5 de marzo de 2011

El pan del vagabundo

La noche deja lamida de escarcha Madrid.

Despunta abúlica la mañana por el callejón de Bringas, los primeros rayos la rasgan sin templarla y multitud de minúsculos sonidos aportan tono al bullicio del despertar de la ciudad. Murmullo de conversaciones, cada cuando el escándalo de un claxón o el timbre de un móvil inflamando el aire de música metálica y, cobijándolos todos, el enfático rodar de los neumáticos en el asfalto. Vapores ondulándose en la gelidez, los del esfuerzo de las calefacciones en las viviendas, las vaharadas de la respiración de los viandantes y, a ras de suelo, avivando íntimos secretos, el olor a pan nuevo filtrándose entre las aberturas del cartón donde el vagabundo se guarece.

Se desperezó dichoso, frotándose los ojos prensados de legañas, con el azul velado dentro y apartando cajas para pellizcar la hogaza. El paladar bendijo la tibieza del trigo moldeado. Imaginó la verde pradera que formaron una vez sus espigas. De nuevo un espíritu benefactor le dejaba pan e iban para siete días consecutivos. De nuevo importaba a alguien. De nuevo la esperanza, cuando todo se daba por perdido, dejaba un rastro. Cómo no asearse con entusiasmo, cómo no afanarse por descubrir a quién pertenecía la mano que posaba el pan en su cartonaje aunque siempre el sueño le traicionara y despertara tarde, cómo atajar el sueño de la imaginación que atribuían esas manos a una misteriosa dama de negro cuyos senos sabían a miel y luna.  

Pan

Y sentir, y creer y soñar.

Creerse tonta e infantil. Maldecir al corazón, órgano fúngico, lanzador de esporas que a todo se prenden para enraizar y doler al despegarlas con la ausencia o la distancia. Dolorosos corpúsculos cardiacos aferrados a la fragilidad de una minúscula planta que resiste en una cornisa, a la perrita zalamera de la vecina de abajo, a los ojos de un vagabundo que despierta encontrando su pan y convencerse “es diferente porque es pulcro en la miseria y saluda sin conocer y no arroja su vida al interior del cartón de vino” y hacerle pan para entregárselo por la noche como quien lleva un símbolo humeante y crujiente de los cielos, y querer no ser descubierta anhelando ser descubierta porque una viuda en la cuarentena no cree merecer un joven diez años menor aún vagabundo y tocarse y sentir el dolor del espacio desperdiciado cada noche en la cama y pasar media noche en vela preparando otro pan para llevárselo a hurtadillas sin advertir que, esta vez para su asombro, bajos los cartones unos ojos azules la aguardan despiertos.

Y sentir demasiado, y creer en lo imposible y soñar que no existen límites.