24 de junio de 2012

Selvas vírgenes


Paseaban su vejez, en la gracia de un domingo, cogidos del brazo con una compostura aristocrática, ella entornando sus ojos tímidos y él con el mentón alto de la suficiencia, si nos acercáramos con disimulo escucharíamos un repiqueteo suave de  reproches nacidos de los roces de una vida en común. La colocación de los calcetines, la temperatura de la comida, cierta reacción acalorada o el ángulo de giro del ventilador. Hervores mínimos, menudencias que no ocultaban la manera intensa en que se amaban, aunque ellos jamás emplearían esa palabra.


Ásperas fueron las huellas de los problemas que la vida les dejó. Estrecheces económicas, un hijo muerto. Los resolvieron  como bien pudieron, procurando no perder la ilusión, que la ola arribe plácida a la costa para abrir paso a otra. Él siempre perdió el sueño por bagatelas: una palabra en el trabajo, el titular de un periódico. "Para el mundo somos despojos, menudillos", le decía. Navegante experta, como lo era ella, siempre sabía el golpe de timón. "Pues con menudillos te hago una receta que te chuparás los dedos".


Un día de ángeles ausentes ella murió. En la soledad él se abandonó de tal manera que su mente trazó la estrategia de perder la cordura para salvar  al cuerpo. Pura salubridad animal para estancarlo en el recuerdo de su suma felicidad. Demudado y demente como un Quijote acabaría en una residencia pública cuchicheando a las turbias sombras palabras: el apacible tobogán que significaron sus labios, las selvas vírgenes, los trópicos que quedaron por explorar juntos.