26 de julio de 2009

Gripe A H1N1 y mi escritura

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Hace una semana exacta tuve fiebre y escribí “en sus profundidades el lago acuna un ángel vencido”, el comienzo de Amatitlán negro. Horas más tarde mi malestar se materializó, con casi cuarenta grados de fiebre, en los habituales síntomas de una gripe. Nos diagnosticaron, a Nahuyaca y a mí, Gripe A H1N1 y nos obligaron a la baja laboral por motivos de salud pública más que por gravedad; y, también, al aislamiento en nuestra casa. No entraré a objetar para qué sirven ya esas medidas pero sí subrayaré que les hicimos escrupulosamente caso.

La superamos bien, como una gripe menor y singular. Desde el viernes ambos tenemos el alta médica.

Me resulta difícil averiguar ahora si me hubiera atrevido a escribir un texto tan largo y sombrío, para este medio, sin el empuje de la enfermedad. Es complicado averiguar que parte fue estructurada con orden y que otra fue soñada o fruto del delirio febril.

En cualquier caso, el paso fue dado.

Hago una pausa breve en las publicaciones y abro de nuevo la ventana de mi espacio para que regrese el aire puro. También me pongo a leerles, gracias.

AMATITLÁN NEGRO IV (FINAL)

7
A Sarrión le recibió en el Aeropuerto de La Aurora su hermana.
Vos hermano "gutenmorgen".
Tanto gusto hermana, un beso. ¿Vos cómo te atrevés a venir sin mi sobrino?
Estaba como loco por verte pero le castigué, es que no cesa, nos tiene agotados.
Ah, vos siempre tan recta, pobre chico, si lo que necesita es actividad.
Pues todo tuyo, tráelo agótalo, hazme el favor
Ok, déjame dormir esta noche y mañana me lo llevo, me despejará antes del trabajo.
Fueron al parque de atracciones que el IRTRA tenía en Amatitlán. Al ver el lago le punzó el recuerdo de la pobre niña. Alternaron el tiempo con chapoteos en la piscina, bocados a pupusas, y diversas atracciones que no parecían mellar las energías del niño. Al final del día la luz se rindió y del lago vino una vaharada cálida.
De regreso, para entretenerle en el auto le entrego un tren de madera comprado en Alemania. Le prestó poca atención, prefirió hartarse una madeja enorme de algodón de azúcar.
Hermana acá lo tienes, sano y salvo. Ya puedo ir a desmoronarme a casa.
No tan sano, parece que viene herido de guerra, con toda la camisa llena de manchas.
Ah, es verdad, qué descuido, es por el algodón de azúcar, que le ponen mucho colorante.
Una vez en su apartamento, Sarrión sintió una desazón profunda e inexplicable. Intentó distraerse con los periódicos del día: la presentación de un blindaje que resiste los impactos de un AK-47, ayunos y rogativas a Dios para que cesara la violencia.

Al asearse poco antes de dormirse vino la intuición y su malestar se transformó de inmediato en nervios. Supo entonces que ya no dormiría y debía llamar a Larios Garrido.

8

Mi patoja, ¿te acordás de mi?

¿Querés venir conmigo? Tengo regalos.

Mamá dice que no marche con desconocidos.

Hace muy bien mamá pero me conoces, soy tu papá. Probá, es algodón dulce.

Daba luz
9

El padre de la niña fue detenido en una feria de Suchitepequez. No opuso resistencia y lo confesó al verse rodeado. En los interrogatorios gimoteaba por su hija, tenía las manos enllagadas y protegidas por unos guantes quirúrgicos. Por remordimientos se las laceraba. Sarrión imaginaba lo que disfrutarían en Europa los psicólogos forenses con un sujeto como éste. Parece ser que tuvo antecedentes por pederastia pero le lavaron su ficha policial a cambio de una suma. Había visto crecer a su hija en silencio y un día que acabó de trabajar muy tarde tomó chucherías en la feria para abordarla en el camino a la escuela. Decía que iba sin maldad.

