21 de febrero de 2014

La ley de la imparidad en los calcetines



Sabida es la ley que lleva a la imparidad a los calcetines, a la soltería abismal de una gaveta, al bostezo de una soledad que parece caprichosa. Por eso, que los calcetines me desaparezcan a pares me hizo sospechar de Corintia. Desde que ella limpia me los roba.

No fue difícil tenderle una trampa para mandarla al otro extremo de la ciudad con una excusa cualquiera para soliviantar mientras tanto el recogimiento que imaginaba yo monacal - y era carnavalesco - de su casa y descubrir en un cuarto achaflanado, pinchados con chinchetas, por sus paredes, a mis calcetines, con la compañía en idéntica disposición de bragas, sostenes y otra ropa de reconocimiento desasosegante.

A un físico como yo no se le hace eso.

Por ello, para no contradecir la ley de la evasión impar retiré uno sólo de ellos, dejando a su pareja taladrada a la pared sabiendo que, más pronto que tarde, descubriría los agujeros de gusano,  y brincaría por el espacio tiempo asombrando en estos momentos a Cleopatra o a Hitler.

En medio del beso a Marco Antonio, a Eva Braun, mi calcetín fastidiando como sólo los calcetines sudados y dados a la fuga pueden hacerlo.