30 de diciembre de 2013

La promesa



Un bosque de abetos rodeando un prado de intenso verde. En la hierba un hombre ungiéndose en una lluvia parsimoniosa. De su rostro de tapiz arrugado resbalan gotas que enlentecen su descenso al llegar a su barba cana. Tiende sus brazos al cielo, abre las palmas acariciando el agua. Queda así largo tiempo.

Sin un caminante desde el camino curvo le viera en la lejanía le parecía un excéntrico o, si acaso, un demente de un pueblo extraviado en el mapa.

Sin embargo ese hombre tiene un pasado, un cuerpo enjuto cincelado en la sombra de una cárcel.

Una condena por lo que no hizo.

Una promesa incumplida.

Un amor perdido.

Hay lágrimas que le parecen lluvia y salpicaduras de nubes que tomaría por lágrimas.

- Qué sencillo sería - piensa - perderme, arrastrar al alcohol de ágave mi vida, provocar una reyerta, dejarme matar por un insulto o, tal vez, realizar aquí mismo un sortilegio puro, convertirme en árbol; sí, anhelar ese final soñado, concretar tanto estudio, a la luz oscilante de una bujía en un calabozo mísero, en un roble que abriera sus ramas al viento.

- Mas no. Perdí media vida en una injusticia, hagámosle justicia a la otra media.

Una rafaga conmovió un conjunto de hojas caídas que se esparcieron en el heno. Realizó entonces su promesa a la Naturaleza.

- Ni un segundo desaprovechado más, no existirá el cansancio, no habrá tolerancia ante la maldad, hostigaré a la mentira hasta recluirla en la boca de donde sale y coseré allí aquellos labios con hilo de cáñamo; que se aporte mi salud, mi conocimiento, lo que me reste de mi vida y mi calor en hacerte justicia alma mía.

31 de octubre de 2013

LÁMPARA DE SIMPATÍA



Para iluminarse,  Kvothe,  colocó la lámpara de simpatía sobre la mesa junto a unas gazanias y unos pétalos de flor de almendro descendidos  por la tormenta. Se desvistió sobre la capa cerrando antes todos sus bolsillos y, por completo desnudo, cruzó el río.

¿Habría quedado la pesada carga de su vida anterior atrás, tan sencillo sería? Intuía que no pero, en la otra orilla, la aventura comenzaba de nuevo, estaba preparado para las puertas de piedra.

30 de octubre de 2013

Dimorphotecas



No trajo el tiempo alivio alguno, ni reparo a la ausencia, ni consuelo a ese dolor que le nacía dentro de su oquedad torácica y se ramificaba por las articulaciones y empañaba la mirada como un río de aguas turbias que alcanza su desembocadura  en su estado más lóbrego. El tiempo, sí, servía para mudar las vestiduras arbóreas, sucederse las triquiñuelas políticas, para ver crecer a sus nietos adheridos a la vida como si esta no tuviera suficiente munición para  desarbolarlos acompasadamente.


Su único consuelo era el baño en las dimorphotecas, la inmersión en sus colores con los ojos entrecerrados, las manos extendidas entre el aroma acre, la caricia de pétalos en las yemas, recreando un tiempo fugado en su silueta perdida, en su voz suave, en su andar aristocrático, rememorando por unos instantes que el amor le fue concedido.

22 de octubre de 2013

AGRESTE




Cada vez que un anciano sentía próxima la muerte convertía en uno de sus últimos actos la siembra de un árbol en las montañas. Era todo un ritual de despedida para la familia, bebían desde las primeras luces y bailaban hasta caer rendidos al ocaso. El viejo, sentado en algún tronco sin musgo, enfermo y feliz, entregaba a sus descendientes un puñado de tierra y un vaso de agua cristalina, de esa manera quedaba encomendado a ellos el cuidado de ese postrero símbolo de vida, si bien lo habitual era que, con el paso de los años, lo acabaran dejando a la magnanimidad de la naturaleza. 

Aquellos árboles bien criados en las primeras etapas de su vida crecían tupidos en la falda de la montaña, dándose compañía, alfombrando el bosque.

Sin existir norma escrita, los ancianos sin familia sembraban los suyos en las cumbres. No existía ritual, nada se bebía, ninguna música sonaba. Era un acto íntimo con la naturaleza, la entrega de unas plantas a los elementos que las retorcían tanto como a ellos la vida. Adquirían un aspecto asalvajado, como sus rostros estriados. Envolturas de corteza desteñidas por las tormentas, troncos encorvados por el viento, arrugas cuarteadas en una vida de silencio, limosneando palabras.