Le mandaron a la prisión de Pavón, célebre por tener en su momento un laboratorio de droga, una red de extorsión con escuchas telefónicas y un chalet con jacuzzi para el jefe de los narcos. Sarrión quiso evitar que se suicidara y consiguió un preso de apoyo en su celda. Al día siguiente precisamente el preso de apoyo le asesinó. Le fastidiaba, sabía que sin juicio sería la muerte de un presunto, más le dolía asentirle a Larios Garrido. "¿Crees de verdad que durará tres años en un reclusorio con lo que hizo?"

Tomó un café intenso de Fraijanes el mismo lugar donde estaba la cárcel que tenía el irónico nombre de Granja Modelo de Rehabilitación Pavón; con tanta chusma por allá y tan buen café, la tierra lava culpas, pensaba Sarrión.

Rendido, antes de sentenciar que pensaba tonterías de puro agotamiento, contempló con asombro como aún perduraba la mancha de colorante rosa en su mano derecha, la misma de la camisa de su sobrino, y del aparato gástrico de la niña; el empecinado tinte que resistía un lavado con jabón y las aguas profundas de un lago que no quiso guardar para sí los secretos de un ángel vencido.

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FINAL. Fotos propias.

24 de julio de 2009

AMATITLAN NEGRO III

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El caso no podía investigarlo Sarrión. Al pertenecer a otra División fue asignado a Larios Garrido, un inspector bigotudo tan desbordado de trabajo que su mesa parecía un terreno a punto del derrubio.

Sí habló, Sarrión, con D. Aurelio, el médico forense, que le envío el análisis por fax. Por encima de la violencia empleada destacaba un detalle asombroso, el sistema digestivo de la niña estaba impregnado de una sustancia de un rosa vivo, un fucsia que ni siquiera el agua del Amatitlan pudo lavar del todo. D. Aurelio desconocía que clase de tinte pudo provocarlo pero no debió ser nada irritante dado que el estómago no estaba abrasado.

También accedió Sarrión a la somera investigación de Larios Garrido. Zonas comunes del dolor, una colonia de infraviviendas, una madre maquiladora a tiempo parcial, un padre que trabajaba en una feria y las abandonó cuando la niña tenía cuatro años, un padrastro albañil que le dio dos hermanas más y que también acabó dejándolas.

No se investigó el motivo de los tres días de retraso en denunciar la ausencia. No se interrogaron a los amigos de la madre, ni a los compañeros de escuela de la niña. Tampoco existían registros de pederastas ni se comprobó si por las inmediaciones había sido visto alguno.

Eludió enfrentarse a Larios Garrido, entendía que cada noche se le llenaba la morgue a la vez que sus ojeras ennegrecían y se amontonaban los papeles en su mesa.

La impunidad andaba suelta llevando su propio negocio por encima de la vida.

Cuervos

6

Por la escasez de medios y cierta desidia generalizada el expediente de la niña del lago fue acumulando polvo. Otro cadáver olvidado entre pliegos, entrevista vacuas y fotos destinadas a desvairse con los años. Lo que más irritaba a Sarrión era el mecanismo justificador entre la población, incluso en la Comisaría escucho decir que la niña había muerto por algún asunto sucio del pasado de la madre.

Sarrión siguió a los suyo, finlandeses perdidos en la selva, unas belgas retenidas en una aldea maya y, al final un curso de seis meses en Hannover que esperaba desde hacía tiempo.

Fue al regresar de la ciudad alemana cuando el caso de la niña volvió con fuerza a su memoria.

