Rara vez el ajedrez, arte del equilibro, síntesis de la existencia, esconde azar en los movimientos. Cuando lo hace obliga a nuevos algoritmos.
Una mañana en que la bruma devoraba los contornos fue a la consulta. El doctor afirmó rotundo la temida expresión: "no podrá tener hijos". Aalima la recibe en silencio. En sus ojos de pulida pizarra aparecen dos oasis que anegan las mejillas y empapan el hiyab . No atiende a la demás terminología médica.
Llega al trabajo con la mano en el erial de maleza de su vientre. Limpia la casa y se consuela con la señora, su amiga. Hay técnicas nuevas - le anima -, tienes papeles, podrás incluso adoptar, me tendrás a tu lado.
Regresa al hogar. Lo ordena. Prepara la cena. Suena el teléfono. No, les dice. Decide no acompañar a sus amigas para recoger sus hijos del colegio. A Aalima le entusiasma el cálculo. La pasión cuajó en una licenciatura en matemáticas con la que no obtuvo trabajo en su país y que no homologaron en España. Por ese motivo se distrae de la aciaga noticia practicando ajedrez con una máquina portátil, le encanta. Llega Omar, la besa. Pregunta por el médico. Él cree que fue para una menudencia - Aalima no quiso preocuparle -. Lo sienta y le sirve junto al té mentolado la verdad abrasiva de la infertilidad. La suaviza con la esperanza de la adopción, la nueva medicina. Omar interrumpe, grita que la adopción impide que sea su sangre la que mueva a los vástagos. Amenaza que con ella está predestinado a ser carne yerma, infecunda. El enfado es tan grande que por primera vez le niega dormir a su lado. Aalima, encogida en el sofá, con los oasis desbordados, teme ser repudiada pronto.
El gambito de dama es una de las aperturas más espectaculares del ajedrez. Se sacrifica un peón al inicio. Es un falso sometimiento. Movimientos más tarde se recupera la desventaja y la dama, con el camino expedito domina el tablero, controla, ataca, vence.
Cuando Omar despierta no encuentra a Aalima en casa. Habrá bajado por el desayuno asegura tranquilizándose. En la cómoda, doblados, descansan los hiyab. No falta uno.
Alberto, opositor y tenaz optimista, toma el autobús sin saber que en segundos le cambiará la vida. Ocupa un asiento de los últimos y se ajusta los auriculares del MP3. Entonces la ve. Concentrada en las piezas, embebida en la partida. A veces un rizo de la chica escapa del oleaje de la cabellera y la delicada mano, con un compás grácil, lo conduce al remanso. Al levantar la cabeza y dedicarle una fugaz sonrisa, Alberto, siente el corazón por libre, más rápido que el autobús. Años más tarde, a su lado, describiría ese momento como el encuentro con la fuente primigenia, el primer manantial cristalino tras atravesar una aridez infinita.
Eso sería, como decimos, años más tarde con la mente lúcida y poética, no con la obnubilada de aquel entonces. Esa, sólo permitía dos cosas, averiguar el modo de acercársele y babear.
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Foto propia.