- Besaba como las amapolas.
Era un setentón soñador, desaliñado y dulce que dejaba un aire de tristeza por donde pisaba. - Verá usted, D. Tomás, es que las amapolas no besan, repliqué. - Eso es porque nunca pasó las yemas de sus dedos entre ellas una mañana de mayo. - Será, asentí.
Cuando oficié su boda, hará un par de años, estaba en los rumores del pueblo: el viejo solterón, se casaba con la señorita, cuarenta años menor, que le cuidaba desde hacía meses. Se puso el grito en el cielo, se escucharon acusaciones severas para ambos y hasta aparecieron familiares lejanos que protestaron por el menoscabo de una hipotética herencia. Por ese motivo se casaron en el juzgado.
- Aquí tiene, Don Tomás, firme aquí. - ¿Si firmo ya estaré divorciado? - Así es.
Firmó musitando algo que no entendí y se marchó, entornando suave la puerta. Me llegó una languidez insólita.
- Qué pena de hombre, le dije a mi asistente.
- Ya, ya, le han desplumado treinta mil euros, un viñedo y el piso de Torrevieja. ¡Joder con el beso de la amapola, debe ser tóxico!
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Tengo excedentes de fotos de amapolas tomadas los últimos días, aquí os dejo unas pocas por si queréis ampliarlas o llevároslas.
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