22 de julio de 2009

AMATITLAN NEGRO II

3
Tal vez el inspector Sarrión hubiera sido otra persona si un miércoles radiante no hubieran encontrado a su madre muerta en una barranquera rodeada de plantas. Quizás su niñez, solitaria y angustiada, le hubiera sentenciado a ser un adulto sin expectativas de no ser por una abuela empeñada en convertir la dolorosa ausencia materna en la belleza latente que podía aparecer hasta en lo más sórdido. Tenés que buscarla siempre, le decía.
Sin saberlo, resultaba que Sarrión, leía poesía para encontrar a su madre. En cualquier caso a sus treinta y seis años seguía sin saber quién era. Esa opinión la tenían mucho más diáfana sus compañeros: Carlos Sarrión era un policía incómodo.
Sus superiores le intentaban mantener lo más alejado posible de sus intereses, muchos de ellos turbios. Siendo Comisario Jefe de la División de Seguridad Turística incordiaba poco: excursionistas perdidos, algún secuestro rápido o una muerte de cuando en cuando le atareaban con papeleos de embajadas bien lejos de los apaños políticos, tratos con los narcos o los sobornos de las maras.
El caso era que a pesar del respeto a su cualificación y al conocimiento detallado del organigrama policial del mundo, importaba muy poco. A sus espaldas, unos y otros, en Guatemala le llamaban gachupín aunque nació en Xelajú y no contaba con españoles hasta el bisabuelo. Y precisamente en España, donde se formó cuatro años en la Academia Especial de la Guardia Civil, le llamaban sudaca - centraca si acaso, afirmaba él -. Allí recibió un trato correcto pero imbuido de un paternalismo necio como si por ser americano hubiera cosas que no alcanzara a entender y necesitara explicaciones más detalladas y lentas.
En esencia, como policía destacaba por ir de frente, por su incomprendida terquedad y el tono tajante que se unía al tuteo y al uso reiterado de tacos - esos sí, decididamente hispanos - al enojarse. Aunque se le iban los ojos tras las mujeres imponentes el hecho de que no tuviera esposa ni amante conocida, que no bebiera ni fumara, que rehusara los favores de las prostitutas y leyera poesía a escondidas les hacía sospechar a sus compañeros que, en el fondo, era un poco hueco.
4
Niebla
Fue entrever el cuerpo lívido de la niña, acurrucado en el barro con erosiones en las ingles y cuello, y comenzar a retirarse la última bruma matutina.
Una neblina anterior al dolor humano que desvaneciendo su mortaja dejo a Sarrión la estampa de una perla partida. Enojado, luego de darle la mano a su amigo se dirigió al policía que había llegado primero.
Vos, ¿tu nombre es?
Miguel García, señor.
Bien, Miguel García, te voy a decir una cosa bien clarita.
Donde veas un muerto no fumas ¿Entendés?
¿Por?
Por imagen y si no tienes aguante te vas a la gran chingada a fumarte el puto cigarro.
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Fotos propias.

19 de julio de 2009

AMATITLÁN NEGRO I

“Aire...me falta el aire. Miedo...me sobra el miedo para respirar”.

Bohemia suburbana.

1

En sus profundidades el lago acuna un ángel vencido. El mecimiento que debiera seguir el eterno compás de las algas se rompe por la impericia de unas manos. Cuarteadas manos de abandono, hábiles apretando engranajes sin herramientas o chasqueando sus dedos para sostener otro aguardiente y ávidas siempre del secreto de la carne joven pero torpes en extremo cuando, obnubiladas por los escrúpulos de la conciencia, intentan fijar un nudo a una roca que lleve al sueño eterno, al vaivén profundo de las talofitas, al cuerpo que quebraron.

Libre de ataduras el ángel emerge a la superficie para desvelar al brillo de un sol que nace el rostro puro de una niña de nueve años. Durante unas horas el lago se niega a entregarla, una última danza se sostiene antes del frío acero forense, del estupor y las lágrimas, del oscuro silencio de tumba. Encallada entre juncos es descubierta por una perra. Su dueño, despavorido, al tercer intento, atina el número de su amigo.

2

El inspector Sarrión estaba de pésimo humor. Su jefe se rió de él, ya que comprás un libro, le dijo burlón, fíjate que esté abarrotado de letras para no malgastar plata. Juró nunca más llevarse un libro de poesía al trabajo. Intentó servirse un café cuando el celular vibró en su chaqueta.

