22 de junio de 2013

Soy viento


Fui el que ascendiendo el barranco umbroso dio forma a los coscojares, les hice torcerse a mi paso, resquebrajarse para no verme, he sido el que a fuerza de ulular las tardes de invierno llevó al extravío a los animales del páramo y fui, también, el que vi y no pude evitar el crimen, detener la mano gruesa, homicida, acostumbrada a grasa y estiércol, sacudí la arena, la vibré en sus ojos, le ceñí en hojarasca y briznas de hierba seca. Su silueta perfilando la luz del atardecer.

De nada sirvió. Desde entonces el llanto monocorde y neutro de la niña ha quedado enlazado a mí de tal manera que afirman los lugareños que mi forma de trepar este monte y peinar esta tierra envuelve súplicas.

Y ahora me acerco a ti que hollas esta tierra con tu inquietud de animal de caza. ¿No ves nada diferente? ¿No percibes que por aquí no vuelcan su aroma el tomillo, el romero, que el trino de los pájaros no alcanza? Inquiétate animal, husmea,  busca el rastro de la presa agazapada como sabes hacerlo, sin olvidar esa parcela donde la hierba está rala y tiene un vapor diferente, similar y distinto al de tu amo que camina unos pasos atrás suspendiendo la escopeta.

Escarba, ladra, llama la atención humana que a ellos pertenece este desvarío. Horada, saca a dentelladas, con las garras, con los ojos, la tierra, busca esa justicia imposible para ti hasta hacer que aflore la mano infantil como una rosa lívida en el tiempo y azuza tu mirada a la de tu dueño para que se detenga y le afloren los nervios al ver tu descubrimiento, al coger el móvil, al marcar.


Soy tu caricia, dócil animal, te envuelvo con la brisa y oculto los lamentos perdidos, desvanezco el desequilibrio de esta tierra, que la jara huela a jara, el espliego a espliego, que el camino sea recorrido.

Desear al muerto Florencio




Arropada por el espeso manto de la noche, al tiempo que sus vecinos telecinquean, Doña Gertru recoge hierbas urbanas en descampados, en  baldíos, en orificios que plantas nervudas hicieron en el asfalto o el hormigón y, sin la menor idea de botánica o herboristería, prepara menjunjes y ungüentos que experimenta en sí misma.


Vigoroso recetario de bruja descontrolada, que le ha llevado a poderosas colitis, dos lavados de estómago, rozar un coma, y diversas alucinaciones. Anota esos efectos, los combina entre sí y, el mejor de todos, una combinación de ricina y beleño, lo introduce en las rosquillas que acostumbra a regalar al Director General de su banco, el mismo que le habló de las preferentes y de inversiones seguras.


Y, mientras desde la ventana curiosea lo que sucede, recuerda que aquella vez que probó esa mezcolanza virulenta, anduvo alunada y desnuda por el cementerio exigiéndole a su Florencio una resurrección inmediata que saciara su ardiente fogosidad.

21 de junio de 2013

Emotividad


Sólo era la huella impetuosa que le dejaban las cosas. Emotividad decía, pesado fardo para remolcar por este mundo tan feroz. Hacía esfuerzos para que esa sensibilidad no se le fuera a lo mórbido y trabara cualquier esfuerzo mental. Aprendió a llevar su observación a lo, en apariencia, intrascendente pues ahí decía hallar refugio o consuelo. Los colores de un cierto atardecer relevándose, el rugoso tacto de un árbol al abrazarlo, inmutarse con el viento en las mejillas al cerrar los ojos.


Se exigía mucho y por ello había días que daba todo por perdido, periodos de renuncias y abnegaciones, como queriendo hacerse daño, y tantos otros se sentía virtuoso como si esa afectación excesiva fuera también una manera de sorber la vida y de captar su estremecida belleza.

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Gracias a todos los que me comentaron la entrada de mi final, Meme, Max Estrella, Nerim, debatz, Alejandra Sotelo Faderland - por partida doble -, Trini Reina. Viejos amigos. Tal vez con calma las cosas vayan mejor, por eso borré la entrada, simplemente verla me dolía, mis disculpas.