31 de diciembre de 2009

13 de diciembre de 2009

El amor de Amadou y el santo cojinete

Amadou es barrendero, tímido y negro. También está enamorado y se cree idiota. Muy idiota. Cómo explicar que entregue su corazón a una chica desconocida con la que comparte veinte minutos de autobús diarios. Cuando era niño y vivía en África el viento levantó una tormenta de arena que desdibujó los caminos y casi entierra la aldea. Entonces le preguntó al sabio anciano la manera de detenerla y éste le respondió que no la había, solamente quedaba esperar que su fuerza se calmase. Amadou cree que lo que siente es tan imparable como esos vendavales del desierto que modifican el paisaje. No queda más que aguardar que expire la última ráfaga y que la mañana en la que amanezca vacío de amor todavía pueda reconocerse.

Pilar es menuda, pálida y medio hippie. No odia a los hombres si bien está hasta las narices de ellos: son iguales, no merecen el mínimo esfuerzo, dice. Un desengaño le llevó a esta conclusión. Tiene su mundo limitado - su trabajo – y la mirada infinita de los que disfrutan con la lectura. El sol al despuntar cada madrugada la encuentra abriendo un libro en el autobús, embebida en letras sin sospechar que unos ojos muy blancos unidos a un rostro muy oscuro están más embebidos en ella.

Él se enoja. El sentimiento le tiene en un vaivén emocional y le empuja a hacer cosas ridículas como bajarse dos paradas más tarde, empaparse de colonia y comprarse los mismos libros. Alguna vez coincidieron al bajarse. Entonces se miran y él abandona la barra de aluminio en la que se refugia como un avestruz acechado para cederle el paso y ella masculla un desinteresado gracias. Esa es la apariencia, en realidad Pilar piensa “pedazo negraco, qué bueno está y qué educado es, lástima que apeste a pachuli”.

Se suceden las claridades y las tinieblas al ritmo del diapasón del tiempo, se suceden estaciones y autobuses. Amadou atento desde el fondo: los cambios de libros, lo absorta que se queda, la alegría de los mechones de su su cabello que cambian de color para cantar a la vida y, a veces, revelan una nuca tan blanca y frágil que lo estremecen. Ya estoy olvidando, se dice.

Y llegó aquel día espantoso de lluvia, y la bendita avería, el santo cojinete que revienta y detiene las ruedas con sonido de leña triturada. El conductor asegurando que no puede continuar, las gotas persiguiéndose por las ventanillas, los ocupantes llamando a sus oficinas por la demora y Pilar que pide salir pero se detiene ante la puerta abierta. Amadou se adelanta para pisar sin miedo el enorme charco y ofrecerle las manos, ella se deja y lo que intuía que era ayuda para un salto se convierte en una suspensión, un vuelo que con su paraguas abierto le hacen sentirse Mary Poppins agarrada por un titán.

Se cierra la puerta, la chica sonríe retomando el paseo a su oficina, el chico no la sigue. Al volverse es la perfecta representación del abandono, el agua calándole, los zapatos en el charco, la vista gacha. Desanda sus pasos y le ofrece el amparo de su sombrilla. Caminan juntos, al poco ella se cansa del brazo en alto: la postura para cubrirle le asemeja a la Estatua de la Libertad. Minutos más tarde Amadou lleva el arco-iris en la cabeza, en su mano el mango y en su mente los vientos del desierto que todo lo cambian. Ella le toma del codo pensando en la fortuna de las piezas que se rompen.

Esa mañana no acuden al trabajo. No en vano el autobús se averió.

11 de diciembre de 2009

Rosa en diciembre, espina en mayo

Calas

Esta foto es una aberración, una imagen fantasma. No puede entenderse de otra manera la concurrencia en una diagonal del letárgico mundo otoñal y en otra del naciente verde de la primavera. ¿Cual está fuera de sitio? Como fue tomada este diciembre en un paraje de clima continental podemos afirmar que es la planta verde, una cala (del gr. kalos, bonito). Ésta, debiera estar exangüe, resiste mal los fríos.

Hace pocos días un hombre de campo al contemplar una perfecta flor sentenció "rosa en diciembre, espina en mayo". Quería decirme que el frío vendrá más tarde: cuando no debe y hace daño. El refrán esconde toda una filosofía mediante la cual la naturaleza tiene sus propios mecanismo de aclimatación y regulación, algo en lo que estaba de acuerdo hasta la irrupción del ser humano en el clima.

Decía W. Benjamín que el refrán era el jeroglífico de un cuento. Más allá de la belleza del colorido me invade el desconcierto de que esta vez la máxima fuera una errática profecía que se tradujera no tanto en un cuento de terror como en uno de suspense donde el frío no llegue y las plantas o cultivos pierdan su ciclo definido.

