Con el perfume justo y su porte acicalado, Don Fermín, cubre los 880 pasos que le llevarán a la cafetería donde le aguarda un café a 48º, tres churros de 40 gramos y los titulares del periódico matutino.
Serán 431 pasos, todos evitando las junturas del pavimento, los que le pondrán en su oficina. Allí ejerce su invencible rutina : verificar, sellar y ordenar impresos. Una y otra vez. Al alcanzar por la tarde el millar se libera de las gafas y, sólo entonces, considerando que alcanzó su habitual nivel productivo, reparte palabras y risitas entre sus compañeros que lo ven como el mayor de los tarugos.
En tan ordenada vida la incertidumbre le llegó a Don Fermín al descubrir que la cafetería, sin razón aparente, se había acercado a 802 pasos, setenta y tantos menos de lo habitual. ¿Encogimiento de las calles? ¿Tensión alta? ¿El viento a favor como los ciclistas? Y mientras medita esto, con un churro en la boca, advierte que, en esos días, el único cambio en su vida fue la irrupción, en la misma barra donde desayuna, de una señorita que degusta una infusión y lee concentrada. Apareció el día anterior al singular fenómeno del acortamiento y comprobó como su mirada se le anzuelaba en sus curvas.
Preguntando a sus compañeros de trabajo obtuvo dos respuestas. Casi todos los hombres decían “te has encoñado”, frase soez que no quería entender. Las mujeres, éstas con unanimidad, aseguraban que lo que pasaba es que le gustaba y que debía declararselo sin tardanza.
Y no la hubo. Al día siguiente tras 799 pasos - le mataba esa irregularidad – abordó a la señorita.
“Mire usted, señorita, desde hace tres días su presencia me alteró a tal extremo que alargué mis pasos una media del 9% por el ansia de verla. Ahí no es todo, los mil impresos, que superan un 38% la media de mis compañeros, los acabo una hora antes. ¡Imagine la ilusión si es usted la causante! Añadamos a esto que tengo una casa de 138 M2 y un apartamento en Peñíscola de 60 M2. Desconozco mis extractos bancarios pero hasta ayer eran de...”
Fueron sus últimas palabras. La señorita cerró el libro, soltó un par de monedas y se largó pidiendo clemencia al cielo para no toparse de nuevo con semejante lunático.
A Don Fermín no le quedó otra que seguir con su vida. Al inicio hubiera jurado que el bar la alejaron hasta las mil zancadas. No tardó en recuperar la normalidad. Ochocientos ochenta, café caliente y titulares en un periódico sobado.
Con el tiempo dejó de esperarla. No volvió a verla.
Jamás conocería que en el libro que con atención leía la chica un marcapáginas tenía rotulada una frase de un viejo cristiano de Hipona, "la medida del amor es amar sin medida."