Acercándote a cualquier pueblo de la comarca de Gertiz te bastaba con ver las cumbres para adivinar la forma de aquella sociedad. Su número de solitarios. 

Mirando cumbres, de un vistazo determinabas, de aquella sociedad, lo agreste.

12 de septiembre de 2013

7


Siete años de blog. 

Altibajos en las publicaciones sobre todo este último año.  
Superados.

Para seguir, es cuestión de adecuar el ritmo, recordar el lúdico espíritu fundador y no autoexigirse tanto.

8 de agosto de 2013

Segóbriga



Hace tiempo que los dioses abandonaron Segóbriga.
Ninguna plegaria, ninguna omnipotencia.
Ni su lloro resbala de las piedras lamidas de agua y sol
Sólo vacío, lamento, olvido: lo que aguarda.
Siquiera, un visitante, siglos más tarde, interpretará confundido
esa ausencia como mágica quietud.



24 de julio de 2013

Nueva baza


Sin saber cómo un día nada más despertar, Rodolmiro Girón, vio su vida del color de los huesos resecos. Las complicaciones se encaramaron a los muros más elevados, los estantes se tornaron más estrechos y en los rincones sólo se apilaba oscuridad y aturdimiento. Los pulmones eran cuero reseco, las piernas flaqueaban, no soportaba las esperas y su espíritu mismo se le distorsionaba ante cualquier mirada o desaire.

La vida se hizo impotencia. 

Al entender que es improbable que esto acontezca de un día para otro se convenció de que, en algún momento, se había dejado perder lo que le dijo padre. “Cuando nacés te dan unos naipes. Así juegues tu baza, así te irá la partida, si le ponés empeño disfrutarás el juego aún con una pareja de doses gastados; ahora, si tenés las mejores cartas y te confías, te tumban a la primera, la cuestión es pasar humilde por la vida, que nadie sepa la mano que tenés y ponerle a todo perseverancia, incluso a la misma perseverancia” 

Rodolmiro Giron miró sus palmas de quebradas y angosturas por donde escapaba el tiempo. 

“He ido de farol tanto, tanto, que olvidé quién soy”. 

Entro a casa y cerró con llave. Regó las plantas. Se desabotonó el penúltimo botón de la camisa. Los zapatos rodaron libres. 

Abrió las ventanas. Se alimentó respirando.

El aire fresco olía a especias y trajo la sensación de que se barajaba de nuevo.

4 de julio de 2013

Alt + Tab




Despierto, en la cama pulso Alt+Tab con el pulgar y el dedo corazón de la mano izquierda. No consigo levantarme. Repito pulsación, con la mano, mentalmente. Nada, no paso a otra cosa como sucede a nivel informático con estas teclas. Me incorporo calado y tembloroso. En la vista un revoltijo de luces embebe las formas. Una glucemia explica todo. Hipoglucemia, con valores inferiores a 50 la mente y la vida se recluye a un mínimo esfuerzo, las palabras son mariposas que escapan al intentar articularlas, los pensamientos enhebran la manera más simple y ridícula de ser ejecutados pero con Alt+Tab no me incorporaré ni iré a la cocina. La vida no la hacen los bytes, la hacen las calorías, las que usan mis pies, mis manos, un poco a tientas en esta mañana que introduce en la casa gorjeos de pájaros jugando y motores lejanos.

Con el tacto me hago con dos cucharaditas de miel de las Hurdes. Escurren por el paladar. Algo de magia aparece en la rapidez con la que uno se recupera.
Cinco minutos más tarde mi pensamiento se hace por completo racional, en la vista se definen los perfiles de las cosas, aparecen los interruptores, la encimera, las tazas, cesa el sudor frío, los temblores. Miro la miel salvadora. El tío Picho, eso pone y se ve la tosca silueta como de un patriarca gitano. Gracias lejano y misterioso tío Picho. 

Avancemos este jueves. A por otras cosas. Alt+Tab.

