Soy una castaña, dijo el pequeño tras darle una lametada a su helado de trufa, una castaña dura y grande.
- Las castañas son para el otoño; ahora no las hay y si las hubiera tendrían gusanos, respondió la madre.
Al volver a casa el pequeño se acomodó en la sombreada esquina de las aspidistras y terminó de zamparse el cucurucho diciendo.
- Esto último para el gusano.
"Tomo la uva de los labios de mi novio, no vendimio bocas ajenas."
Cincuenta años más tarde aún quedaban energías en el anciano para reconcomerse con aquella frase arrojada por una pueblerina a la que acosaba con coplillas y encuentros que pretendían ser casuales.
Al cabo, pensaba, el desengaño me sirvió para tener más tacto y tratar de igual a las mujeres. Lo que no perdono a aquella muchacha es que desde entonces al ver un racimo no imagine otra cosa que un grupo de labios colgando.