6 de diciembre de 2009

Noche en el fin del mundo

Finisterre

El brazo le dolía con intensidad cuando llegó al fin del mundo. En el roquedal salino que comenzaba al expirar las aguas destacaba un promontorio desde donde en días claros se avistaban los atroces monstruos del Mare Tenebrosum. Allí rezó una oración por su padre y durante unos minutos regresó el recuerdo de Astorga, la enfermedad, la promesa de llegar a Santiago y la tumba a los pies del Teleno. El vocerío de unos peregrinos le sacaron del ensimismamiento, se conminaban a reconocer entre los olores salitrados la peste a azufre de una serpiente marina que soltó su fumarola cerca de la costa. Algunos llevaban en el pecho una concha de vieira que certificara que había cubierto el camino.

Una ráfaga gélida llevó la convulsión a las nubes cenicientas. Al anochecer le llegó el velo translúcido de la lluvia y el muchacho comprobó que se quedaba solo en el paraje. Sin miedo y exhausto busco cobijo bajo un carro destartalado y colgó del eje su zurrón y en los rotos radios por donde flagelaban las gotas extendió su carcomida pelliza. Unas raíces de heno como flácidos tentáculos del mundo silvestre le rozaron la cara. Eran semillas humedecidas y encajadas en fisuras de la madera. Encorvado en ese improvisado techo dispuso sus viandas: dos manzanas, tocino reseco, un mendrugo y cortezas que un lejano día fijaron el límite de un queso. Reservó la fruta y dio buena cuenta del resto.

Se extendió barro en las picaduras del antebrazo y tomó del suspendido zurrón el lienzo pegadizo por el que las había recibido. Apartó la cera y se resguardó por completo bajo la frazada. Pese a que afuera el mundo parecía acabarse, más por el fragor del cielo que por aposentarse en la frontera de la tierra, se sentía seguro bajo ese carro y esa manta como si le resguardaran de las inquietudes del mismo modo en que lo hacían del temporal y de las densas aguas del mar último.

Rememoró los tonos alegres de la chirimía, la extrañeza del vuelo de las aves en esos confines pues lo hacían con el mismo despreocupado afán de su lejano Flandes, el propósito de acompañar a algún trashumante por el camino que llamaban de la plata que le conduciría a unas tierras donde le afirmaron que el sol rara vez se oculta y la simiente se vuelve espiga en dos meses. El sueño mezcló los pensamientos y acabó desvaneciéndole la razón.

Otra vez las criaturas marinas quedaron sin salir esa noche y la nueva claridad que llegó a la anegada costa encontró al muchacho oculto y rígido, con un paño de miel de beleño en la boca.

7 de noviembre de 2009

Apunte de tiempo estéril

Atardecer con tormenta

Un amago de tormenta que lava el aire. Nubes negras que dejan un leve olor a mojado, a caña seca de maíz y ozono reprimido. Tierra que recupera de inmediato la sed, hojas de álamo perdiendo con el amarillo la última savia. El viento cabeceando las copas cada vez más despobladas, llevando a la libertad y a la muerte a la hojarasca, estremeciendo los elementos fijos: batiendo cristales en su presidio helado, señales de tráfico en balanceo, toldos que se hinchan imaginando, acaso, historias de gloria marinera. Botones abrochándose, lamentaciones por abrigos olvidados.

El viejo otoño archivando la vida fatigada, escondiéndola a la primavera que la encontrará - siempre lo hace - y jugará con ella como algo nuevo, como la vez primera en el génesis de los tiempos, sin que sepamos nunca si lo hace por desmemoria o por contemplación de su tierna criatura.

20 de octubre de 2009

CASTAÑAS Y UVAS

Castañas gallegas

Soy una castaña, dijo el pequeño tras darle una lametada a su helado de trufa, una castaña dura y grande.

- Las castañas son para el otoño; ahora no las hay y si las hubiera tendrían gusanos, respondió la madre.

Al volver a casa el pequeño se acomodó en la sombreada esquina de las aspidistras y terminó de zamparse el cucurucho diciendo.

- Esto último para el gusano.

Uvas portuguesas

"Tomo la uva de los labios de mi novio, no vendimio bocas ajenas."

Cincuenta años más tarde aún quedaban energías en el anciano para reconcomerse con aquella frase arrojada por una pueblerina a la que acosaba con coplillas y encuentros que pretendían ser casuales.

Al cabo, pensaba, el desengaño me sirvió para tener más tacto y tratar de igual a las mujeres. Lo que no perdono a aquella muchacha es que desde entonces al ver un racimo no imagine otra cosa que un grupo de labios colgando.

12 de octubre de 2009

Rosebud

Nieva en la antesala de la muerte. El poderoso dice “Rosebud” y su mano deja caer la esfera de cristal que se rompe escalones abajo. Expira. Sus sirvientes intentan encontrar el significado de tan misteriosa palabra. Así comienza una de las mejores películas, Ciudadano Kane. En su transcurso descrubriremos todo lo abyecto e influyente que era el personaje inspirado en el magnate William Randolph Hearst, y, si estamos atentos, comprobaremos que Rosebud era el nombre del trineo con el que jugaba en su niñez.

El hombre que todo lo tuvo, frente a la muerte, rememora el nombre de su trineo como el trono perdido de la niñez, el espacio de tiempo donde se quedaron sus sueños pues cuando todo se tiene o todo se puede comprar no se sueña con nada.

