A veces, de algún oculto pliegue de nuestra memoria emerge el recuerdo del primer llanto, aquel que nos contaron y que se hizo fiel registro del abandono de la tibieza placentaria, los tiernos ojos heridos de resplandecencias, la gelidez de los espacios abiertos que no se entienden, los sonidos indescifrables y, entre ellos, los malabarismos de nuestra razón temprana para definir y aprehender todo aquello. Entonces no entendemos la vida, no entendemos al mundo. Justificado esfuerzo en lactantes pero banal impulso en los adultos, huella recidiva de nuestra animalidad: podemos ser algo aquella cosa que el mundo nos hizo, pero, ante todo, somos aquello que nosotros hicimos con él.