Aló Carlos, soy Pérez el del... Sí, Luis, te conozco. ¿Qué pasa, estás apurado? Paseaba a Pimienta por el lago Amatitlan y hemos visto una niña muerta. Tranquilo, tranquilo. ¿Cómo estás, dónde? Asustado del carajo, pero bien. En la entrada del Mayan Golf, tengo el carro. Voy, no toques nada.

Carlos Sarrión condujo el vaso a los labios. En ese momento comprobó que no le dio tiempo a llenarlo. Inspiró, resopló y mientras buscaba las llaves del auto ordenó que llevaran el vehículo policial más cercano al Mayan Golf.

(Continuará)

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Foto propia. Dedicado a todos los que se pasan por aquí a pesar de mi anarquía.

12 de julio de 2009

Imágenes que iban a ser descartadas

Cuando uno carece de tiempo y ganas para escribir es cuando vienen las mejores ideas. Tengo algunos escritos adelantados pero prefiero dejarles macerar tal vez  para variar un verbo, cambiar una situación o encuadrarlos en textos más largos que el cuerpo me va pidiendo; o tal vez, para dejarlos dormir para siempre.

Con las imágenes me sucede lo mismo. Tenía muchas descartadas, o preparadas para eliminarlas a la primera de cambio, cuando pensé que quizás mereciera la pena subirlas para que dispongan libremente de ellas si les interesa y como mejor les convenga, que sobre gustos y oportunidades no hay nada escrito.  He colocado mensajes en ellas. Los descubrirán dejando un segundo el ratón sin hacer click.

La avispa equivocada, salió al aire libre cos las primeras ráfagas invernales. Esta abeja fue una excelente modelo
Yo quería fotografiar el magnolio pero la luna vino muy deprisa y ...Lástima que no tenía trípode. Pericles, una estatua escondida de un jardín. Efecto vintage.
A diario corro por este lugar. Detrás de él hay unos bambús enormes. El rocío de la mañana lava la cara de unas florecillas de ras de suelo.
Un señor descansando y bostezando sobre su bastón. Es muy duro esto del turismo. La Misi acechando. Increible esta gata.
Amago de tormenta. Patos y sauce.
Cosechadora y picabueyes (tragan topitos que salen del maíz). Al fondo el otoño de los plátanos. Casa para cobijo de aceituneros en Jaén.

5 de julio de 2009

El universo elegante

Una potente explosión de tecnecio viste de plata a una lejana estrella. Contra toda lógica el astro abandona el centro de nuestra galaxia y se hace vagabunda e imprecisa. Ningún científico advierte el cambio.

Despierto, el niño aún suspira estremecido por una pesadilla que, por primera vez, no contará a su madre. En sus sueños aparecía el hombre calcinado del auto que ayer vio en televisión. Su mamá siempre cambia de canal cuando intuye algo lúgubre pero ayer no pudo, bajaba la basura.

Horas más tarde, están los tres en el río. Mamá toma el sol y él pesca con Papá. Pescar es un decir. Nunca atrapan nada. Sostienen la caña y espantan los mosquitos. Se divierte. Sabe que Papá se enfadará y dirá "cómo es posible cuando era niño los peces se atrapaban con las manos". Después come tortilla, le da al balón y reúne bellotas de una encina a la que pudo trepar. La primera penumbra anima el canto de los grillos.

De regreso a casa, mientras padre conduce y le creen dormido en la sillita de atrás, observa el firmamento. Regresa la imagen borrosa del señor quemado. Ya no le tiene tanto miedo; más bien comienza a darle pena. ¿Son cosas cómo éstas por las que le dicen que no crezca?

En el mismo momento en que viene el sueño le alcanza el fulgor de una estrella errante que juega con él al escondite. Ocultándose y apareciendo entre pinares y lomas de un paisaje variable, entregándolo al sueño con un juego de guiños y resplandores.

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La foto como siempre propia.