11 de octubre de 2011

Isla del Alma de Mármol




1.- Se precintan los espacios de La tierra de los árboles y Frondosidad hasta que los cargos de ampulosidad y retoque extremo que pesan sobre su autor se resuelvan. Se le restringe la libre circulación de sus ideas, de momento se le permite posesión de lápices y  cámaras.

2.- Se convoca concurso-oposición de Conjurador de Nubes. Salario a comisión por nimbos avistados y conteo de gotas de lluvia. Nota.- urge. Abstenerse Inundadores de Planicies.

3.- Se conmina al otoño a presentarse aquí de inmediato y asumir sus funciones ordinarias. Si en plazo de diez no comparece será sustituido por la estación siguiente.

4.- Por pernicioso queda sustituido el visionado de periódicos, incluidos titulares, y telediarios por libros de temática libre de autores fallecidos o en vías de ello.

5.- Se alistan palabras frescas, por favor, acudan en un determinado orden que tenga sentido.

Todo lo cual queda expuesto en el Ayuntamiento de la Isla de Marmor Anima para obligado cumplimiento hasta que este edicto sea derogado, caduque, sea sustituido por otros mundos o la ausencia tome sentido. Gracias a todos.

1 de octubre de 2011

El héroe relativo y el alcalde extraterrestre

Ramas de sauce columpiándose.Sucede que disfruta  unas cervezas para rumiar el desaliento agazapado en los titulares de los periódicos, la gota calando un día tras otro, sucede que el tabernero es generoso en las tapas y el mundo entre amigos camufla sus rincones de padecimiento y con las ocurrencias de unos y otros le aflora la risa entre pinceladas de olvido, todo esto y más sucede en la terraza de sillas de aluminio cuando estallan los cristales del tercero y en la balconada de enfrente, en una escena que parece un incendio irreal, y no lo es, se ve gritar a un niño.

Sin medida de riesgos, antes de que se piense, con la croqueta a medio tragar, se descubre escalando una reja, saltando entre barrotes, asiendo y soltando herrajes, haciéndole pulsos al hierro sin mirar abajo para acceder al balcón y asir al niño mientras feroces columnas de humo denso abandonan la casa. Es entonces, al descender con el crío enganchado a mochila, cuando percibe, entre el crepitar, un fino aullido.

Desciende y sin tocar suelo lo deja a salvo. Arriba de nuevo descubriendo a su corazón en una región histérica y ajena a su ser, un órgano descordado y como ajeno por miedo o cansancio. Entra al domicilio tapándose con la camiseta. Hay una coral en las combustiones, un retorcimiento sigiloso de los objetos plásticos, un rugir vehemente de abrasiones en los muebles, la hosca protesta de las palabras en la ceniza de los libros, la calcinación discordante del sofá expeliendo bocanadas de humo negro y a ras de suelo, en sordina, un grito agudo que encuentra sin percibir la llama que lacera su costado. Le abren espacio cuando le ven bajar tosiendo, manchado de efluvios de hidrocarburos, y con una niña en brazos. Al entregarla percibe el huir de su conciencia y es entonces cuando alcanza a escupir la croqueta y la mueca que intenta hacer, al ver a los bomberos acordonando la zona, queda esbozada en un desmayo.

Al despertar en el hospital, días más tarde, no sabe todo lo que se habló de él, no es consciente de las fotos, ni de los huecos hurtados a la economía rota, tampoco de los tensos debates en el Ayuntamiento en la duda del reconocimiento que merece. Medalla de la ciudad, para unos, acreditación de mérito civil para otros. Sin embargo, en los despachos forrados de roble de la alcaldía, acaba imponiéndose que ninguna pues le reconocieron entre los acampados de la plaza unas semanas antes, uno de esos indignados que a medio afeitar clamaba contra ellos, que les llamó chorizos, que pidió una democracia nueva y a la pregunta del regidor de “cómo toreo esto” no falta asesor, de gomina en lustre, que le persuada de que algo se les ocurrirá.

Aún ingresado, en una tele de monedas, con medio equipo médico al lado, ve al alcalde en rueda de prensa valorando su esfuerzo y eludiendo distinguirle con nada pues no puede hacerlo con quien tenía una tasa de alcohol en sangre de casi 0,6 g/l, algo superior a lo permitido en la conducción. No sería un buen ejemplo, dice, y que de ser héroe lo sería relativo, que también fue un temerario por no esperar a los servicios de emergencia. El médico apaga el aparato, frunce el ceño y se gira a las enfermeras boquiabiertas “tenemos un alcalde extraterrestre, una de esas cosas que ve mi hija, en cualquier momento muda de piel y se hace lagarto”, dice.

Ríe, como todos, y le regresa el dolor. Cierra los ojos y se esfuerza en componer una escena que le traiga el sueño: un chubasco, un cielo que se abre, un sol tibio, brisa, cascabeles en las espigas, columpio de ramas de sauce.