19 de abril de 2013

La inocencia



Aún me alcanza el recuerdo de que una vez tuve menos de cuarenta y siete tacos y las rodillas peladas de jugar por el campo, la delicia del tiempo estirando sus segundos y, en cada uno, agazapadas, mil posibilidades. Planetas nuevos y azules al alcance de la mirada; bajo cada mesa, una cueva o un refugio, las cumbres más altas medían cinco metros y las remataban sacos de abono apilados. 

Aquella infancia feliz fue mi única patria verdadera. Crecer fue adentrarme en el destierro del tiempo y en la evocación nostálgica de esa edad de oro.

En muchos se marchó; en mí, el desencanto y escepticismo amenazan pero aún, profundo, valoro el refulgir de aquella inocencia primera, la que temo perder pues encierra la cautivación, la fortaleza de las ilusiones, el no darse por perdido nunca, la fortuna de una curiosidad intacta y las perspectivas y posibilidades que abre el optimismo.