16 de abril de 2015

La mirada de la tortuga

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Un sopor, la bajada de los párpados en un leve desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado. Eso es lo que te provoca y todo lo que necesita la mirada de Bazil para extraerte tus secretos más íntimos y comercializarlos. Amarás a tu esposo pero él sabe que cortejas al carnicero, conocerá el tamaño de la piedra que esconde tus ahorros, la mentira de tu pasada vida que sustenta la nueva.

Se exhibe por las plazas y los mercados con la estrategia de adivinar números o naipes de barajas infinitas, le miras fijamente, imaginando el dos de picas que ocultas bajo la mano cuando viene un adormecimiento  y antes de abandonar el lugar lo sabe todo de ti y siempre encuentra compradores interesados en tabernas a las que nunca pasa desde que una adivina despechada le dijo que el final de sus días vendría cuando una casa se le cayera en la cabeza.

Bajo puentes o al raso duerme, cada poco cambia su nombre, su aspecto, anda incesante sin regresar a los lugares que deja atrás y ni él sabe qué hace con tanto dinero.

Ahora en Ponte da Barca le circunda una avenida empedrada repleta de sauces y transeúntes, en los cielos enormes rapaces acechan, desde las tiendas le miran curiosos preguntándose si participar o no. Le dijeron que ese joven de enfrente guarda el tesoro de una antigua herencia. Le mira fijo, prevé la bodega, dónde está oculta la llave, el amparo que las vigas dan a todo oro y antes de que su sonrisa se defina recibe el golpe de la tortuga.

Se derrota en el pavimento con la crisma rota. El gentío mira a los cielos y  al suelo preguntándose qué ha pasado y cómo fue. 

Bazil no.

Sólo ve una pequeña morada y dentro un bicho de cara arrugada, de ojos asustados.

Más tarde un sopor, la bajada de sus párpados en un desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado.

2 de abril de 2015

El prodigio de la lluvia en la noche

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El sesgo del sol arrancó las sombras de los perfiles. La decadencia las inflama por los suelos. Poco después se acurrucaron sin aguardar nada. El gris sofocándose en el dominio de un negro intenso.

La ciudad parece la obra de un taxidermista sobre la que se asienta ceniza.

En los sonidos hundidos el viento susurra melodías pretéritas. Al crecer su ulular somete a la vegetación. Nubes invisibles instilan gotas turbias. Cada vez menos turbias, cada vez más puras. Cuando el viento se retira queda esa lluvia dócil y proporcionada como si siempre hubiera estado ahí.