20 de agosto de 2010

Océano Mar

Amanecer en el mar

Lo primero es su nombre, Océano Mar de la mano de Baricco.

Lo primero es su nombre, lo segundo son tus ojos que pueden leerlo.

Lo primero es su nombre, lo segundo son tus ojos, lo tercero un pensamiento: un grano de arena, ínfima materia, pudo alguna vez ser el límite del mar, el postrero confín donde una ola expiró.

Lo primero es su nombre, lo segundo son tus ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto un lugar en una isla donde palpo el libro y alzo la vista. Resina, salitre, horizontes hechizando, lejanos lamentos de la marinería olvidados en la historia y enterrados por siempre en la playa.

Lo primero es su nombre, lo segundo son tus ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto un lugar.

Lo último la serena tarde en que el libro se cierra y viene el sonido del océano a decirme que la Posada Almayer existe, que es algo más que un enclave literario donde una vez se tejieron sueños.

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Foto de la Bahía de Alcudia en Mallorca…como siempre acordándome del trípode olvidado.

5 de agosto de 2010

El pastor y los marcianos

- Y allí junto a esas encinas fue donde los alierígenas me raptaron.

- Alienigenas o marcianos, le corrijo, y es abducción.

- Ustedes, los de ciudad que saben tanto, me dice.

Se trata de un cabrero que encontré a media tarde en un campo de lentisco y flores de primavera donde su rebaño se apacentaba. Hablamos de fruslerías como el tiempo, el calor o el fútbol. Al ponerse el sol debí ganarme su confianza pues modulando la voz comenzó a soltarme confidencias y al final su gran secreto: una abducción alienigena.

Subimos a una colina blanca de vegetación densa, matas de retamas, abundantes carrascas y jaguarzos. Tomamos asiento en un claro sobre unos riscos de granito. Las cabras se arremolinan en torno nuestra, el burro dormita un sueño suave y los dos perros boquean flácidos al sol en fuga.

- Aquí mismo fue, hace años. Todavía tiemblo, me dice mirando al horizonte. Se ponía el sol como ahora. Vine a este cerro por el pasto. Al inicio no me sorprendió un brillo como de plata justo en la cima, pensé que era un vehículo enorme pero al acercarme me fui inquietando por la extraña forma de disco y sobre todo por la aureola azul que le cubría.

Tenemos una calma sostenida en el ambiente. Por unos instantes pienso que los pastores son proclives a estos fenómenos: gente solitaria y llana condenada a distanciarse por los lugares más escabrosos. Le escucho con atención. Es más, aseguraría que los animales y la naturaleza entera aguarda sus palabras.

- Aproximándome al objeto extraño comenzó a faltarme el aire - continúa -, debí desvanecerme. Desperté horas más tarde. Lo extraño es que tenía barba de cuatro días y dolores inaguantables. Quise convencerme de que todo fue un sueño hasta que encontré el injerto en mi cuerpo.

- ¡Cómo! Le corto expectante.

- Traiga su mano aquí a mi nuca y no se asuste.

Así hago, muy inquieto. Notaba un quiste cuando en ese momento girando con brusquedad el cuello y amagando morderme la mano el pastor grita con todas sus pulmones.

- ¡AHHHHHH!.

Los perros ladran enloquecidos, las cabras saltan poseídas y por ahí por esas matas debe estar mi corazón sin pálpito del susto. El cabrero se monda de risa mostrándome su dentadura. Le maldigo. Maldigo la leche de cabra y a la ganadería entera. Por maldecir, maldigo hasta la poesía bucólica. Más tarde, cuando me regresa la respiración le acompaño la broma con carcajadas.

Sólo el burro, que de impávido parece tallado en piedra, me observa rumiando hierbas, como diciéndome “ustedes los de ciudad que no tenéis ni idea”.