No hace falta ser poderoso o rico, también los problemas cotidianos se solapan al mundo puro de lo onírico enflaqueciéndolo, comiéndole el terreno. Son diversas las inquietudes laborales que atan de cadenas mis sueños. No quiero perderlos baja la cenicienta patina de las preocupaciones, quiero intentar decir “Rosebud” en vida, ahora.

Es obvio que en mi caso, el atajo a ese mundo no es un trineo, es un bosque, con eso me basta. Incluso con la frondosa copa de un solitario árbol.

23 de septiembre de 2009

Laika y Lican

El perro Lican tiene un cartero dentro. Sólo de esta manera me explico su mirar confuso como de enredarse con códigos postales y efectos timbrados.

Laika, como la ilustre predecesora, parecía haber venido a este mundo para sufrir la crueldad humana, así lo atestiguan las cicatrices de su cuerpo. A ella me resulta más difícil adscribirle un humano aunque, por lo dicho, no debe estar lejos de una mujer maltratada. Laika, tuvo la fortuna de encontrar a otros dueños, Lish y Lou, infinitamente mejores que le presentaron a Lican. Ahora viven juntos en una granja y tienen por compañeros a muchos animales más, entre ellos al gatito de la entrada anterior.

Esta es la historia de su amor y su progenie. Por una vez, sin que sirva de precedente,  las fotos no están retocadas y ocultan mensajes si pasan el ratón por ellas.

Laika fatigada por su preñez. Lican impresionándola.
La playa tenía muchos restos de algas de ahí su color. La última foto de Laika antes del parto.
Diez, fueron diez, esta es nada más que la primera hornada y eso que Lican sólo tiene un testículo. Venir al mundo para competir, una pena.
Apoyo a los más retrasados que esto es un Estado Social. Mira que son feos pero de tan tiernos hasta pasan por guapos.

17 de septiembre de 2009

La rata sin cabeza

Sé querido minino que la rata descabezada que me ofreces quién sabe si como despedida vacacional o como presente por el tercer aniversario del blog, lleva emparejado el esfuerzo de su captura y como tal aprecio tu original detalle. Espero disculpes mis reticencias a participar en tan suculento festín pues me disuaden las moscas verdes que peregrinan a su panza y los escrúpulos culinarios que los humanos acumulamos de unos siglos a esta parte.

Déjame hacerte una foto a ti y no a la decapitada,  que deberé enterrar con mucho asco para que no te la zampes, como recuerdo de vacaciones, en especial, por aquel atardecer que me acompañaste al trigal para recoger almendras e higos mientras nos llegaba la brisa marina.

Por último, puede saberse en qué lugar pusiste su cabeza.

Oh, mejor no quiero imaginarlo.

--

Foto propia y ampliable, como todas.

2 de septiembre de 2009

El libro del calabozo

 

Muy bien podemos irnos a la casi despoblada comarca del Matarraña, a Mazaleón y una vez allí visitar la cárcel del pueblo, anexa al consistorio, conservada con escasas modificaciones desde el XVII. Si así hiciéramos, veríamos espantados el calabozo subterráneo, excavado en roca, donde los reclusos permanecían encadenados, a un cepo que se conserva intacto, entre la oscuridad y el silencio más absolutos.

La planta superior alberga una celda donde los rigores de la Inquisición y la Justicia fueron menos severos. En ella existe un panel de siete metros repleto de viejas inscripciones de sus moradores, una caótica amalgama de garabatos. Toscos grabados de arcabuces, dagas, barcos o manos: sueños de convictos.

Uno de ellos intenta representar un libro abierto. La poca pericia y la ramplona herramienta hicieron que pareciera más una golondrina batiendo alas, bella metáfora carcelaria. Otro grabado, mejor rematado, nos presenta un libro anónimo, el Quijote, la Biblia o la Pepa. Cualquiera. Todos.

A falta de más datos he convenido que la persona que lo dibujó era un preso político sediento de letras y que esos torpes trazos, escondidos en una comarca aragonesa, son el más puro y sufrido homenaje al mundo del libro y a los que disfrutamos con la lectura.

--

Foto propia, puerta de mazmorra, se puede ampliar.

15 de agosto de 2009

La rosa mística

Cuando el peregrino abandonó el pueblo, se llevó consigo el olor de las rosas.

Alcanzó nuestra abadía una brumosa mañana. Venía de Flandes, con sus magras carnes y su andar rengo, guardaba el cabello crespo y el mirar verde de musgo seco. Le hacía mañas a la alquimia y al cincel. Solicitó fonda y sustento unas semanas, a cambio se ofrecía a tallar una rosa mística en un capitel de piedra. Sería un cirio de amor permanente por Nuestra Señora. El abad rechazó el ofrecimiento alegando su deseo de no contrariar al tallador principal; aunque en la abadía, sabíamos que pesó más su recelo por la nueva corriente que representaba de esta forma a María.

Tuvimos el añadido infortunio de que el caminante fuera encomendado al racionero, de conocida tacañería que regateándole los mendrugos, lo mantuvo con avena y agua como si fuera jumento y no una criatura de Dios.

