29 de junio de 2016

La estrella sin nombre

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Al despertar, la ventana abierta por el sofoco del verano dejaba entrever la luz de una estrella distante. Tililaba en colores que iban del rojo al violeta. Tan irreal le pareció al viejo que agarró su móvil para encontrar su nombre con una aplicación. Pero al señalarla con la mirilla de la pantalla comprobó que no aparecía. Era una estrella sin nombre entre estrellas bien definidas.
En el paseo matutino la ciudad le pareció otra vez un enorme y parsimonioso escarabajo pelotero. Escombros, conductores mejorables, cacas de perro macerando entre rastrojos, pintadas de lógica insostenible en muros viejos. Matices en un verano ebrio de luz.
A la noche siguiente, sobre la melena del pinar, la oscuridad dibujó una estrella sin nombre que mudaba de color. Una línea recta a las tres de la madrugada. Sin pericia para el simbolismo pero con habilidad para la camaradería, el viejo se sirvió un vaso de agua, se apoyó en el cabecero y toda la noche la pasó hablando con ella como si rellenara un espacio de su vida.