7 de diciembre de 2015

El beso de Anakin Skywalker y Padme Amidala

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Ella pasea por el planeta de su infancia, se detiene con el escolta junto al pretil de piedra que da a un hermoso lago. En el centro del mismo un isla relumbra. Viste de blanco y tiene la espalda desnuda. De pequeña me bañaba allí, sentir la arena en la piel era de las más bellas sensaciones, dice o algo así. Se miran de manera intensa. Él le acaricia la espalda con las yemas de los dedos, luego el comienzo de la axila. Él la besa y ella corresponde. Y aunque durante unos segundos el silencio en los labios sólo deja percibir el rumor del agua, para la mayoría de los cronistas ahí se forjó el declive galáctico. Y no es tan sólo que algún machista aluda a la coquetería de la piel matizada de arena como un reclamo al roce dorsal, sino que se subvirtieron muchos órdenes con ese beso, el de las clases, reina ella, hijo de esclavo él, los códigos de honor de los Jedi que permiten el afecto y no el amor como si no fueran ambos la continuidad de una cuerda engrasada, la naturaleza de su trabajo ya que entienden que besando se escolta pésimo.

Pero uno no puede creer que ese beso originara tanta destrucción ni tanta guerra en la galaxia, sostener así es como definir la vida como la enfermedad que precede a la muerte y, es más, oponerse a la irrupción del amor y ponerle tanto impedimento a la pasión adolescente crea una represión y una angustia que la absorbe seguro el lado oscuro y destina a la mayor de las tragedias.

Da igual, todo esto sucederá en un tiempo muy muy lejano cuando la memoria de Romeo y Julieta haya sido por completo perdida.

6 de diciembre de 2015

El mordisco mulato

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Xiomara es joven y mulata por eso sólo encuentra trabajo como limpiadora por horas en un Rodicio del extrarradio. La primera vez que acude el encargado, un señor cincuentón con todo fofo menos la mala leche, le explica en qué consistirán sus servicios. Ella ve que en la soledad de las tres horas de madrugada no le dará tiempo a limpiar tanto, pero necesita dinero sin demora y así están los trabajos. El primer día hace su mejor esfuerzo. Lo que más le llama la atención es la cantidad de carne que se esparce por el suelo como si la gente la dejara ahí por algo. Cuando el encargado entra repasa con un trapo por determinados lugares y recibe su primera bronca. Aguardando al autobús, que la llevará a casa mientras amanece, se siente compungida. Esa misma noche, en el local, barre frenética, tira la basura, friega, hace los baños y pasa el trapo con entregada disposición. Da lo mismo, recibe otra bronca y, luego, el encargado cambia de tono, lo vuelve afectuoso y su mano reposa en su hombro quince segundos más de lo debido, estima ella.

Pocos días más tarde lo que se proponía velado es evidente. Tú, niña, sabes hacer feliz a un hombre sin esfuerzo, le dice, impidiendo que retire su mano de la bragueta. El dinero sigue llegando a casa si bien deja de dormir y arreglarse. Por entonces le comenzará el eccema en la espalda y el frío en la sangre. El encargado sigue acosándola, pero le inquieta verla tan distraída estos últimos días. Está ganada, es cuestión de tiempo, no tendrá valor de decir nada, se repite, necesita la pasta.


Xiomara se convierte una noche de sábado a las cuatro de la mañana. Nada más entrar. Una vuelta en los ojos, un sarpullido de escamas y unas breves convulsiones que le hacen arrancarse la ropa. La carne esparcida por el suelo le parece un jugoso obsequio. La deglute sin masticarla. Arrasa la cocina y se enrosca, tras la puerta, adormecida.

Existen diferentes tipos de mordiscos. El alemán, vigoroso técnico y marcial, el zalamero y esquivo italiano, el español que abarca más que hinca. De ser así, definiríamos al mordisco mulato como de retorcida cadencia, dado al astillaje de huesos, al desgarro de miembros, al desmenuzado de caderas.

