeciera ataques asmáticos.
El sutil juego de miradas prendió en manos que se encontraban hurtadillas, en besos furtivos y primerizos, en corazones desbocados ignorantes de la dicha que les afecta. Una víspera de Corpus Christi , ocultándose en el prado, hacen el amor en un lecho de espliegos, contando estrellas y arrojando al firmamento promesas de amor eterno.
A los jóvenes el destino les parece un río calmo y de cristalinas aguas hasta que una mañana Lucinda no acude al trabajo.
Nace el rumor en una inmunda tasca, entre conversaciones animadas por un clarete de dudosas uvas, llega como chascarrillo sabatino a sucias orejas que lo conducen a bocas de saliva chismosa donde es acotado y justificado, "se veía venir por la compostura y el atuendo de la moza, si pasó, debido es, a las ganas de fornicio de la joven"; y cuando el rumor, ya revestido de certezas, se adueña de todos los rincones de la villa, llega al que más lo sufrirá: Lucinda fue vista copulando con un alabardero borracho.
No se dirá que fue violentada, que tiene tres costillas rotas y la boca desecha. El amor aclara turbiedades. Él muchacho sabe que fue forzada mas no le permiten verla, Lucinda en un último rescoldo de coquetería no quiere mostrar la comisura desdentada, el innoble cuerpo que fue placer forzado, pero placer, al cabo, del más vil de los humanos.
Por primera vez en su vida la ira lo invade, hincha la vena de la sien, le hace cabalgar en palpitaciones, deja el regusto dulce de ser un depredador. Todo el odio acumulado clama venganza. No le es complicado saber del alabardero ni armarse.
En nada hubiera quedado la querella de no ser por las chanzas del vetusto militar que al verle se regodea de la blancura de carnes, de los solícitos favores de la joven. En un acto reflejo le asesta una puñalada en el costado y escapa entre sus chillidos de dolor creyendo que lo ha matado. Pero hace falta algo más que una cuchillada para eliminar a un soldado real por muy viejo y ebrio que esté.
