30 de diciembre de 2013

La promesa



Un bosque de abetos rodeando un prado de intenso verde. En la hierba un hombre ungiéndose en una lluvia parsimoniosa. De su rostro de tapiz arrugado resbalan gotas que enlentecen su descenso al llegar a su barba cana. Tiende sus brazos al cielo, abre las palmas acariciando el agua. Queda así largo tiempo.

Sin un caminante desde el camino curvo le viera en la lejanía le parecía un excéntrico o, si acaso, un demente de un pueblo extraviado en el mapa.

Sin embargo ese hombre tiene un pasado, un cuerpo enjuto cincelado en la sombra de una cárcel.

Una condena por lo que no hizo.

Una promesa incumplida.

Un amor perdido.

Hay lágrimas que le parecen lluvia y salpicaduras de nubes que tomaría por lágrimas.

- Qué sencillo sería - piensa - perderme, arrastrar al alcohol de ágave mi vida, provocar una reyerta, dejarme matar por un insulto o, tal vez, realizar aquí mismo un sortilegio puro, convertirme en árbol; sí, anhelar ese final soñado, concretar tanto estudio, a la luz oscilante de una bujía en un calabozo mísero, en un roble que abriera sus ramas al viento.

- Mas no. Perdí media vida en una injusticia, hagámosle justicia a la otra media.

Una rafaga conmovió un conjunto de hojas caídas que se esparcieron en el heno. Realizó entonces su promesa a la Naturaleza.

- Ni un segundo desaprovechado más, no existirá el cansancio, no habrá tolerancia ante la maldad, hostigaré a la mentira hasta recluirla en la boca de donde sale y coseré allí aquellos labios con hilo de cáñamo; que se aporte mi salud, mi conocimiento, lo que me reste de mi vida y mi calor en hacerte justicia alma mía.