Cuando a la hora del café encuentran el cuerpo del encargado, la joven que grita siente en su espalda una corriente helada, una vibración de alimaña huyendo y pudiera ser - eso nunca lo dirá a la policía – un resplandor de farolas en unos ojos de saurio.

6 de noviembre de 2015

Jaén

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Tal vez la vida sea quitar la broza que pusimos en el camino. Desandar senderos, regresar a la sencillez del origen. Si así fuera qué poco me cuesta decir que soy de Jaén, zona de batallas que encarnecieron fronteras que se tornaron grotescas. ¿Acaso no lo son todas?

Laberintos urdidos por millones de olivos. Tierra de paso, allí donde el trayecto se hace más importante que el destino.

5 de septiembre de 2015

Cabeza de gamba

Cabeza de gamba

No es común que, en este prado tan alejado, detenga la bici para anudarme los cordones y me observen los ojos de una cabeza de gamba meciéndose en la hierba. Negros, saltones, con una derrota mate en la mirada, la coraza algo seca, un bigote roto, los otros curvados. Cómo llegaste aquí, le digo.

La imagino escapando de la basura aupada por esos vientos atroces que derribaron gigantes arbóreos, caracolear en la nube hasta precipitarse aquí presintiendo que estos serían los corales entre los que acaso pudo refugiarse. Después de la vida esta aventura inesperada. Y la que le espera pues esa hierba es alfalfa que será segada cuando ella sea polvo salobre.

Su sabor aportará un sueño de litoral a un potro que levantara la testuz y en sus ojos se intuirán los reflejos de un mar distante nunca visto.

4 de julio de 2015

Hojas del mismo árbol

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Conoció a la analista de sistemas por indicación su jefe para llevarla al trabajo. Se gustaron nada más verse. De regreso de un día arduo él quiso enseñarle los jardines. Pasearon bajo un cielo de tonalidades malvas. El otoño gastaba sus lápices de colores, de los árboles aún se deslizaban hojas como de cuero. El viento las amontonaba.

- No han tocado la tierra, ni siquiera son materia, pertenecen al mundo del aire y los sueños. Si agarras una antes de tocar el suelo podrás pedir un deseo, dijo.

La vio corretear como una niñita alegre dando grititos persiguiéndolas hasta que se hizo con una que guardó exclamando triunfo.

Al despedirse en las puertas del hotel sus manos quedaron prendidas un tiempo. A él le atrajo los hoyuelos de sus mejillas, a ella la tristeza en sus ojos.

Se separaron allí.

Transita ahora por aquellos espacios que hablan. Cuando agarra una hoja sabe que pertenece al mismo árbol.

Ella ha visitado dos ciudades europeas más y ha desarrollado una aplicación nueva. Desde donde desayuna se ve una bahía brillar. Las gaviotas están paralizadas de frío. Abre un libro. La hoja de arce sirve de marcapáginas. Pasa las yemas por su contorno, “me debes un deseo”, le dice.

25 de junio de 2015

Vendedora de sardinas entre lavandas

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Vendía sardinas que parecían plata en Ponte de Lima. Sus manos hacendosas no paraban, en su mirar fogoso había un recelo del mundo, una desconfianza con las notas tiernas de una infancia sin cariño ni descanso.

La vi tres años. En los sucesivos por la puerta entreabierta resaltaba una báscula de bronce en la penumbra. Bolsas plásticas, el viejo aparador acaparando polvo. Su ausencia.

En las fijaciones de turista todos paseábamos por aquel arco medieval, ascendíamos al torreón y merodeábamos en su portal.

Las lavandas siguieron floreando.

Todo parecido.

Casi.

A mí aquel rincón me pareció desde entonces definitivamente huérfano.

7 de junio de 2015

Avena loca

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Sabemos que la avena no se hizo loca en una tarde y que llegó a la demencia por el sofoco de las lindes. Para loco - piensa ella - ese sol alborotado que les roba sus últimos jugos para treparlos a las nubes y formar lluvias con reminiscencias silvestres: chaparrones de romero y malvavisco, aguaceros de menta y salvia, que caerán a miles de kilómetros y se emboscarán a las mentes lógicas o demasiado ofuscadas y serán, sin embargo, muy perceptibles a los que se absortan mirando la llama de una vela o creen que la realidad es un retazo de sueños por venir.

