27 de junio de 2011

El raro privilegio de no ser humano

Mar

Ser humano es conocer la futilidad de la acción, la inutilidad de todo esfuerzo, formular perpetuamente preguntas sin respuesta. Y, sin embargo, esperarlas y replantearlas a diario. Ser enteramente humano es buscar certidumbres sabiendo que no llegarán, que aunque lleguen no las entenderemos y que aún llegando y entendiéndolas, no podremos comunicarlas.
Por todo lo anterior, ante todo, ser humano es perseverar y perseverar en lo que nunca comprenderemos.

Y cuando me canso de ser humano mi imaginación me disfraza de formas nuevas. El raro privilegio de lo mineral, la sagrada unción de la flora y la fauna, furtivas metamorfosis de la noche cuando abandono mi forma humana, que se rehace en la mañana frente al espejo.

El regresar del reflejo de un hombre inquieto y cansado. La tenacidad, la constancia, de nuevo.

Nada más.

23 de junio de 2011

Equilibrio

Trigal

Sonrío al calor
en las comisuras de
su pulpa fresca.

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Nieva

La fría nieve
hermana a la quietud
con el silencio.

20 de junio de 2011

EL FANTASMA DE NUMANCIA

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Hazte a la idea de que la noche viene desangrada y el amanecer es una herida abierta en el fuego de Numancia. Y ahora imagina los suicidios de la rendición entre los atávicos cantos de una loma mellada de hambre, la rala vegetación comida con impaciencia en sus primeros brotes, retamas desarraigadas, muros lamidos, cabezas de cantueso tragadas sin agua y Escipión y toda Roma aprendiendo el liberar de la muerte y como no tendrán apenas esclavos y ahora, fija tus ojos en mi traición, en la daga con la que arrebato la vida a mi esposa y en el temblor de mi mano al acercarla al pecho, en el caballo, el único que no nos hemos comido. El mismo que monto y huyo entre impávidos soldados.

El dardo que me alcanza me hace menos daño del merecido.

Hazte a la idea de que no escapo del espacio. Lo hice del tiempo para alcanzarte y llegar a ti, indeciso ser de imprecisas letras, para que expandas mi cobardía y como desde entonces un justo dios me hace vagar por penumbras sin límite con la memoria llagada sin que el hierro que me acabe visitara la fragua ni la tumba en la que repose conozca la pala que la excave.

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Foto de Segóbriga en HDR. Con este relato breve me quito una espina.

12 de junio de 2011

Las alas incandescentes de Doña Régula

Anciana[10] Todo en la vida de Doña Régula habita en la desmesura: su gato, barrigón y abotargado, la osteoporosis senil que la hace sentir que al anochecer las rodillas estallarán sin remedio y astillas de su rotulas tachonarán el papel pintado de las paredes y el desapego de su única hija que tan sólo la considera para entregarle cada mañana a su nieta.

Doña Régula pensaba que a la vejez se llegaba a saltitos de gorrión. Ahora está convencida que los suyos los ha dado algún pajarraco mucho mayor. ¿No fue ayer mismo cuando subía las escaleras con la compra y ahora se salta comidas por la fatiga? ¿No fue esta mañana cuando la risa afloraba sin esfuerzo y, entonces, a qué muestran ahora estas arrugas una vida de padecimientos?

Sin religión, ideología ni canal de televisión que la sostenga lo suficiente a Doña Regula le gustaría consolidar a la figura de su nieta como el último sustento de su ser. ¿Es esto cierto? Desde luego la niña vive en su corazón pero acaso no comparte sitio con esos retoños de geranio que, despistados, tardan en concretarse en flor, con la luz que atraviesa sus visillos al amanecer y riega de amarillos la mesa camilla o con tantos otros aconteceres.

El devenir de las horas del día le suponen un abandono de la existencia y las penumbras le acercan lo suficiente el disparate de lo humano como para que por su cabeza pase el atajo a lo seguro, un trago de lejía, un salto por la ventana: hacer suya la última mueca burlona a la huesuda de la guadaña.

Cuando el dolor es incomparable y se vence en la cama convertida en un conglomerado de rescoldos, el pálpito de la noche levanta un trémulo viento en algún lugar ignoto que le conduce el fénix de la vitalidad, la insuflada fortaleza de la semilla y el bullir del alba la descubre con voracidad adolescente, acometiendo las tareas como una criatura mitológica recién fundada, con la sonrisa pícara fijada al rostro y las pupilas escrutando ínfimos prodigios habituales y cada vez que su hija le entrega a la nieta sin permiso, sin las gracias anticipadas, presiente al mirarla la inquietante y poderosa fugacidad de unas alas incandescentes, un destello de brasas en el fondo de sus ojos y más tarde, en el trabajo comentará que su madre está como nunca que puede con todo, que no sabe de dónde saca las energías.

1 de junio de 2011

Advertencia por si alguno considera que el amor le queda a 880 pasos

Via verde del aceite Con el perfume justo y su porte acicalado, Don Fermín, cubre los 880 pasos que le llevarán a la cafetería donde le aguarda un café a 48º, tres churros de 40 gramos y los titulares del periódico matutino.

Serán 431 pasos, todos evitando las junturas del pavimento, los que le pondrán en su oficina. Allí ejerce su invencible rutina : verificar, sellar y ordenar impresos. Una y otra vez. Al alcanzar por la tarde el millar se libera de las gafas y, sólo entonces, considerando que alcanzó su habitual nivel productivo, reparte palabras y risitas entre sus compañeros que lo ven como el mayor de los tarugos.

En tan ordenada vida la incertidumbre le llegó a Don Fermín al descubrir que la cafetería, sin razón aparente, se había acercado a 802 pasos, setenta y tantos menos de lo habitual. ¿Encogimiento de las calles? ¿Tensión alta? ¿El viento a favor como los ciclistas? Y mientras medita esto, con un churro en la boca, advierte que, en esos días, el único cambio en su vida fue la irrupción, en la misma barra donde desayuna, de una señorita que degusta una infusión y lee concentrada. Apareció el día anterior al singular fenómeno del acortamiento y comprobó como su mirada se le anzuelaba en sus curvas.

Preguntando a sus compañeros de trabajo obtuvo dos respuestas. Casi todos los hombres decían “te has encoñado”, frase soez que no quería entender. Las mujeres, éstas con unanimidad, aseguraban que lo que pasaba es que le gustaba y que debía declararselo sin tardanza.

Y no la hubo. Al día siguiente tras 799 pasos - le mataba esa irregularidad – abordó a la señorita.

“Mire usted, señorita, desde hace tres días su presencia me alteró a tal extremo que alargué mis pasos una media del 9% por el ansia de verla. Ahí no es todo, los mil impresos, que superan un 38% la media de mis compañeros, los acabo una hora antes. ¡Imagine la ilusión si es usted la causante! Añadamos a esto que tengo una casa de 138 M2 y un apartamento en Peñíscola de 60 M2. Desconozco mis extractos bancarios pero hasta ayer eran de...”

Fueron sus últimas palabras. La señorita cerró el libro, soltó un par de monedas y se largó pidiendo clemencia al cielo para no toparse de nuevo con semejante lunático.

A Don Fermín no le quedó otra que seguir con su vida. Al inicio hubiera jurado que el bar la alejaron hasta las mil zancadas. No tardó en recuperar la normalidad. Ochocientos ochenta, café caliente y titulares en un periódico sobado.

Con el tiempo dejó de esperarla. No volvió a verla.

Jamás conocería que en el libro que con atención leía la chica un marcapáginas tenía rotulada una frase de un viejo cristiano de Hipona, "la medida del amor es amar sin medida."