29 de diciembre de 2011

MEMORIA DE LA LUZ



Había heredado el cuaderno, no sabía bien bien porqué.
Cuando ya había cumplido los siete años, y su bisabuela le sorprendió escribiendo, cosa que no le gustaba hacer en público, le llamó y le entregó aquel ajado cuaderno de tapa dura con un numero en la portada, el 99.
No le gustó mucho ni que le viera garabateando sus primeras palabras con una letra casi indescifrable: los otros niños escribían tan bonito, tan redondo…, ni tampoco recibir aquel viejo cuaderno. Algo le decía que era más que un regalo.

La Bisa, como la llamaba entonces, era una nonagenaria espigada y rápida, tenía los ojos de color violeta y la tez blanca, casi transparente. Su pulso no temblaba como el de la abuela al anotar los recados para la maestra. Tenía una letra elegante y delgada, vivo reflejo de su figura.

Cuando iba al pueblo, en verano a horas más tardías y, por las fiestas de navidad cada día más temprano, veía la Bisa interrumpir lo que fuera que estaba haciendo, buscar el cuaderno y mirar hacia el poniente, el naciente y la bóveda celeste. Durante un par de minutos, a veces menos a veces más, principalmente en invierno o en las lunas llenas del estío, se ponía a redactar frenéticamente en su cuaderno, para después guardarlo no se sabe dónde, y volver como si nada a la tarea interrumpida.

Nunca se atrevió preguntar lo que escribía, aunque le picaba la curiosidad. Creía que los demás ya ni se daban cuenta de un hecho que se repetía día tras día y era algo tan incorporado a lo cotidiano como dar maíz a las gallinas o buscar el pan por las mañanas. No era un misterio, simplemente no era cosa suya ni de nadie.

Sin embargo, pudieron más el rubor y la vergüenza al encontrar algo confidencial que afectase a su familia, como algún secreto de estirpe en el cuaderno. Por eso fue abandonado como una excentricidad que pidiera ser apartada de la vista. Ni siquiera fue abierto cuando su bisabuela abandonó este mundo, ni cuando se conjugaron los mejores momentos de lectura, una convalecencia hospitalaria o el aburrimiento en las tardes de invierno. Pasó las décadas juntando polvo junto a los apuntes de la universidad en el sótano del olvido.

Una mudanza cuando era ya un adulto lo trajo de vuelta. “Qué si puedo tirar estos papeles” decía un obrero sosteniendo precisamente el cuaderno en su mano enguantada.

Recobró su vida en un ático sin muebles mientras afuera la lluvia se deslizaba sobre el emparrado. Le asombraba que en el cuaderno apenas hubiera intimidades. En realidad se trataba de un diario que refería la “Memoria de la luz sobre las cosas”, un espacio donde con gran despliegue de adjetivos describía la luminosidad de cada momento, tan solo a través de una lectura entrelíneas podía intuirse el estado anímico de su escritora. Buscó la fecha de su nacimiento esperando encontrar una clave. “Me galantearon los cielos hoy, me volcaron furiosos rojos y naranjas, colores masculinos y sé la razón”. “El primer crepúsculo de mi bisnieto tuvo una aureola encendida que se fue desvaneciendo en violetas. Registro de crepúsculos 18/02/1959.” La última línea del cuaderno, unos días antes de su muerte era reveladora, “ahora me tocará llevar un historial de penumbras”.

Meditó y sostuvo un tiempo el bolígrafo como una batuta. Después anotó en el cuaderno su primera entrada: historial de luces, informe de amaneceres, entrada 1, día 12/12/11.
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Memoria de la luz nació de un comentario en Facebook realizado, mediante escritura automática, por mi amiga Gárgola. Una divagación en torno a una foto suya con la idea de que alguien lo continuara, cosa que realicé al día siguiente empleando la misma técnica. Fue un agradable paréntesis en un día muy ocupado. Que el escrito guarde sentido se debe, sin duda, al pulimento que Rayuela, le dio al texto. Sirvan estas palabras para expresarles, a ambas, todo mi agradecimiento.