Sencillo será pensar así que esas gotas colmatadas en el paraguas que forman regueritos fueron una vez la savia que hizo verde a un manojo de avena fatua que un chico vio en uno de sus paseos por Aranjuez.

10 de mayo de 2015

Niños robados

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Gafas de sol, sacarosa de absorción rápida, auriculares y baile de cifras al salir, 41% carga del móvil, glucosa 156, pulsaciones 62. Dejo atrás el kilo de llaves que crea esa quimera de posesión material. ¿Antes no era todo más sencillo? Nada más salir a correr Loreena McKennitt entona Stolen Child. La desgarradora canción se abre y se cierra con unos ladridos buscando al niño robado. Tan reales que oteo no se me venga un chucho. Algo me pulveriza por dentro escuchándola. “Él no escuchará más el mugido de los terneros en las ardientes laderas o de la tetera en la cocina”.

Corro en un mundo que se marchita lento, un camino de espigas doblándose, de pétalos de amapolas acogiendo al sol, estelas de baba de caracol reluciendo como plata en el suelo. Cruzo un polígono industrial para subir al pinar. En la parte más elevada tengo dos árboles, viejos camaradas a los que suelo visitar. Eso me hace recordar la encina gigantesca que me enseñaron mis amigos hace una semana. Amor a primera vista, cómo me conocen.

En el regreso a casa recuerdo que hace diez años, por estos procesos difíciles de explicar, ofrecía el esfuerzo de estas carreras para que mi sobrina recién adoptada y con problemas de salud saliera adelante. Es hoy una adolescente preciosa. Habrá niños robados y otros que se restituyen con afecto.

Llegando a casa la hipoglucemia pinta destellos en la vista perimetral similares a quemaduras en papel. Más cifras, pulsaciones 115, glucosa 46. Sudor, galletas desvencijándose en café, no me ha dolido nada el pie. Antes era todo más sencillo.

Es domingo, las 9:30.

Foto: Ana Morales, de fondo la encina probablemente más grande y vieja de Europa.

16 de abril de 2015

La mirada de la tortuga

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Un sopor, la bajada de los párpados en un leve desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado. Eso es lo que te provoca y todo lo que necesita la mirada de Bazil para extraerte tus secretos más íntimos y comercializarlos. Amarás a tu esposo pero él sabe que cortejas al carnicero, conocerá el tamaño de la piedra que esconde tus ahorros, la mentira de tu pasada vida que sustenta la nueva.

Se exhibe por las plazas y los mercados con la estrategia de adivinar números o naipes de barajas infinitas, le miras fijamente, imaginando el dos de picas que ocultas bajo la mano cuando viene un adormecimiento  y antes de abandonar el lugar lo sabe todo de ti y siempre encuentra compradores interesados en tabernas a las que nunca pasa desde que una adivina despechada le dijo que el final de sus días vendría cuando una casa se le cayera en la cabeza.

Bajo puentes o al raso duerme, cada poco cambia su nombre, su aspecto, anda incesante sin regresar a los lugares que deja atrás y ni él sabe qué hace con tanto dinero.

Ahora en Ponte da Barca le circunda una avenida empedrada repleta de sauces y transeúntes, en los cielos enormes rapaces acechan, desde las tiendas le miran curiosos preguntándose si participar o no. Le dijeron que ese joven de enfrente guarda el tesoro de una antigua herencia. Le mira fijo, prevé la bodega, dónde está oculta la llave, el amparo que las vigas dan a todo oro y antes de que su sonrisa se defina recibe el golpe de la tortuga.

Se derrota en el pavimento con la crisma rota. El gentío mira a los cielos y  al suelo preguntándose qué ha pasado y cómo fue. 

Bazil no.

Sólo ve una pequeña morada y dentro un bicho de cara arrugada, de ojos asustados.

Más tarde un sopor, la bajada de sus párpados en un desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado.