1 de agosto de 2016

La noche de boda de la joven india

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Las más ancianas tuvieron el privilegio de peinarla y trenzarle el cabello mientras susurraban cánticos sobre el amor. Después la retiraron las telas nupciales y la dejaron desnuda. Su cuerpo fue pintado por completo de blanco y quedó sola en el tipi de la colina. Era de piel de bisonte teñida y en su interior refulgían brasas de abedul. La joven vibraba de temor, no de frío.

También temblaba el joven guerrero al entrar y vislumbrar en la penumbra la blancura de su reciente esposa. Se habían conocido unos días antes cuando los jefes decidieron los esponsales para hermanar más a sus grupos. Acuclillado a su lado dijo: no temas. La abrazó y ella se dejó abrazar por aquel hombre apenas conocido. El tacto fue el lenguaje aquella noche. Antes de caer rendida a tantas emociones, en una aldea desconocida, tendida sobre lienzos, miró entre la apertura del tipi, un fragmento de cielo despejado.

El sol vino claro y repartió olor a invierno y a cuero gastado. Él la beso para despedirse. Tenía que partir a las guerras contra el hombre blanco. Prometió volver.

La joven tarareo y pensó si le sucedería a ella como a la luna con las estrellas que se quieren sin apenas encontrarse. En la tribu se extrañó que todos le dieron trato de mujer y no de niña como en el día previo. Apoyó en los quehaceres apilando leña, desollando caza, cocinando. Hablo poco, pensó en su madre, no lloro.

Al regresar la oscuridad de su tipi sintió un extraño vacío en el pecho. Encendió, con una ascua prestada, el fuego del interior. Salió y a poca distancia de la entrada, con una ramita de abedul, dibujó sobre la nieve la figura de un orgulloso guerrero montado a caballo, como lo viera distanciarse en la mañana. Unos trazos frágiles, no más que la piel y la carne, que unos copos ocultaron al alba.

29 de junio de 2016

La estrella sin nombre

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Al despertar, la ventana abierta por el sofoco del verano dejaba entrever la luz de una estrella distante. Tililaba en colores que iban del rojo al violeta. Tan irreal le pareció al viejo que agarró su móvil para encontrar su nombre con una aplicación. Pero al señalarla con la mirilla de la pantalla comprobó que no aparecía. Era una estrella sin nombre entre estrellas bien definidas.
En el paseo matutino la ciudad le pareció otra vez un enorme y parsimonioso escarabajo pelotero. Escombros, conductores mejorables, cacas de perro macerando entre rastrojos, pintadas de lógica insostenible en muros viejos. Matices en un verano ebrio de luz.
A la noche siguiente, sobre la melena del pinar, la oscuridad dibujó una estrella sin nombre que mudaba de color. Una línea recta a las tres de la madrugada. Sin pericia para el simbolismo pero con habilidad para la camaradería, el viejo se sirvió un vaso de agua, se apoyó en el cabecero y toda la noche la pasó hablando con ella como si rellenara un espacio de su vida.

2 de mayo de 2016

Señales de humo

 

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El sol muerde con ganas y no alivia el rumor de cauces ocultos en la vegetación. Hace años hice esta misma ruta, idéntico paseo. Tanto la disfruté que establezco, mientras camino, una comparación entre aquél entonces y ahora.

Tiene la melancolía algo de probabilidad fugada, de mirador donde recreamos el mundo perdido en un hervor de pretéritos. Útil como posibilidad poética, pero es un juicio más y por lo tanto un atajo a la tristeza. Arriba en la Iglesia de Couto, a la sombra de un olivo insólitamente recto, llego a esta conclusión y decido descender sin que el pasado intervenga.

Lo consigo parcialmente. No en vano, esta es la tierra de la nostalgia. La caseta del perro que me ladró está abandonada, los paisanos que terciaban una cerveza pueden ser los que ahora acarrean estiércol, las uvas que entonces probé tal vez estén presentes en esos pámpanos que se enredan, la lluvia trasladó la tierra de los intersticios de los adoquines.

Somos pasto del tiempo.

Indudable, como que también nos proveemos del mismo.

Entro al hotel pensando en esta entrada. Me descargo de sutilezas: cinco años, pero estoy más o menos igual por dentro y por fuera. Suficiente.

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6 de marzo de 2016

La niña portuguesa



Al sacerdote le penetró la peste mientras revisaba el revocado de la fachada de su Iglesia. Ascendía desde el muelle, sugiriéndose sobre los tejados y entre las copas, serpenteando por la araña de calles. Era un hedor dulce, atroz, tan vagamente familiar que está metido en nuestra memoria sin conocerlo. El sacerdote oteó en vano hacia el espacio donde el mar acariciaba al cielo y con las manos entrelazadas a la espalda, levantando las rodillas con afectación bajó al puerto. Los estibadores estaban sofocados, alguno aplastando telas de saco contra su boca.

Aún tardó el barco inmundo en afianzarse como punto en el horizonte. Para ese entonces la pestilencia paralizaba. Se hicieron a la embarcación de servicio quince marineros, el maestre de puerto y el sacerdote. De cerca se veía que la nave al pairo era un destartalado carguero español con los mástiles quebrados, recubierta de verdín y abandono. Nadie respondió a la primera salva ni a los gritos de aviso. Abordaron la nave con las bocas y las narices tapadas. Había sido saqueado, algunas carroñeras levantaron el vuelo y dejaron al descubierto la amorfa masa de cuerpos descompuestos. Cadáveres de todas las edades y escalafones. Estragos de los piratas, de las tormentas, de un error de cálculo. Los registraron. Nada de valor. Así descubrieron que uno de ellos, a reparo del mortificante sol y la hostilidad de las aves, aún respiraba. Lo bajaron a la nave de auxilio y le dieron agua, estaba tan mal que dudaban que llegara vivo a Oporto. Se tocaba el cuello como asfixiándose. Aún en popa de la nave arruinada, el sacerdote, musito una oración por las almas. Esparcieron la brea por los laterales de la cubierta y la prendieron, giraron el timón atándolo y desplegaron el trinquete para que la nave regresara a la profundidad del océano.

De regreso a Oporto, con el cuerpo del superviviente tendido, vieron que les arropaban nubes de tormenta. En la lejanía, la nave incendiada ganaba en fulgor y parecía deslizarse a las mismas tragaderas del averno. El superviviente no podía hablar, era hombre muerto. Lo abandonaron junto a rollos de maroma y baldes de pecina. Cada uno fue a sus menesteres con poco humor por la fragua de la tormenta y el nulo lucro del auxilio. Hasta ese entonces cuando algún navío llegaba extraviado y se dejaba mecer a la costa, siempre sacaban unos víveres, a veces hasta telas brocadas y joyas que los embarcados daban por su auxilio y remolque. Luego llevaban el barco a puerto y lo declaraban a las autoridades, si era de una nación enemiga se calafateaba como mercante o desguarnecía para aprovechar las maderas. Aquella nave española, con la muerte instalada como pasajera traería complicaciones de haberla acercado, lo primero la inutilidad del barco y el dispendio de la ciudad en el entierro de desconocidos de una nación con la que estaban en guerra y cuando menos unas noches en los calabozos si quedaba alguna sospecha de fortuna incautada y no declarada.

Fue así como el segundo oficial, Tristán Acuña, quedó abandonado en una ciudad desconocida con los cielos enturbiándose sobre él, muerto de hambre con el único consuelo de un balde de agua en su cuerpo. La luz dimitía y en la negrura del mar sólo palpitaba la ascua hirviente del Santa Teresa resbalando de nuevo al insondable del que venía. El viento comenzaba a remover la hojarasca y a levantar los faldones de las lonas de las barcazas. Sin energías para tenerse fue reptando por un adoquinado mugriento hasta un callejón donde entendió que tendría su cita con la muerte.

En su cuello imaginaba el resplandor del collar de jade tallado con los oropeles de oro maya del que no quitaba la mano. De acuerdo al encantamiento del chamán aparecería cuando de verdad lo necesitara y ni siquiera en esa postrera hora podía verlo, al menos sí sentirlo al tacto, pulido, cautivador, valioso, a salvo de las manos piratas y de la rapiña de los interesados.
Comenzó a llover, de inmediato el frío se le alojó dentro y su mente se aproximó a revolver el mundo de su niñez, al nombre de su perro, las manos de madre, la voz grave de padre, los años felices de grumete en Cádiz, el asombro de los infinitos verdes de las Indias, los ojos indígenas de su amor. Cerró los ojos, el abandono.

Una aspereza en los labios le despertó. Era pan duro. Se lo tendía una niña enjuta y menuda de cabello oscuro. Comenzó a roerlo despacio, era un inmenso trozo que compartían y se lo pasaban de uno a otro con la naturalidad de los pobres. La niña estaba descalza como él, cubierta por un saco de arpillera, entre los descosidos se veía una piel pálida, violeta, tumefacta.


Al despertar a la mañana siguiente estaba solo. Había desaparecido. Tuvo fuerza para ponerse en pie. Pensaba que había soñado, pero aún quedaba un rastro a pan en su boca. 

Prometió hallarla, aunque fuera lo último que hiciera.

23 de febrero de 2016

Videmus nunc per speculum in aenigmate


Hace unas noches, con la ciudad apaciguada y quieta, releí a Borges. Todo, cada persona, cada cosa puede ser un símbolo y en cuanto a esa capacidad representativa tiene una exuberancia de vidas aguardándole, una multitud de significados distintos de las formas ordinarias que lo componen. Esa es una de las ramificaciones del Aleph. Los sentidos, por sí solos, nos permiten ver a través de un espejo en la oscuridad. Poco más. Todos los cielos se rasgan de señales de humo, de acepciones e interpretaciones diversas incluso divergentes.