Autora de la foto: Dora Kelvin 



17 de diciembre de 2011

UN RASTRO EN LA PAJA




I
Llega el rumor. Asciende las suaves colinas de Cafarnaum y flota sobre las mansas aguas del lago para afirmar que ha nacido un Dios con forma de bebé y que lo hizo al sur, a siete jornadas y en un establo. Algunos aseguran que un ángel se lo comunicó. Él chico solitario no les cree.
Esa noche no duerme, besa a madre sin despertarla, le cuchichea algo, y abandona la casa.
Su nombre no viene al caso. Satisfagamos la curiosidad añadiendo que es tartamudo, tiene catorce años y quince cabras heredadas.

II
Hemos dicho que su nombre no viene al caso, tal vez sí su mote que nos muestra su habilidad, le llaman Guijarro pues llama a su rebaño chascando dos piedras de río: el grito que le falta a su garganta, de él se sirve y sus animales lo entienden.
No está solo, son muchos más los que van a Belén de Judá. Él prefiere no integrarse. Por timidez e inseguridad permanece al margen de las canciones de alabanza, de las hogueras con las que se templan y que llenan los cerros de puntitos naranja. Todos le llevan presentes, él no tiene nada.


III
Camina de noche compartiendo pasos con una estrella. No sabe quién sigue a quién. A veces, según sea la brisa, el sereno trae olor a tomillo y espliego y hace olorosa la penumbra.
La vida se hace sencilla y por lo tanto hermosa; se resume en el camino, la estrella, la esperanza. Todo lo que queda al margen le parece menudo y accesorio.
Hace ramilletes de aromáticas. Ese será su regalo.

IV
Un amanecer al asearse en un aljibe ve a una joven recogiendo agua. La observa sin ser descubierto. Al  inclinarse un mechón se escapa y es llevado al redil por la mano izquierda. Vuelve a liberarse y de nuevo la mano le reconduce a la cabellera. Su corazón se acelera, siente una inmensa alegría que se transformará en tristeza al irse. Querría estar viendo ese juego del mechón y la mano hasta la conclusión de los tiempos, querría verla siempre, que esa joven fuera la cara del amanecer y de la noche, la llama que prende, el pan del día, el aliento, el consuelo.

V
Un extraño sueño. ¿Y si esta historia, su vida misma y su camino, fuera conocidos muchos años más tarde? Ajenos ojos que le mirasen desde la profundidad de los siglos, en un mundo distinto sin considerarlo ridículo, sin importar que las palabras no le fluyan. No sería compasión, sería entendimiento. Piensa si, en esa mirada de los observadores, del tiempo estará la huella de este Dios al que visita.

VI
Todo esto aconteció en un tiempo en el que la Palabra no estaba dicha y no estaba interpretada. No existía la cruz, nadie se persignaría en el pesebre y nada debía ser redimido. Siempre habrá un misterio en todo lo que se va y un milagro en todo lo que nace y allí se extinguía el tiempo viejo de los profetas y el Dios vengativo. Y nacía una esperanza.
Con la perspectiva las historias ganan aristas y se llenan de filos cortantes, ahora no es el caso, sólo estaba la quietud del momento, la idea de un Dios que quiso hacerse un igual y siendo niño lloró buscando a su madre y al revolverse dejó un rastro en la paja.

VII
Paz. Resplandece el crepúsculo como si no hubiera otro. El establo se afianza con adobe y tablas sobre una cañada y por dentro unas teas lo iluminan. La gente sencilla, los pastores y los canteros, los arrieros y los campesinos descienden cantando en señal de gracias. Guijarro tiene miedo de imitarles y que las palabras se atranquen. Por eso, sin sacarlas del zurrón, golpea sus piedras, con suavidad, acompañando, como cantando. Deja las aromáticas en la entrada y muy emocionado mira en todas direcciones, incluso hacia su interior.