22 de junio de 2013

Soy viento


Fui el que ascendiendo el barranco umbroso dio forma a los coscojares, les hice torcerse a mi paso, resquebrajarse para no verme, he sido el que a fuerza de ulular las tardes de invierno llevó al extravío a los animales del páramo y fui, también, el que vi y no pude evitar el crimen, detener la mano gruesa, homicida, acostumbrada a grasa y estiércol, sacudí la arena, la vibré en sus ojos, le ceñí en hojarasca y briznas de hierba seca. Su silueta perfilando la luz del atardecer.

De nada sirvió. Desde entonces el llanto monocorde y neutro de la niña ha quedado enlazado a mí de tal manera que afirman los lugareños que mi forma de trepar este monte y peinar esta tierra envuelve súplicas.

Y ahora me acerco a ti que hollas esta tierra con tu inquietud de animal de caza. ¿No ves nada diferente? ¿No percibes que por aquí no vuelcan su aroma el tomillo, el romero, que el trino de los pájaros no alcanza? Inquiétate animal, husmea,  busca el rastro de la presa agazapada como sabes hacerlo, sin olvidar esa parcela donde la hierba está rala y tiene un vapor diferente, similar y distinto al de tu amo que camina unos pasos atrás suspendiendo la escopeta.

Escarba, ladra, llama la atención humana que a ellos pertenece este desvarío. Horada, saca a dentelladas, con las garras, con los ojos, la tierra, busca esa justicia imposible para ti hasta hacer que aflore la mano infantil como una rosa lívida en el tiempo y azuza tu mirada a la de tu dueño para que se detenga y le afloren los nervios al ver tu descubrimiento, al coger el móvil, al marcar.


Soy tu caricia, dócil animal, te envuelvo con la brisa y oculto los lamentos perdidos, desvanezco el desequilibrio de esta tierra, que la jara huela a jara, el espliego a espliego, que el camino sea recorrido.

Desear al muerto Florencio




Arropada por el espeso manto de la noche, al tiempo que sus vecinos telecinquean, Doña Gertru recoge hierbas urbanas en descampados, en  baldíos, en orificios que plantas nervudas hicieron en el asfalto o el hormigón y, sin la menor idea de botánica o herboristería, prepara menjunjes y ungüentos que experimenta en sí misma.


Vigoroso recetario de bruja descontrolada, que le ha llevado a poderosas colitis, dos lavados de estómago, rozar un coma, y diversas alucinaciones. Anota esos efectos, los combina entre sí y, el mejor de todos, una combinación de ricina y beleño, lo introduce en las rosquillas que acostumbra a regalar al Director General de su banco, el mismo que le habló de las preferentes y de inversiones seguras.


Y, mientras desde la ventana curiosea lo que sucede, recuerda que aquella vez que probó esa mezcolanza virulenta, anduvo alunada y desnuda por el cementerio exigiéndole a su Florencio una resurrección inmediata que saciara su ardiente fogosidad.

21 de junio de 2013

Emotividad


Sólo era la huella impetuosa que le dejaban las cosas. Emotividad decía, pesado fardo para remolcar por este mundo tan feroz. Hacía esfuerzos para que esa sensibilidad no se le fuera a lo mórbido y trabara cualquier esfuerzo mental. Aprendió a llevar su observación a lo, en apariencia, intrascendente pues ahí decía hallar refugio o consuelo. Los colores de un cierto atardecer relevándose, el rugoso tacto de un árbol al abrazarlo, inmutarse con el viento en las mejillas al cerrar los ojos.


Se exigía mucho y por ello había días que daba todo por perdido, periodos de renuncias y abnegaciones, como queriendo hacerse daño, y tantos otros se sentía virtuoso como si esa afectación excesiva fuera también una manera de sorber la vida y de captar su estremecida belleza.

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Gracias a todos los que me comentaron la entrada de mi final, Meme, Max Estrella, Nerim, debatz, Alejandra Sotelo Faderland - por partida doble -, Trini Reina. Viejos amigos. Tal vez con calma las cosas vayan mejor, por eso borré la entrada, simplemente verla me dolía, mis disculpas.

19 de abril de 2013

La inocencia



Aún me alcanza el recuerdo de que una vez tuve menos de cuarenta y siete tacos y las rodillas peladas de jugar por el campo, la delicia del tiempo estirando sus segundos y, en cada uno, agazapadas, mil posibilidades. Planetas nuevos y azules al alcance de la mirada; bajo cada mesa, una cueva o un refugio, las cumbres más altas medían cinco metros y las remataban sacos de abono apilados. 

