16 de diciembre de 2012

Llamaradas violetas




No cantaba el gallo cuando Clara Olias descorrió el cerrojo y la tibieza de la vega penetró en la estancia. Oreaba tan temprano el cuarto para que las moscas y los efluvios a cerrado escaparan mientras preparaba el almuerzo a su marido y a su hijo que irían a la siega apenas el sol hiciera hervir una hebra en el horizonte. Más tarde se sumaría a ellos pero antes esperaría para dejar medio costal al molinero.

¿Cómo sabía si era tarde o temprano si el  viejo gallo se negaba a cantar?

Le regresó el punto de fuga de lo soñado, la guerra, espadas melladas, piezas de armadura en la forja. No entendía ese temor, la guerra cesó. De la última regreso su marido sano. Qué temer pues si son tiempos de paz. Respira, se decía, al avivar los rescoldos; respira Clara, serénate, al tostar las hogazas en llamas apocadas que expirarían antes de contagiar su calor a un día que se presentía tórrido.

Manzanas, tasajo, queso añejo, huevos duros y el gallo sin cantar cuando, con las labores hechas, regresa a la cama, bujía en mano, y el convencimiento de que era noche cerrada. Abrió la puerta para acomodarse de nuevo junto a su marido. En ese instante se quedó helada.

Una mujer ocupaba su espacio. ¿Quién era, cómo era posible, por dónde había pasado si no había abandonado la entrada? Ideas dolorosas y perversas que huyeron como hojas otoñales al descubrir que esa mujer era ella misma, con su misma cara, con su mismo cuerpo e idéntica postura salvo que su figura tendida se hallaba envuelta en llamaradas violetas como si una frazada etérea que iba del púrpura al malva le arropara.

No supo cómo le vino el fulgurante deseo de formar parte de ese ser recostado que hacía su semejanza y al abrir los ojos, a la luz cegadora y doliente, supo que lo había conseguido. Ha sido un sueño, asumió, y aun así guardaría el secreto no fuera a  llegar a oídos de la Inquisición.  

Fue entonces, al desperezarse, cuando encontró a sus hombres despiertos deseándole mayor descanso por su visible agitación y agradeciéndole la comida preparada en aquella noche. 

3 de diciembre de 2012

Ut queant laxis



Caen hojas en el carril bici convirtiéndolo en un pentagrama de colores. Una inaudible sinfonía otoñal donde el Do sería la hoja amarilla de la catalpa, Fa la cobriza del plátano y Sí, la trémula escama del granado. 
Música recompuesta a cada momento con nuevas anotaciones, nuevas claves que el viento y los árboles distribuyen.
¿No escucháis su melodía?
Parsimoniosas gotas deslizándose en un tobogán abandonado. Un pescador entumecido con el fresco.
La tímida lluvia diseña charcos donde tiene costumbre y las oquedades aman esa agua pues entienden que es parte de un cielo soñado.