23 de junio de 2014

Avistar ballenas




Arrastraba por entonces el viento promesas de imperios caídos. Cualquier risco, cada escombrera era una atalaya por conquistar y podías ser mil personas en cada juego. Éramos felices por una cuestión semántica: la alegría, polimórfica, alcazaba mil sinónimos. Los gusanos de seda formando capullos como guirnaldas del color de azufre, el premio de un higo negro con su gota de almíbar al alcance de la mano, el sonido del pan de leña estallando en costras doradas, el olor del humo de los sarmientos, la tarde extendiéndose como una llanura de hierba.

Los años nos expulsaron de esa patria que era la niñez y este escarnio, este ostracismo perpetuo toma ahora cara de responsabilidades, facturas, plazos, listas de tareas pendientes arracimándose.

Sólo queda irse al acantilado más alto, desde donde se atisban las ballenas, para aguardar la venida de las ráfagas de asombro, vestigios de aquella tierra prometida.

1 de junio de 2014

El ajedrecista ambulante




Descendían del norte nubes preñadas de grisura que se removían por dentro hasta deslizar una lluvia troquelada y densa y era, por entonces, cuando se guarecía bajo descarnados puentes de hierro y cemento por cuyas grietas asomaban hortensias azules del mundo previo y colocaba en una bajante el trozo de hojalata que le servía de espejo para que los goterones compusieran la música de metal y agua que le adormeciera y guiara al universo del sueño con la conciencia velada.  La humedad de aquellos días recubría de verdín los márgenes y escaques de los tableros describiendo al juego como lucha ancestral y su temor sería que las piezas negras perdieran lustre con el agua, y al palidecer menguara su determinación y coraje para enfrentarse al rey blanco (...)