Dos días más tarde, apenas recuperado de las llagas, emprendió su peregrinaje. Educado pero con gesto adusto, casi solemne, se despidió de nosotros lanzando una última plegaria al cielo, portaba un zurrón que exhalaba una singular fragancia.

Tras su partida el jardinero nos alertó que las rosas tenían la color desvaída y el tacto rugoso de pergamino reseco. No tenían aroma ni maneras de vegetal. Aguardamos a los nuevos capullos por si estas habían sido dañadas por un gélido viento del norte o una repentina helada, mas desde aquel entonces crecieron como material inerte.

Han pasado cinco años. Nuestro anterior abad recibió cristiana sepultura y un compañero ocupa ahora su cargo. Ordenó pintar rosas místicas en honor a la Virgen Santísima en el artesonado del claustro. Hemos traído vástagos de Roma y esquejes de Valencia, han realizado variados injertos los mejores jardineros, pero año tras año hemos criado descoloridas rosas, apagadas velas de amor, mustias señales de devoción.

Cada mañana tras el oficio de maitines oteamos el camino a Santiago. Anhelantes y deseosos, suplicamos el retorno del peregrino que porta un zurrón con la fragancia de nuestras rosas dentro.

Publicada en La tierra de los árboles el13.12.2006. En breve, por las vacaciones, espera Santiago de Compostela y quise rescatar este escrito que siempre fue de mis preferidos. Agradezco a todos los que es su momento me comentaron. La imagen es de Frondosidad.

8 de agosto de 2009

La vocación de los girasoles

Girasoles con fondo desaturado El mundo vegetal sabe que los girasoles quieren ser estrellas. Como son miopes imitan al astro más cercano esparciendo su forma y color por unos campos que consideran el firmamento.

Las malas hierbas se ríen a su costa, conocen la futilidad de su empeño, la fugacidad de una belleza que sirve para atraer cuervos.

Mas, los días de tormenta cuando el cielo enlutado brama o el otoño extiende brumas eternas, vuelven a mirarlos. Entonces, los ajados girasoles perseveran en amarillos y, las asustadas malas hierbas, creen reconocer vestigios de un remoto fulgor.

 

Campo de girasoles

--

Fotos propias y libres. (1200 x 900 Px).

5 de agosto de 2009

LA FUENTE DEL PASADO

Las abundantes nieves esparcidas por la montaña revivieron ocultos manantiales que llenaron toda Escadia del rumor del agua fresca que se ofrece. Por profundos capilares, de un subterráneo mundo de roca, llegó la vida a un venero inédito que brotó a la sombra de un frondoso castaño como si quisiera tapar su emergencia con el disimulo de la penumbra.

Hasta ahí llegó un enjuto caminante dispuesto a saciar su sed. Se dio un trago largo, empapó su nuca y al alzar la vista razonó confuso. ¿No viné por un camino amplio donde en ese instante se quiebra una senda, no quedaba la fuente junto a un árbol que no está, no desparramaba el pueblo sus casitas blancas por el valle donde ahora las veo ocres de adobe y caña?

Hizo con sus palmas un cuenco y bebió de nuevo. Le alcanzó el aliento gélido de un tiempo sepultado. Apartó la maleza escarchada para ver hordas de cazadores desnudos aullando salvajes en la caza del mamut mientras manadas de uros se desperdigaban por el horizonte. El caminante creía soñar. ¿Qué mejor que el agua para regresar a su cotidianidad?

El tercer trago le despertó en un tiempo anterior a lo animal. Se aguzaron los perfiles de las montañas que bufaban fieras al cielo naranja desparramando lava y lascas. Temblaba un suelo falto de memoria. Todo era nuevo o viejo, en cualquier caso distinto. Quedaban el manantial y él a su lado. Evocaciones de otra era. La curiosidad fue ganándole terreno al miedo. "Tal vez esté atrapado pero mis ojos son los primeros en ver esta grandeza. Quién sabe, otro trago más y podré pasar la noche en la tectonia".

--

¿Algo da más sed que el conocimiento? Foto propia.

26 de julio de 2009

Gripe A H1N1 y mi escritura

P8030061

Hace una semana exacta tuve fiebre y escribí “en sus profundidades el lago acuna un ángel vencido”, el comienzo de Amatitlán negro. Horas más tarde mi malestar se materializó, con casi cuarenta grados de fiebre, en los habituales síntomas de una gripe. Nos diagnosticaron, a Nahuyaca y a mí, Gripe A H1N1 y nos obligaron a la baja laboral por motivos de salud pública más que por gravedad; y, también, al aislamiento en nuestra casa. No entraré a objetar para qué sirven ya esas medidas pero sí subrayaré que les hicimos escrupulosamente caso.

La superamos bien, como una gripe menor y singular. Desde el viernes ambos tenemos el alta médica.

Me resulta difícil averiguar ahora si me hubiera atrevido a escribir un texto tan largo y sombrío, para este medio, sin el empuje de la enfermedad. Es complicado averiguar que parte fue estructurada con orden y que otra fue soñada o fruto del delirio febril.

