15 de agosto de 2009

La rosa mística

Cuando el peregrino abandonó el pueblo, se llevó consigo el olor de las rosas.

Alcanzó nuestra abadía una brumosa mañana. Venía de Flandes, con sus magras carnes y su andar rengo, guardaba el cabello crespo y el mirar verde de musgo seco. Le hacía mañas a la alquimia y al cincel. Solicitó fonda y sustento unas semanas, a cambio se ofrecía a tallar una rosa mística en un capitel de piedra. Sería un cirio de amor permanente por Nuestra Señora. El abad rechazó el ofrecimiento alegando su deseo de no contrariar al tallador principal; aunque en la abadía, sabíamos que pesó más su recelo por la nueva corriente que representaba de esta forma a María.

Tuvimos el añadido infortunio de que el caminante fuera encomendado al racionero, de conocida tacañería que regateándole los mendrugos, lo mantuvo con avena y agua como si fuera jumento y no una criatura de Dios.

Dos días más tarde, apenas recuperado de las llagas, emprendió su peregrinaje. Educado pero con gesto adusto, casi solemne, se despidió de nosotros lanzando una última plegaria al cielo, portaba un zurrón que exhalaba una singular fragancia.

Tras su partida el jardinero nos alertó que las rosas tenían la color desvaída y el tacto rugoso de pergamino reseco. No tenían aroma ni maneras de vegetal. Aguardamos a los nuevos capullos por si estas habían sido dañadas por un gélido viento del norte o una repentina helada, mas desde aquel entonces crecieron como material inerte.

Han pasado cinco años. Nuestro anterior abad recibió cristiana sepultura y un compañero ocupa ahora su cargo. Ordenó pintar rosas místicas en honor a la Virgen Santísima en el artesonado del claustro. Hemos traído vástagos de Roma y esquejes de Valencia, han realizado variados injertos los mejores jardineros, pero año tras año hemos criado descoloridas rosas, apagadas velas de amor, mustias señales de devoción.

Cada mañana tras el oficio de maitines oteamos el camino a Santiago. Anhelantes y deseosos, suplicamos el retorno del peregrino que porta un zurrón con la fragancia de nuestras rosas dentro.

Publicada en La tierra de los árboles el13.12.2006. En breve, por las vacaciones, espera Santiago de Compostela y quise rescatar este escrito que siempre fue de mis preferidos. Agradezco a todos los que es su momento me comentaron. La imagen es de Frondosidad.

8 de agosto de 2009

La vocación de los girasoles

Girasoles con fondo desaturado El mundo vegetal sabe que los girasoles quieren ser estrellas. Como son miopes imitan al astro más cercano esparciendo su forma y color por unos campos que consideran el firmamento.

Las malas hierbas se ríen a su costa, conocen la futilidad de su empeño, la fugacidad de una belleza que sirve para atraer cuervos.

Mas, los días de tormenta cuando el cielo enlutado brama o el otoño extiende brumas eternas, vuelven a mirarlos. Entonces, los ajados girasoles perseveran en amarillos y, las asustadas malas hierbas, creen reconocer vestigios de un remoto fulgor.

 

Campo de girasoles

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Fotos propias y libres. (1200 x 900 Px).

5 de agosto de 2009

LA FUENTE DEL PASADO

Las abundantes nieves esparcidas por la montaña revivieron ocultos manantiales que llenaron toda Escadia del rumor del agua fresca que se ofrece. Por profundos capilares, de un subterráneo mundo de roca, llegó la vida a un venero inédito que brotó a la sombra de un frondoso castaño como si quisiera tapar su emergencia con el disimulo de la penumbra.

Hasta ahí llegó un enjuto caminante dispuesto a saciar su sed. Se dio un trago largo, empapó su nuca y al alzar la vista razonó confuso. ¿No viné por un camino amplio donde en ese instante se quiebra una senda, no quedaba la fuente junto a un árbol que no está, no desparramaba el pueblo sus casitas blancas por el valle donde ahora las veo ocres de adobe y caña?

Hizo con sus palmas un cuenco y bebió de nuevo. Le alcanzó el aliento gélido de un tiempo sepultado. Apartó la maleza escarchada para ver hordas de cazadores desnudos aullando salvajes en la caza del mamut mientras manadas de uros se desperdigaban por el horizonte. El caminante creía soñar. ¿Qué mejor que el agua para regresar a su cotidianidad?

El tercer trago le despertó en un tiempo anterior a lo animal. Se aguzaron los perfiles de las montañas que bufaban fieras al cielo naranja desparramando lava y lascas. Temblaba un suelo falto de memoria. Todo era nuevo o viejo, en cualquier caso distinto. Quedaban el manantial y él a su lado. Evocaciones de otra era. La curiosidad fue ganándole terreno al miedo. "Tal vez esté atrapado pero mis ojos son los primeros en ver esta grandeza. Quién sabe, otro trago más y podré pasar la noche en la tectonia".

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¿Algo da más sed que el conocimiento? Foto propia.