7 de enero de 2009

El volcán que me aguarda

Estos días he tenido el tiempo justo de volar a Ciudad del Cabo y tras pagar demasiado dinero a un pesquero gallego que por allí rondaba y navegar nueve días por un mar picado y grisáceo, arribar a Edimburgo de los siete mares, único pueblo de uno de los lugares habitados más recónditos, la isla Tristán da Cunha. Fue preciso mostrar al guardia que pese a no llegar en un crucero de pedigrí sino en un barco que hedía a besugo que contaba con el permiso del Administrador para arrastrar mis pies por la isla y que, por más, no era un peligroso delincuente, mas bien podrían encasillarme como excéntrico turista. Explicado lo cual me dediqué, sin quererlo, a la refinada delincuencia de esparcir mi vulgar resfriado entre sus doscientos habitantes tan poco habituados a la empecinada gripe castellana que ya a la misma noche, en el salón social, todo era un coro de carraspeos, sorbidas y miradas delatoras.

A la mañana, tras mascar niebla unas horas, pude ver envolviéndonos el farallón pétreo que como tarjeta de presentación casi amenazadora muestra el volcán Queen Mary. Un reverendo pelirrojo me prestó una bici con la que pude visitar los extensos campos de patatas donde varias veces me ofrecieron trabajo al ver que distinguía una papa de una piedra. El resto del día se me fue visitando sus dos iglesias, el museo de tradiciones y cenando langosta.

Dediqué todo el día siguiente al empeño de ascender los dos mil metros del mencionado volcán. En su cima pude cumplir la finalidad de mi viaje: gritar PAZ para el mundo y avistar icebergs antárticos. Ninguna fue correspondida.

He tenido estos días el tiempo justo de volar a Ciudad del Cabo y arribar a la isla más aislada. No lo hice. De modo que esta partida de naipes la gana mi imaginación a mi realidad de persona que inaugura el año rumiando fríos.

Valga, cuando menos, mi maniobra para entender que un volcán solitario de una isla oculta aguarda mi ascenso, la súplica de mi corazón y el avistamiento de una mole blanca y azul que la mar mece.