En cualquier caso, el paso fue dado.

Hago una pausa breve en las publicaciones y abro de nuevo la ventana de mi espacio para que regrese el aire puro. También me pongo a leerles, gracias.

AMATITLÁN NEGRO IV (FINAL)

7
A Sarrión le recibió en el Aeropuerto de La Aurora su hermana.
Vos hermano "gutenmorgen".
Tanto gusto hermana, un beso. ¿Vos cómo te atrevés a venir sin mi sobrino?
Estaba como loco por verte pero le castigué, es que no cesa, nos tiene agotados.
Ah, vos siempre tan recta, pobre chico, si lo que necesita es actividad.
Pues todo tuyo, tráelo agótalo, hazme el favor
Ok, déjame dormir esta noche y mañana me lo llevo, me despejará antes del trabajo.
Fueron al parque de atracciones que el IRTRA tenía en Amatitlán. Al ver el lago le punzó el recuerdo de la pobre niña. Alternaron el tiempo con chapoteos en la piscina, bocados a pupusas, y diversas atracciones que no parecían mellar las energías del niño. Al final del día la luz se rindió y del lago vino una vaharada cálida.
De regreso, para entretenerle en el auto le entrego un tren de madera comprado en Alemania. Le prestó poca atención, prefirió hartarse una madeja enorme de algodón de azúcar.
Hermana acá lo tienes, sano y salvo. Ya puedo ir a desmoronarme a casa.
No tan sano, parece que viene herido de guerra, con toda la camisa llena de manchas.
Ah, es verdad, qué descuido, es por el algodón de azúcar, que le ponen mucho colorante.
Una vez en su apartamento, Sarrión sintió una desazón profunda e inexplicable. Intentó distraerse con los periódicos del día: la presentación de un blindaje que resiste los impactos de un AK-47, ayunos y rogativas a Dios para que cesara la violencia.

Al asearse poco antes de dormirse vino la intuición y su malestar se transformó de inmediato en nervios. Supo entonces que ya no dormiría y debía llamar a Larios Garrido.

8

Mi patoja, ¿te acordás de mi?

¿Querés venir conmigo? Tengo regalos.

Mamá dice que no marche con desconocidos.

Hace muy bien mamá pero me conoces, soy tu papá. Probá, es algodón dulce.

Daba luz
9

El padre de la niña fue detenido en una feria de Suchitepequez. No opuso resistencia y lo confesó al verse rodeado. En los interrogatorios gimoteaba por su hija, tenía las manos enllagadas y protegidas por unos guantes quirúrgicos. Por remordimientos se las laceraba. Sarrión imaginaba lo que disfrutarían en Europa los psicólogos forenses con un sujeto como éste. Parece ser que tuvo antecedentes por pederastia pero le lavaron su ficha policial a cambio de una suma. Había visto crecer a su hija en silencio y un día que acabó de trabajar muy tarde tomó chucherías en la feria para abordarla en el camino a la escuela. Decía que iba sin maldad.

Le mandaron a la prisión de Pavón, célebre por tener en su momento un laboratorio de droga, una red de extorsión con escuchas telefónicas y un chalet con jacuzzi para el jefe de los narcos. Sarrión quiso evitar que se suicidara y consiguió un preso de apoyo en su celda. Al día siguiente precisamente el preso de apoyo le asesinó. Le fastidiaba, sabía que sin juicio sería la muerte de un presunto, más le dolía asentirle a Larios Garrido. "¿Crees de verdad que durará tres años en un reclusorio con lo que hizo?"

Tomó un café intenso de Fraijanes el mismo lugar donde estaba la cárcel que tenía el irónico nombre de Granja Modelo de Rehabilitación Pavón; con tanta chusma por allá y tan buen café, la tierra lava culpas, pensaba Sarrión.

Rendido, antes de sentenciar que pensaba tonterías de puro agotamiento, contempló con asombro como aún perduraba la mancha de colorante rosa en su mano derecha, la misma de la camisa de su sobrino, y del aparato gástrico de la niña; el empecinado tinte que resistía un lavado con jabón y las aguas profundas de un lago que no quiso guardar para sí los secretos de un ángel vencido.

--

FINAL. Fotos propias.

24 de julio de 2009

AMATITLAN NEGRO III

5

El caso no podía investigarlo Sarrión. Al pertenecer a otra División fue asignado a Larios Garrido, un inspector bigotudo tan desbordado de trabajo que su mesa parecía un terreno a punto del derrubio.

Sí habló, Sarrión, con D. Aurelio, el médico forense, que le envío el análisis por fax. Por encima de la violencia empleada destacaba un detalle asombroso, el sistema digestivo de la niña estaba impregnado de una sustancia de un rosa vivo, un fucsia que ni siquiera el agua del Amatitlan pudo lavar del todo. D. Aurelio desconocía que clase de tinte pudo provocarlo pero no debió ser nada irritante dado que el estómago no estaba abrasado.

