31 de diciembre de 2009

13 de diciembre de 2009

El amor de Amadou y el santo cojinete

Amadou es barrendero, tímido y negro. También está enamorado y se cree idiota. Muy idiota. Cómo explicar que entregue su corazón a una chica desconocida con la que comparte veinte minutos de autobús diarios. Cuando era niño y vivía en África el viento levantó una tormenta de arena que desdibujó los caminos y casi entierra la aldea. Entonces le preguntó al sabio anciano la manera de detenerla y éste le respondió que no la había, solamente quedaba esperar que su fuerza se calmase. Amadou cree que lo que siente es tan imparable como esos vendavales del desierto que modifican el paisaje. No queda más que aguardar que expire la última ráfaga y que la mañana en la que amanezca vacío de amor todavía pueda reconocerse.

Pilar es menuda, pálida y medio hippie. No odia a los hombres si bien está hasta las narices de ellos: son iguales, no merecen el mínimo esfuerzo, dice. Un desengaño le llevó a esta conclusión. Tiene su mundo limitado - su trabajo – y la mirada infinita de los que disfrutan con la lectura. El sol al despuntar cada madrugada la encuentra abriendo un libro en el autobús, embebida en letras sin sospechar que unos ojos muy blancos unidos a un rostro muy oscuro están más embebidos en ella.

Él se enoja. El sentimiento le tiene en un vaivén emocional y le empuja a hacer cosas ridículas como bajarse dos paradas más tarde, empaparse de colonia y comprarse los mismos libros. Alguna vez coincidieron al bajarse. Entonces se miran y él abandona la barra de aluminio en la que se refugia como un avestruz acechado para cederle el paso y ella masculla un desinteresado gracias. Esa es la apariencia, en realidad Pilar piensa “pedazo negraco, qué bueno está y qué educado es, lástima que apeste a pachuli”.

Se suceden las claridades y las tinieblas al ritmo del diapasón del tiempo, se suceden estaciones y autobuses. Amadou atento desde el fondo: los cambios de libros, lo absorta que se queda, la alegría de los mechones de su su cabello que cambian de color para cantar a la vida y, a veces, revelan una nuca tan blanca y frágil que lo estremecen. Ya estoy olvidando, se dice.

Y llegó aquel día espantoso de lluvia, y la bendita avería, el santo cojinete que revienta y detiene las ruedas con sonido de leña triturada. El conductor asegurando que no puede continuar, las gotas persiguiéndose por las ventanillas, los ocupantes llamando a sus oficinas por la demora y Pilar que pide salir pero se detiene ante la puerta abierta. Amadou se adelanta para pisar sin miedo el enorme charco y ofrecerle las manos, ella se deja y lo que intuía que era ayuda para un salto se convierte en una suspensión, un vuelo que con su paraguas abierto le hacen sentirse Mary Poppins agarrada por un titán.

Se cierra la puerta, la chica sonríe retomando el paseo a su oficina, el chico no la sigue. Al volverse es la perfecta representación del abandono, el agua calándole, los zapatos en el charco, la vista gacha. Desanda sus pasos y le ofrece el amparo de su sombrilla. Caminan juntos, al poco ella se cansa del brazo en alto: la postura para cubrirle le asemeja a la Estatua de la Libertad. Minutos más tarde Amadou lleva el arco-iris en la cabeza, en su mano el mango y en su mente los vientos del desierto que todo lo cambian. Ella le toma del codo pensando en la fortuna de las piezas que se rompen.

Esa mañana no acuden al trabajo. No en vano el autobús se averió.

11 de diciembre de 2009

Rosa en diciembre, espina en mayo

Calas

Esta foto es una aberración, una imagen fantasma. No puede entenderse de otra manera la concurrencia en una diagonal del letárgico mundo otoñal y en otra del naciente verde de la primavera. ¿Cual está fuera de sitio? Como fue tomada este diciembre en un paraje de clima continental podemos afirmar que es la planta verde, una cala (del gr. kalos, bonito). Ésta, debiera estar exangüe, resiste mal los fríos.

Hace pocos días un hombre de campo al contemplar una perfecta flor sentenció "rosa en diciembre, espina en mayo". Quería decirme que el frío vendrá más tarde: cuando no debe y hace daño. El refrán esconde toda una filosofía mediante la cual la naturaleza tiene sus propios mecanismo de aclimatación y regulación, algo en lo que estaba de acuerdo hasta la irrupción del ser humano en el clima.

Decía W. Benjamín que el refrán era el jeroglífico de un cuento. Más allá de la belleza del colorido me invade el desconcierto de que esta vez la máxima fuera una errática profecía que se tradujera no tanto en un cuento de terror como en uno de suspense donde el frío no llegue y las plantas o cultivos pierdan su ciclo definido.

6 de diciembre de 2009

Noche en el fin del mundo

Finisterre

El brazo le dolía con intensidad cuando llegó al fin del mundo. En el roquedal salino que comenzaba al expirar las aguas destacaba un promontorio desde donde en días claros se avistaban los atroces monstruos del Mare Tenebrosum. Allí rezó una oración por su padre y durante unos minutos regresó el recuerdo de Astorga, la enfermedad, la promesa de llegar a Santiago y la tumba a los pies del Teleno. El vocerío de unos peregrinos le sacaron del ensimismamiento, se conminaban a reconocer entre los olores salitrados la peste a azufre de una serpiente marina que soltó su fumarola cerca de la costa. Algunos llevaban en el pecho una concha de vieira que certificara que había cubierto el camino.

Una ráfaga gélida llevó la convulsión a las nubes cenicientas. Al anochecer le llegó el velo translúcido de la lluvia y el muchacho comprobó que se quedaba solo en el paraje. Sin miedo y exhausto busco cobijo bajo un carro destartalado y colgó del eje su zurrón y en los rotos radios por donde flagelaban las gotas extendió su carcomida pelliza. Unas raíces de heno como flácidos tentáculos del mundo silvestre le rozaron la cara. Eran semillas humedecidas y encajadas en fisuras de la madera. Encorvado en ese improvisado techo dispuso sus viandas: dos manzanas, tocino reseco, un mendrugo y cortezas que un lejano día fijaron el límite de un queso. Reservó la fruta y dio buena cuenta del resto.

Se extendió barro en las picaduras del antebrazo y tomó del suspendido zurrón el lienzo pegadizo por el que las había recibido. Apartó la cera y se resguardó por completo bajo la frazada. Pese a que afuera el mundo parecía acabarse, más por el fragor del cielo que por aposentarse en la frontera de la tierra, se sentía seguro bajo ese carro y esa manta como si le resguardaran de las inquietudes del mismo modo en que lo hacían del temporal y de las densas aguas del mar último.

Rememoró los tonos alegres de la chirimía, la extrañeza del vuelo de las aves en esos confines pues lo hacían con el mismo despreocupado afán de su lejano Flandes, el propósito de acompañar a algún trashumante por el camino que llamaban de la plata que le conduciría a unas tierras donde le afirmaron que el sol rara vez se oculta y la simiente se vuelve espiga en dos meses. El sueño mezcló los pensamientos y acabó desvaneciéndole la razón.

Otra vez las criaturas marinas quedaron sin salir esa noche y la nueva claridad que llegó a la anegada costa encontró al muchacho oculto y rígido, con un paño de miel de beleño en la boca.