7 de diciembre de 2015

El beso de Anakin Skywalker y Padme Amidala

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Ella pasea por el planeta de su infancia, se detiene con el escolta junto al pretil de piedra que da a un hermoso lago. En el centro del mismo un isla relumbra. Viste de blanco y tiene la espalda desnuda. De pequeña me bañaba allí, sentir la arena en la piel era de las más bellas sensaciones, dice o algo así. Se miran de manera intensa. Él le acaricia la espalda con las yemas de los dedos, luego el comienzo de la axila. Él la besa y ella corresponde. Y aunque durante unos segundos el silencio en los labios sólo deja percibir el rumor del agua, para la mayoría de los cronistas ahí se forjó el declive galáctico. Y no es tan sólo que algún machista aluda a la coquetería de la piel matizada de arena como un reclamo al roce dorsal, sino que se subvirtieron muchos órdenes con ese beso, el de las clases, reina ella, hijo de esclavo él, los códigos de honor de los Jedi que permiten el afecto y no el amor como si no fueran ambos la continuidad de una cuerda engrasada, la naturaleza de su trabajo ya que entienden que besando se escolta pésimo.

Pero uno no puede creer que ese beso originara tanta destrucción ni tanta guerra en la galaxia, sostener así es como definir la vida como la enfermedad que precede a la muerte y, es más, oponerse a la irrupción del amor y ponerle tanto impedimento a la pasión adolescente crea una represión y una angustia que la absorbe seguro el lado oscuro y destina a la mayor de las tragedias.

Da igual, todo esto sucederá en un tiempo muy muy lejano cuando la memoria de Romeo y Julieta haya sido por completo perdida.

6 de diciembre de 2015

El mordisco mulato

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Xiomara es joven y mulata por eso sólo encuentra trabajo como limpiadora por horas en un Rodicio del extrarradio. La primera vez que acude el encargado, un señor cincuentón con todo fofo menos la mala leche, le explica en qué consistirán sus servicios. Ella ve que en la soledad de las tres horas de madrugada no le dará tiempo a limpiar tanto, pero necesita dinero sin demora y así están los trabajos. El primer día hace su mejor esfuerzo. Lo que más le llama la atención es la cantidad de carne que se esparce por el suelo como si la gente la dejara ahí por algo. Cuando el encargado entra repasa con un trapo por determinados lugares y recibe su primera bronca. Aguardando al autobús, que la llevará a casa mientras amanece, se siente compungida. Esa misma noche, en el local, barre frenética, tira la basura, friega, hace los baños y pasa el trapo con entregada disposición. Da lo mismo, recibe otra bronca y, luego, el encargado cambia de tono, lo vuelve afectuoso y su mano reposa en su hombro quince segundos más de lo debido, estima ella.

Pocos días más tarde lo que se proponía velado es evidente. Tú, niña, sabes hacer feliz a un hombre sin esfuerzo, le dice, impidiendo que retire su mano de la bragueta. El dinero sigue llegando a casa si bien deja de dormir y arreglarse. Por entonces le comenzará el eccema en la espalda y el frío en la sangre. El encargado sigue acosándola, pero le inquieta verla tan distraída estos últimos días. Está ganada, es cuestión de tiempo, no tendrá valor de decir nada, se repite, necesita la pasta.


Xiomara se convierte una noche de sábado a las cuatro de la mañana. Nada más entrar. Una vuelta en los ojos, un sarpullido de escamas y unas breves convulsiones que le hacen arrancarse la ropa. La carne esparcida por el suelo le parece un jugoso obsequio. La deglute sin masticarla. Arrasa la cocina y se enrosca, tras la puerta, adormecida.

Existen diferentes tipos de mordiscos. El alemán, vigoroso técnico y marcial, el zalamero y esquivo italiano, el español que abarca más que hinca. De ser así, definiríamos al mordisco mulato como de retorcida cadencia, dado al astillaje de huesos, al desgarro de miembros, al desmenuzado de caderas.

Cuando a la hora del café encuentran el cuerpo del encargado, la joven que grita siente en su espalda una corriente helada, una vibración de alimaña huyendo y pudiera ser - eso nunca lo dirá a la policía – un resplandor de farolas en unos ojos de saurio.

6 de noviembre de 2015

Jaén

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Tal vez la vida sea quitar la broza que pusimos en el camino. Desandar senderos, regresar a la sencillez del origen. Si así fuera qué poco me cuesta decir que soy de Jaén, zona de batallas que encarnecieron fronteras que se tornaron grotescas. ¿Acaso no lo son todas?

Laberintos urdidos por millones de olivos. Tierra de paso, allí donde el trayecto se hace más importante que el destino.

5 de septiembre de 2015

Cabeza de gamba

Cabeza de gamba

No es común que, en este prado tan alejado, detenga la bici para anudarme los cordones y me observen los ojos de una cabeza de gamba meciéndose en la hierba. Negros, saltones, con una derrota mate en la mirada, la coraza algo seca, un bigote roto, los otros curvados. Cómo llegaste aquí, le digo.

La imagino escapando de la basura aupada por esos vientos atroces que derribaron gigantes arbóreos, caracolear en la nube hasta precipitarse aquí presintiendo que estos serían los corales entre los que acaso pudo refugiarse. Después de la vida esta aventura inesperada. Y la que le espera pues esa hierba es alfalfa que será segada cuando ella sea polvo salobre.

Su sabor aportará un sueño de litoral a un potro que levantara la testuz y en sus ojos se intuirán los reflejos de un mar distante nunca visto.