Aquella infancia feliz fue mi única patria verdadera. Crecer fue adentrarme en el destierro del tiempo y en la evocación nostálgica de esa edad de oro.

En muchos se marchó; en mí, el desencanto y escepticismo amenazan pero aún, profundo, valoro el refulgir de aquella inocencia primera, la que temo perder pues encierra la cautivación, la fortaleza de las ilusiones, el no darse por perdido nunca, la fortuna de una curiosidad intacta y las perspectivas y posibilidades que abre el optimismo.

31 de marzo de 2013

Melancolía

Ahora toca evocar desde la misma cama la caída con imprevista dulzura de la última noche y como los objetos dejaban escapar su particulares sombras que extendidas en la tierra conformaron una única tiniebla.

El canto del río, las miradas contenidas en su curiosidad de los pocos viandantes, las melodías en el auto que parecen alargar sus últimas notas, el ambiente de las plantas en el aire, la crepitación de la leña, las palpitaciones pausadas de los espacios. Todo, viene impregnado de las cosas que acaban y dejan tan sólo regueros de su melancolía.

19 de marzo de 2013

Descabalgado



Tal día como hoy, en la oscuridad y bajo una lluvia pertinaz y sigilosa, mientras disfrutaba regresando del trabajo, mi bicicleta expiró. Desoldó su cambio con la gentileza de no dejarme caer. Llevaba desde la juventud conmigo compartiendo batallas y aventuras, me acompaña desde mi primer salario.

Siento la bicicleta como algo más que un medio de transporte, como una manera de ver el mundo y apreciar la vida misma. Por ello tengo claro que debo reponerla pronto.

Pero de momento quedo descabalgado y algo triste por mi vieja amiga.

3 de marzo de 2013

Un camino sin alma



Influido por las palabras del párroco que afirmaba que el alma de su abuelo ascendería al cielo nada más recibiera sepultura, acudió al entierro pese a que sus padres lo desaconsejaron. La brisa infundía falsa vida a las arboledas que desasían su hojarasca para crepitar bajo los pies de los asistentes y la quietud de la escena era quebrada tan sólo por la salmodia ahogada, por las caras tristes y por los cuerpos balanceando el peso entre las piernas. 

Cuando el féretro bajó, y la tierra le fijo un nuevo hogar, nada ascendió, se aseguró bien, ni alma ni cosa alguna. No preguntó, sabría que le dirían que era imperceptible y cosas similares. ¿Cómo entonces podían estar tan seguros de lo invisible?

Desde aquel momento, con malestar, se le quebró parte de su cándida alma y, años más tarde, siendo ya estudiante universitario, cuando conocía lo que era la glándula pineal y había leído a Descartes, recordaría aquél lejano enterramiento como el inicio de su duda y la fijación sincera de que somos nada más que materia, física y química interactuando, que no habrá mayor trascendencia que el que nuestras obras y nuestro amor fijen en las personas a las que influyamos y que más allá de ese margen sólo reinará el silencio, el vacío, la confusión.



26 de febrero de 2013

Emblemas




Hace un tiempo con una obstinación que no parecía propia me dio por correr a diario. Casi siempre escogía un pequeño pinar que se ubica en la parte más elevada de la ciudad, un terreno tosco, ceñido por un polígono industrial, tan pobre que, a excepción de los pinos, sólo se atreven a enraizar retamas y algunos almendros de fruto amargo.

Hice símbolos de parte de ese recorrido. La forma de una determinada curva, una rama tupida que parecía postiza en ese pino, un raquítico almendro colgando sobre un terraplén… Me animaba a verlos y así a continuar al sentirme agotado.

Han pasado años. El bosquecillo ha sido abandonado por un ayuntamiento que sólo valora la ecología por los votos que proporcione. Volví a disfrutarlo este fin de semana entre un viento serrano que cortaba, he buscado muchos de aquellos emblemas como viejos amigos que conocieran algo mío, disfrutándolos, casi excusándome por ir ahora por otros caminos, por hacer otras cosas.

Foto: Cielo, sol, nido, almendro.

7 de enero de 2013

Grafías




La nieve acariciaba el valle. Eran dos amantes que entrelazan siluetas y velos, formando un solo ser níveo que busca una intimidad despreocupada. 

En las ramas de los árboles aparecían gélidas grafías de silencio.