20 de enero de 2014

La legión ahogada


Una guarnición romana alcanzó la orilla del río. Habían llegado rumores de que quien cruzara sus aguas perdería la memoria. Olvidaría su nombre, olvidaría la infancia y el timbre de voz de sus padres, se perdería para siempre el rostro amado.

Las aguas engrosarían la mar con todos sus recuerdos.

Su general, Décimo Junio Bruto, cansado de arengarles por las supercherías se dispuso a ejemplarizarlos. Se zambulló en las aguas y no sin esfuerzo alcanzó la otra orilla. Entonces, como prueba de intacta memoria, nombró a sus soldados uno por uno.

Éstos, eufóricos, al ver lo inusual de que su superior los nombrase se tiraron al agua. Mas la gran mayoría no sabía nadar y perecieron ahogados.

Por entonces una alondra que admiraba la escena descubrió que perder los recuerdos puede ser malo pero la confianza ciega es peor.

11 de enero de 2014

Aridez en las venas



La primera vez que vio sonreír a un hombre tenía nueve inviernos y la inocencia perdida. El Fascinador bajó custodiado por dos centinelas, con las manos atadas en la espalda, vestía un sayo acolchado, aún no tenía puesta la arpillera de los esclavos, cruzó la vuelta del arenal con la mirada distraída y, al verlos, esbozó una sonrisa y una mueca que años más tarde, en la soledad de sus noches atribuladas, interpretaría como un saludo o reverencia. Un ciclo más tarde, sería esa misma cabeza ensartada en una lanza la que coronaría el este de la mina, por donde el sol esparciría la sombra terrorífica que debería servirles de aleccionador destino y, sin embargo, así son los hados, desde aquel momento supieron que la esperanza sería imparable.



El Fascinador les mostró la existencia de un pasado acurrucando sus cuerpos,  les habló de la belleza del mundo, de la dulzura de las mujeres, de los árboles mágicos que estremecen corazones, de los susurros en el valle, les trajo el color, la valentía. La insurrección.   



Nueve ciclos cargaba el niño de las manos inquietas, cuatro de ellos hundido en la mina de roca de Hert, el infecto y descomunal agujero donde trabajaban de sol a sol los cautivos.



Todo allí.

Era.

Aridez en las venas.



Los segundos eran hueso.



El tiempo era sangre.



Y habría de cambiar.