También accedió Sarrión a la somera investigación de Larios Garrido. Zonas comunes del dolor, una colonia de infraviviendas, una madre maquiladora a tiempo parcial, un padre que trabajaba en una feria y las abandonó cuando la niña tenía cuatro años, un padrastro albañil que le dio dos hermanas más y que también acabó dejándolas.

No se investigó el motivo de los tres días de retraso en denunciar la ausencia. No se interrogaron a los amigos de la madre, ni a los compañeros de escuela de la niña. Tampoco existían registros de pederastas ni se comprobó si por las inmediaciones había sido visto alguno.

Eludió enfrentarse a Larios Garrido, entendía que cada noche se le llenaba la morgue a la vez que sus ojeras ennegrecían y se amontonaban los papeles en su mesa.

La impunidad andaba suelta llevando su propio negocio por encima de la vida.

Cuervos

6

Por la escasez de medios y cierta desidia generalizada el expediente de la niña del lago fue acumulando polvo. Otro cadáver olvidado entre pliegos, entrevista vacuas y fotos destinadas a desvairse con los años. Lo que más irritaba a Sarrión era el mecanismo justificador entre la población, incluso en la Comisaría escucho decir que la niña había muerto por algún asunto sucio del pasado de la madre.

Sarrión siguió a los suyo, finlandeses perdidos en la selva, unas belgas retenidas en una aldea maya y, al final un curso de seis meses en Hannover que esperaba desde hacía tiempo.

Fue al regresar de la ciudad alemana cuando el caso de la niña volvió con fuerza a su memoria.

22 de julio de 2009

AMATITLAN NEGRO II

3
Tal vez el inspector Sarrión hubiera sido otra persona si un miércoles radiante no hubieran encontrado a su madre muerta en una barranquera rodeada de plantas. Quizás su niñez, solitaria y angustiada, le hubiera sentenciado a ser un adulto sin expectativas de no ser por una abuela empeñada en convertir la dolorosa ausencia materna en la belleza latente que podía aparecer hasta en lo más sórdido. Tenés que buscarla siempre, le decía.
Sin saberlo, resultaba que Sarrión, leía poesía para encontrar a su madre. En cualquier caso a sus treinta y seis años seguía sin saber quién era. Esa opinión la tenían mucho más diáfana sus compañeros: Carlos Sarrión era un policía incómodo.
Sus superiores le intentaban mantener lo más alejado posible de sus intereses, muchos de ellos turbios. Siendo Comisario Jefe de la División de Seguridad Turística incordiaba poco: excursionistas perdidos, algún secuestro rápido o una muerte de cuando en cuando le atareaban con papeleos de embajadas bien lejos de los apaños políticos, tratos con los narcos o los sobornos de las maras.
El caso era que a pesar del respeto a su cualificación y al conocimiento detallado del organigrama policial del mundo, importaba muy poco. A sus espaldas, unos y otros, en Guatemala le llamaban gachupín aunque nació en Xelajú y no contaba con españoles hasta el bisabuelo. Y precisamente en España, donde se formó cuatro años en la Academia Especial de la Guardia Civil, le llamaban sudaca - centraca si acaso, afirmaba él -. Allí recibió un trato correcto pero imbuido de un paternalismo necio como si por ser americano hubiera cosas que no alcanzara a entender y necesitara explicaciones más detalladas y lentas.
En esencia, como policía destacaba por ir de frente, por su incomprendida terquedad y el tono tajante que se unía al tuteo y al uso reiterado de tacos - esos sí, decididamente hispanos - al enojarse. Aunque se le iban los ojos tras las mujeres imponentes el hecho de que no tuviera esposa ni amante conocida, que no bebiera ni fumara, que rehusara los favores de las prostitutas y leyera poesía a escondidas les hacía sospechar a sus compañeros que, en el fondo, era un poco hueco.
4
Niebla
Fue entrever el cuerpo lívido de la niña, acurrucado en el barro con erosiones en las ingles y cuello, y comenzar a retirarse la última bruma matutina.
Una neblina anterior al dolor humano que desvaneciendo su mortaja dejo a Sarrión la estampa de una perla partida. Enojado, luego de darle la mano a su amigo se dirigió al policía que había llegado primero.
Vos, ¿tu nombre es?
Miguel García, señor.
Bien, Miguel García, te voy a decir una cosa bien clarita.
Donde veas un muerto no fumas ¿Entendés?
¿Por?
Por imagen y si no tienes aguante te vas a la gran chingada a fumarte el puto cigarro.
--
Fotos propias.

19 de julio de 2009

AMATITLÁN NEGRO I

“Aire...me falta el aire. Miedo...me sobra el miedo para respirar”.

Bohemia suburbana.

1

En sus profundidades el lago acuna un ángel vencido. El mecimiento que debiera seguir el eterno compás de las algas se rompe por la impericia de unas manos. Cuarteadas manos de abandono, hábiles apretando engranajes sin herramientas o chasqueando sus dedos para sostener otro aguardiente y ávidas siempre del secreto de la carne joven pero torpes en extremo cuando, obnubiladas por los escrúpulos de la conciencia, intentan fijar un nudo a una roca que lleve al sueño eterno, al vaivén profundo de las talofitas, al cuerpo que quebraron.

