Cuando el fusilero Cifuentes escuchó el fragor del cañonazo hacía ya unos segundos que su boca probaba el sabor acre de una tierra distante. Doblo el cuello y respiró aliviado al ver sus piernas ilesas. Al intentar erguirse advirtió un dolor punzante en el vientre y su cuerpo dejó de responderle. La cadera esquirlada por la metralla, pensó.
Bocabajo e inmóvil, doblando con levedad el cuello podía ver sobre la hierba menuda un cielo sin nubes. ¿Cómo estoy aquí, en qué me equivoqué? Mi hermano estará sembrando campos como éste y en estas noches limpias el patio de madre estará coronado por la luna y junto al estanque deben percibirse ahora el aroma de las primeras flores.
Sus compañeros le encontraron y lanzando mensajes de aliento montaron el armazón de madera para transportarle al caserón que servía de improvisado hospital.
Al despertar reconoció en la penumbra una habitación espaciosa y mal ventilada. Unos cánticos militares en la explanada apagaron los gemidos ingrávidos de sus compañeros. Al anochecer, el capitán en persona le visitó para darle ánimos. En un gesto de confianza le colocó la mano en el hombro y le llamó por su apellido.
Por un instante el fusilero se emocionó de que el oficial le reconociera, después olvidó el mundo de las cosas y las palabras y, abstraído, ancló su mirada afiebrada en un punto impreciso de la pared. No pensó más que en el centro de su nueva realidad: unas simples briznas de hierba silvestre que había conocido unas horas antes.