26 de mayo de 2009

El beso de la amapola

- Besaba como las amapolas.

Era un setentón soñador, desaliñado y dulce que dejaba un aire de tristeza por donde pisaba. - Verá usted, D. Tomás, es que las amapolas no besan, repliqué. - Eso es porque nunca pasó las yemas de sus dedos entre ellas una mañana de mayo. - Será, asentí.

Cuando oficié su boda, hará un par de años, estaba en los rumores del pueblo: el viejo solterón, se casaba con la señorita, cuarenta años menor, que le cuidaba desde hacía meses. Se puso el grito en el cielo, se escucharon acusaciones severas para ambos y hasta aparecieron familiares lejanos que protestaron por el menoscabo de una hipotética herencia. Por ese motivo se casaron en el juzgado.

- Aquí tiene, Don Tomás, firme aquí. - ¿Si firmo ya estaré divorciado? - Así es.

Firmó musitando algo que no entendí y se marchó, entornando suave la puerta. Me llegó una languidez insólita.

- Qué pena de hombre, le dije a mi asistente.

- Ya, ya, le han desplumado treinta mil euros, un viñedo y el piso de Torrevieja. ¡Joder con el beso de la amapola, debe ser tóxico!

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Tengo excedentes de fotos de amapolas tomadas los últimos días, aquí os dejo unas pocas por si queréis ampliarlas o llevároslas.

Amapola del soto

Amapola del Jardín de la Isla

Amapolas del nieves

Entrada a Aranjuez

Barbecho en San Martín 2

6 de mayo de 2009

Serenidad

El río se desviste de bruma, para que el sol le barnice de dorados. Al fondo, un arbusto conoce la primavera. Hasta aquí no llegan los latidos de la cercana ciudad.

Mientras busca el encuadre preciso, el fotógrafo, es sorprendido por un pato que navega, sosegado, dibujando estelas. ¿Qué hacer? No esperaba un intruso. Tras unos segundos de zozobra dispara. Entiende que el verdadero intruso era él.

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Foto propia, Aranjuez, he querido forzar un poco de luz ante la pesadumbre de de la entrada anterior. Esta toma me induce serenidad. Se respiraba una quietud mágica cuando la hice.

4 de mayo de 2009

Pesadilla

La mañana está herida en su luz. Amanece mortecino, con claridad de velatorio. Llueve sin ganas en un ambiente sórdido. ¿En qué urbe estoy, la zona 1 de Guatemala, Laore, São Paulo? Una gota se embaraza en una rama seca. Forma pura en la desolación.

Cerca, un niño me mira con ojos de cadáver que no se reconoce. De cuando en cuando aspira vapores de pegamento y hace como que ríe. Vendrá. Tengo la respuesta preparada. "No tengo dinero, no me queda nada. Me pasa como a todos, ni siquiera me quedan migajas de dignidad para darte."

Se acerca.

Despierto.

Reconozco los espacios. Cicatriza la herida de la noche.

Salgo de la pesadilla.

Él se queda dentro.

Impotencia, frustración.

Incluso en sueños ha sido abandonado.

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Foto propia. Lo soñé ayer tras ver la dura, verídica y espléndida película Last Stop 174 de Bruno Barreto.