21 de marzo de 2009

El perro ciego

Lo encontré sentado en una escalinata de un templo de provincias, limpiando un saxo junto a un perro. El chucho, al oír detenerse mi bicicleta, se acercó a olisquear dándose una hocicada con la llanta.

- ¿Está ciego? Menudo golpe se ha dado, dije.

- Tiene su historia, respondió sin levantar la cabeza del trapo con que pulía el instrumento.

El animal al reconocer la voz de su amo buscó refugio en sus piernas. La calle se llenaba de madrileños que escapan de la capital cuando tienen un fin de semana con sol.

- Trabajaba en una herrería y ese día me dispuse a soldar unas vigas en el patio. Allí tras la verja lo vi por primera vez. Ya conoce esa mirada de desamparo de los cachorros abandonados. A mi no me gustan los perros y no le presté mayor atención. Fue una soldadura intensa, gasté una caja de electrodos.

Levantó la vista. Sus ojos ilusionados y azules enmendaban el desaliño de su barba.

- Al día siguiente lo encontré en el mismo lugar. La viva imagen del desvalimiento, temblando con las orejas gachas. Fue al tomarlo cuando comprobé sus iris blancos. Había perdido la vista por no quitarle ojo a la chispa de la soldadura del día anterior. Yo le volví ciego. Desde entonces le acompaño. Soy su perro guía.

Sopló la boquilla y el saxo emitió un sonido de melancolía. El perro ladró y gruñó al aire intentando mordisquearlo.

- No le gusta esa música, dije.

- No es eso. Desde que me hice músico ambulante he comprobado que no soporta la nota SI. Con la demás no hay problema pero es tocar esa nota y se enoja. Tengo un número cómico con ello, observa.

La gente se agolpaba a su son, en determinado momento el perro le hizo un coro de ladridos con sus ojos grises perdidos en un lugar indeterminado. A continuación tocó jazz. Lo hacía muy bien, en ese tema el perro se enroscó tranquilo junto al hato donde, pocos, depositaban monedas.

De regreso me intrigué al recordar que la nota SI fue considerada varios siglos la nota del diablo y fue, por ese motivo, ocultada.

Pedaleaba de regreso en una carretera que ascendía suave y olía a resina de pino.

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Fotografía propia.

9 de marzo de 2009

Paseando por el bosque

El sol abriéndose camino en la arboleda Por la mañana el bosque me pertenece y yo soy parte suya. Camino por él como una criatura primigenia con ojos inmaculados, con nuevos pulmones, con pies que a cada paso descubren un verdor que me define. Comprendo a aventureros como Everett Ruess o Christopher McCandless por absorber, con un romanticismo solitario que les costó la vida, toda la belleza natural que vamos perdiendo.

Hace poco encontré una ardilla recién salida del letargo invernal. Escruté sus hábitos y por su zona he ido dejando dos avellanas cada día. Imagino que, con la primavera consolidada, las enterrará y que, como sucede con estos animalitos, acabará olvidando dónde y el bosque aprovechará su descuido para ganar frondosidad.

Más tarde abandono el bosque para llegar a mi trabajo. Ahora entro en un periodo muy intenso y esos minutos de paseo matinal no sólo me regocijan, también me hacen apreciar el ritmo cadencioso de la naturaleza.
 
Hoy es el Día de la Lentitud, una iniciativa internacional que busca su arraigo. Lamentablemente la lentitud es muchas veces asociada a falta de productividad o a pereza y no se trata de tanto de lentitud laboral, donde resulta evidente que deben alternarse momentos rápidos con otros más tranquilos, como de comprender que la adoración de nuestras sociedades a la prisa no nos deja valorar la vida. Ese gusto por la inmediatez y la aceleración abarrota las consultas de psicólogos o doctores y está en la raíz ultima de mucho de nuestros males. Sin más, la actual crisis. ¿No fue, acaso, una de sus causas la obtención de unos beneficios rápidos para engordar la cuenta de resultados saltándose los procesos de tiempo y riesgo que la costumbre había asentado?
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Estas fotos son una muestra de mis paseos. Como siempre recomiendo ampliar, van en dimensiones grandes (1200 x 900 px) pero de pequeño tamaño (347 Kb la mayor).
 
Nuestro primer encuentro inmortalizado
Desayunando.
Un faisán que me asustó y al que asusté.
Primeras flores de arbustos.
Una pluma bailando en el viento