Libre de ataduras el ángel emerge a la superficie para desvelar al brillo de un sol que nace el rostro puro de una niña de nueve años. Durante unas horas el lago se niega a entregarla, una última danza se sostiene antes del frío acero forense, del estupor y las lágrimas, del oscuro silencio de tumba. Encallada entre juncos es descubierta por una perra. Su dueño, despavorido, al tercer intento, atina el número de su amigo.

2

El inspector Sarrión estaba de pésimo humor. Su jefe se rió de él, ya que comprás un libro, le dijo burlón, fíjate que esté abarrotado de letras para no malgastar plata. Juró nunca más llevarse un libro de poesía al trabajo. Intentó servirse un café cuando el celular vibró en su chaqueta.

Aló Carlos, soy Pérez el del... Sí, Luis, te conozco. ¿Qué pasa, estás apurado? Paseaba a Pimienta por el lago Amatitlan y hemos visto una niña muerta. Tranquilo, tranquilo. ¿Cómo estás, dónde? Asustado del carajo, pero bien. En la entrada del Mayan Golf, tengo el carro. Voy, no toques nada.

Carlos Sarrión condujo el vaso a los labios. En ese momento comprobó que no le dio tiempo a llenarlo. Inspiró, resopló y mientras buscaba las llaves del auto ordenó que llevaran el vehículo policial más cercano al Mayan Golf.

(Continuará)

--

Foto propia. Dedicado a todos los que se pasan por aquí a pesar de mi anarquía.

12 de julio de 2009

Imágenes que iban a ser descartadas

Cuando uno carece de tiempo y ganas para escribir es cuando vienen las mejores ideas. Tengo algunos escritos adelantados pero prefiero dejarles macerar tal vez  para variar un verbo, cambiar una situación o encuadrarlos en textos más largos que el cuerpo me va pidiendo; o tal vez, para dejarlos dormir para siempre.

Con las imágenes me sucede lo mismo. Tenía muchas descartadas, o preparadas para eliminarlas a la primera de cambio, cuando pensé que quizás mereciera la pena subirlas para que dispongan libremente de ellas si les interesa y como mejor les convenga, que sobre gustos y oportunidades no hay nada escrito.  He colocado mensajes en ellas. Los descubrirán dejando un segundo el ratón sin hacer click.

La avispa equivocada, salió al aire libre cos las primeras ráfagas invernales. Esta abeja fue una excelente modelo
Yo quería fotografiar el magnolio pero la luna vino muy deprisa y ...Lástima que no tenía trípode. Pericles, una estatua escondida de un jardín. Efecto vintage.
A diario corro por este lugar. Detrás de él hay unos bambús enormes. El rocío de la mañana lava la cara de unas florecillas de ras de suelo.
Un señor descansando y bostezando sobre su bastón. Es muy duro esto del turismo. La Misi acechando. Increible esta gata.
Amago de tormenta. Patos y sauce.
Cosechadora y picabueyes (tragan topitos que salen del maíz). Al fondo el otoño de los plátanos. Casa para cobijo de aceituneros en Jaén.

5 de julio de 2009

El universo elegante

Una potente explosión de tecnecio viste de plata a una lejana estrella. Contra toda lógica el astro abandona el centro de nuestra galaxia y se hace vagabunda e imprecisa. Ningún científico advierte el cambio.

Despierto, el niño aún suspira estremecido por una pesadilla que, por primera vez, no contará a su madre. En sus sueños aparecía el hombre calcinado del auto que ayer vio en televisión. Su mamá siempre cambia de canal cuando intuye algo lúgubre pero ayer no pudo, bajaba la basura.

Horas más tarde, están los tres en el río. Mamá toma el sol y él pesca con Papá. Pescar es un decir. Nunca atrapan nada. Sostienen la caña y espantan los mosquitos. Se divierte. Sabe que Papá se enfadará y dirá "cómo es posible cuando era niño los peces se atrapaban con las manos". Después come tortilla, le da al balón y reúne bellotas de una encina a la que pudo trepar. La primera penumbra anima el canto de los grillos.

De regreso a casa, mientras padre conduce y le creen dormido en la sillita de atrás, observa el firmamento. Regresa la imagen borrosa del señor quemado. Ya no le tiene tanto miedo; más bien comienza a darle pena. ¿Son cosas cómo éstas por las que le dicen que no crezca?

En el mismo momento en que viene el sueño le alcanza el fulgor de una estrella errante que juega con él al escondite. Ocultándose y apareciendo entre pinares y lomas de un paisaje variable, entregándolo al sueño con un juego de guiños y resplandores.

--

La foto como siempre propia.

20 de junio de 2009

Los amantes de Mallorca

"La luna resplandecía líquida en las aguas mansas del Mediterráneo. Los amantes se citaban entre las olas. Se bañaban desnudos jugando e imaginando que la mar era una placenta salina. Ella era hija de un pescador y tenía los ojos verdes; él, un norteamericano vigoroso que la introdujo a los salutíferos baños nocturnos. Cada noche se encontraban a escondidas. Así los describe Anaïs Nin en su cuento Mallorca."

