31 de octubre de 2013

LÁMPARA DE SIMPATÍA



Para iluminarse,  Kvothe,  colocó la lámpara de simpatía sobre la mesa junto a unas gazanias y unos pétalos de flor de almendro descendidos  por la tormenta. Se desvistió sobre la capa cerrando antes todos sus bolsillos y, por completo desnudo, cruzó el río.

¿Habría quedado la pesada carga de su vida anterior atrás, tan sencillo sería? Intuía que no pero, en la otra orilla, la aventura comenzaba de nuevo, estaba preparado para las puertas de piedra.

30 de octubre de 2013

Dimorphotecas



No trajo el tiempo alivio alguno, ni reparo a la ausencia, ni consuelo a ese dolor que le nacía dentro de su oquedad torácica y se ramificaba por las articulaciones y empañaba la mirada como un río de aguas turbias que alcanza su desembocadura  en su estado más lóbrego. El tiempo, sí, servía para mudar las vestiduras arbóreas, sucederse las triquiñuelas políticas, para ver crecer a sus nietos adheridos a la vida como si esta no tuviera suficiente munición para  desarbolarlos acompasadamente.


Su único consuelo era el baño en las dimorphotecas, la inmersión en sus colores con los ojos entrecerrados, las manos extendidas entre el aroma acre, la caricia de pétalos en las yemas, recreando un tiempo fugado en su silueta perdida, en su voz suave, en su andar aristocrático, rememorando por unos instantes que el amor le fue concedido.

22 de octubre de 2013

AGRESTE




Cada vez que un anciano sentía próxima la muerte convertía en uno de sus últimos actos la siembra de un árbol en las montañas. Era todo un ritual de despedida para la familia, bebían desde las primeras luces y bailaban hasta caer rendidos al ocaso. El viejo, sentado en algún tronco sin musgo, enfermo y feliz, entregaba a sus descendientes un puñado de tierra y un vaso de agua cristalina, de esa manera quedaba encomendado a ellos el cuidado de ese postrero símbolo de vida, si bien lo habitual era que, con el paso de los años, lo acabaran dejando a la magnanimidad de la naturaleza. 

Aquellos árboles bien criados en las primeras etapas de su vida crecían tupidos en la falda de la montaña, dándose compañía, alfombrando el bosque.

Sin existir norma escrita, los ancianos sin familia sembraban los suyos en las cumbres. No existía ritual, nada se bebía, ninguna música sonaba. Era un acto íntimo con la naturaleza, la entrega de unas plantas a los elementos que las retorcían tanto como a ellos la vida. Adquirían un aspecto asalvajado, como sus rostros estriados. Envolturas de corteza desteñidas por las tormentas, troncos encorvados por el viento, arrugas cuarteadas en una vida de silencio, limosneando palabras.

Acercándote a cualquier pueblo de la comarca de Gertiz te bastaba con ver las cumbres para adivinar la forma de aquella sociedad. Su número de solitarios. 

Mirando cumbres, de un vistazo determinabas, de aquella sociedad, lo agreste.