Frida es una locuaz alemana jubilada que tiene la cara roja por el sol. Nos narra la historia de los amantes paseando descalzos por la playa.

- Entonces tiene un final feliz, afirmo.

- Sí, contesta, pero mueren.

- ¿Qué?

"Anaïs debió conocerlos y los dejó amándose en las arenas. El 21 de septiembre de 1942, con ella ya fuera de la isla apareció una nota luctuosa en el Correo de Mallorca: unos jóvenes aparecieron ahogados en la cala de Deyá. La noticia la asoció la escritora Carme Riera."

- ¿Qué les pudo pasar?

"Tal vez un golpe de mar como dice la escueta noticia pero existe un extraño silencio encubridor, como si la mojigata España de entonces no quisiera dar más detalles, quién sabe si para no avergonzar a la familia o espantar al turismo. Yo quiero creer que fueron descubiertos y prefirieron ocultarse juntos en la profundidad antes de ser reprendidos o avergonzados."

Frida cambia de tema, narra a Nahuyaca algo acerca de un agricultor mallorquín - Andreu creo escuchar - que le gusta pero no se entera "el tio éste, los hombres no se dan cuenta". Dejo de prestar atención.

Miro el mar e imagino un inmenso líquido amniótico que arropa en su seno tantos misterios e historias. Ahora uno fue arrebatado al celo encubridor de las algas, a las profundas e inhóspitas corrientes de donde venimos.

--

Fotografía propia.

1 de junio de 2009

Las letras indultadas

Las letras indultadas

Desde Andalucía tecleo el apellido de su exnovia en un buscador de Internet. El impulso masoquista le llevó a un tablón donde un grupo de personas buscaba amistad basándose en afinidades. Ninguna compartía con la persona que tenía idéntico apellido a su ex; sin embargo coincidía con una chica guatemalteca en el aprecio por la civilizaciones extrañas y el deporte.

La palabra hablada deja una huella liviana pues tiene alas, se desvanece o la memoria la trastoca. La palabra escrita pesa y puede perforar hasta lo más profundo de tu ser para hacerse elixir o veneno”

Los primeros correos electrónicos entre ambos derivaron de las maravillas mayas hacia unas confidencias que sanarían las heridas mutuas de sus relaciones anteriores. Con los meses el torrente de mensajes cuajó en un corto viaje y un encuentro por las empedradas calles de Toledo. Se besaron entre sinagogas, casas cristianas y barrios árabes como si lo que nacía entre ellos subvirtiera el afán de separar la humanidad. Después quedó el dolor, el regreso a los nueve mil kilómetros de separación y la promesa.

Tres meses más tarde la cumplieron. Los temores del inicio, la dura adaptación a una nueva realidad se resolvió años más tarde con un “sí quiero” cuando las adelfas prendían de vivos colores Sierra Morena.

Una década más tarde permanecen unidos, fiel a la promesa toledana, alimentando a diario su chispa. Diez años no es mucho para una relación pero sí para una computadora.

¿Qué hacer con ese viejo ordenador que inició la búsqueda, con el que se escribieron los mensajes? No funciona ni queda espacio en la casa que comparten.

El muchacho se deshizo de él salvando cuatro teclas que guarda en su mesita de noche. Letras indultadas que definen el sentimiento que les une, las que forman la palabra necesaria. La esencia. El remedio.

“Sé de reflejos que deslumbran al alma, de sonrisas femeninas que son la única materia nutricia que un hombre busca hasta el final de sus días”.

--

Foto propia.

26 de mayo de 2009

El beso de la amapola

- Besaba como las amapolas.

Era un setentón soñador, desaliñado y dulce que dejaba un aire de tristeza por donde pisaba. - Verá usted, D. Tomás, es que las amapolas no besan, repliqué. - Eso es porque nunca pasó las yemas de sus dedos entre ellas una mañana de mayo. - Será, asentí.

Cuando oficié su boda, hará un par de años, estaba en los rumores del pueblo: el viejo solterón, se casaba con la señorita, cuarenta años menor, que le cuidaba desde hacía meses. Se puso el grito en el cielo, se escucharon acusaciones severas para ambos y hasta aparecieron familiares lejanos que protestaron por el menoscabo de una hipotética herencia. Por ese motivo se casaron en el juzgado.

- Aquí tiene, Don Tomás, firme aquí. - ¿Si firmo ya estaré divorciado? - Así es.

Firmó musitando algo que no entendí y se marchó, entornando suave la puerta. Me llegó una languidez insólita.

- Qué pena de hombre, le dije a mi asistente.

- Ya, ya, le han desplumado treinta mil euros, un viñedo y el piso de Torrevieja. ¡Joder con el beso de la amapola, debe ser tóxico!

--

Tengo excedentes de fotos de amapolas tomadas los últimos días, aquí os dejo unas pocas por si queréis ampliarlas o llevároslas.

Amapola del soto

Amapola del Jardín de la Isla

Amapolas del nieves

Entrada a Aranjuez

Barbecho en San Martín 2