19 de enero de 2012

La huella recidiva



A veces, de algún oculto pliegue de nuestra memoria emerge el recuerdo del primer llanto, aquel que nos contaron y que se hizo fiel registro del abandono de la tibieza placentaria,  los tiernos ojos heridos de resplandecencias, la gelidez de los espacios abiertos que no se entienden, los sonidos indescifrables y, entre ellos, los malabarismos de nuestra razón temprana para definir y aprehender todo aquello. Entonces no entendemos la vida, no entendemos al mundo. Justificado esfuerzo en lactantes pero banal impulso en los adultos, huella recidiva de nuestra animalidad: podemos ser algo aquella cosa que el mundo nos hizo, pero, ante todo, somos aquello que nosotros hicimos con él.

PROPÓSITO 2012

Responder todos los comentarios que tan amablemente dejan en mis blogs.

29 de diciembre de 2011

MEMORIA DE LA LUZ



Había heredado el cuaderno, no sabía bien bien porqué.
Cuando ya había cumplido los siete años, y su bisabuela le sorprendió escribiendo, cosa que no le gustaba hacer en público, le llamó y le entregó aquel ajado cuaderno de tapa dura con un numero en la portada, el 99.
No le gustó mucho ni que le viera garabateando sus primeras palabras con una letra casi indescifrable: los otros niños escribían tan bonito, tan redondo…, ni tampoco recibir aquel viejo cuaderno. Algo le decía que era más que un regalo.

La Bisa, como la llamaba entonces, era una nonagenaria espigada y rápida, tenía los ojos de color violeta y la tez blanca, casi transparente. Su pulso no temblaba como el de la abuela al anotar los recados para la maestra. Tenía una letra elegante y delgada, vivo reflejo de su figura.

Cuando iba al pueblo, en verano a horas más tardías y, por las fiestas de navidad cada día más temprano, veía la Bisa interrumpir lo que fuera que estaba haciendo, buscar el cuaderno y mirar hacia el poniente, el naciente y la bóveda celeste. Durante un par de minutos, a veces menos a veces más, principalmente en invierno o en las lunas llenas del estío, se ponía a redactar frenéticamente en su cuaderno, para después guardarlo no se sabe dónde, y volver como si nada a la tarea interrumpida.

Nunca se atrevió preguntar lo que escribía, aunque le picaba la curiosidad. Creía que los demás ya ni se daban cuenta de un hecho que se repetía día tras día y era algo tan incorporado a lo cotidiano como dar maíz a las gallinas o buscar el pan por las mañanas. No era un misterio, simplemente no era cosa suya ni de nadie.

Sin embargo, pudieron más el rubor y la vergüenza al encontrar algo confidencial que afectase a su familia, como algún secreto de estirpe en el cuaderno. Por eso fue abandonado como una excentricidad que pidiera ser apartada de la vista. Ni siquiera fue abierto cuando su bisabuela abandonó este mundo, ni cuando se conjugaron los mejores momentos de lectura, una convalecencia hospitalaria o el aburrimiento en las tardes de invierno. Pasó las décadas juntando polvo junto a los apuntes de la universidad en el sótano del olvido.

Una mudanza cuando era ya un adulto lo trajo de vuelta. “Qué si puedo tirar estos papeles” decía un obrero sosteniendo precisamente el cuaderno en su mano enguantada.

Recobró su vida en un ático sin muebles mientras afuera la lluvia se deslizaba sobre el emparrado. Le asombraba que en el cuaderno apenas hubiera intimidades. En realidad se trataba de un diario que refería la “Memoria de la luz sobre las cosas”, un espacio donde con gran despliegue de adjetivos describía la luminosidad de cada momento, tan solo a través de una lectura entrelíneas podía intuirse el estado anímico de su escritora. Buscó la fecha de su nacimiento esperando encontrar una clave. “Me galantearon los cielos hoy, me volcaron furiosos rojos y naranjas, colores masculinos y sé la razón”. “El primer crepúsculo de mi bisnieto tuvo una aureola encendida que se fue desvaneciendo en violetas. Registro de crepúsculos 18/02/1959.” La última línea del cuaderno, unos días antes de su muerte era reveladora, “ahora me tocará llevar un historial de penumbras”.

Meditó y sostuvo un tiempo el bolígrafo como una batuta. Después anotó en el cuaderno su primera entrada: historial de luces, informe de amaneceres, entrada 1, día 12/12/11.
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Memoria de la luz nació de un comentario en Facebook realizado, mediante escritura automática, por mi amiga Gárgola. Una divagación en torno a una foto suya con la idea de que alguien lo continuara, cosa que realicé al día siguiente empleando la misma técnica. Fue un agradable paréntesis en un día muy ocupado. Que el escrito guarde sentido se debe, sin duda, al pulimento que Rayuela, le dio al texto. Sirvan estas palabras para expresarles, a ambas, todo mi agradecimiento.


Autora de la foto: Dora Kelvin 



17 de diciembre de 2011

UN RASTRO EN LA PAJA




I
Llega el rumor. Asciende las suaves colinas de Cafarnaum y flota sobre las mansas aguas del lago para afirmar que ha nacido un Dios con forma de bebé y que lo hizo al sur, a siete jornadas y en un establo. Algunos aseguran que un ángel se lo comunicó. Él chico solitario no les cree.
Esa noche no duerme, besa a madre sin despertarla, le cuchichea algo, y abandona la casa.
Su nombre no viene al caso. Satisfagamos la curiosidad añadiendo que es tartamudo, tiene catorce años y quince cabras heredadas.

II
Hemos dicho que su nombre no viene al caso, tal vez sí su mote que nos muestra su habilidad, le llaman Guijarro pues llama a su rebaño chascando dos piedras de río: el grito que le falta a su garganta, de él se sirve y sus animales lo entienden.
No está solo, son muchos más los que van a Belén de Judá. Él prefiere no integrarse. Por timidez e inseguridad permanece al margen de las canciones de alabanza, de las hogueras con las que se templan y que llenan los cerros de puntitos naranja. Todos le llevan presentes, él no tiene nada.


III
Camina de noche compartiendo pasos con una estrella. No sabe quién sigue a quién. A veces, según sea la brisa, el sereno trae olor a tomillo y espliego y hace olorosa la penumbra.
La vida se hace sencilla y por lo tanto hermosa; se resume en el camino, la estrella, la esperanza. Todo lo que queda al margen le parece menudo y accesorio.
Hace ramilletes de aromáticas. Ese será su regalo.

IV
Un amanecer al asearse en un aljibe ve a una joven recogiendo agua. La observa sin ser descubierto. Al  inclinarse un mechón se escapa y es llevado al redil por la mano izquierda. Vuelve a liberarse y de nuevo la mano le reconduce a la cabellera. Su corazón se acelera, siente una inmensa alegría que se transformará en tristeza al irse. Querría estar viendo ese juego del mechón y la mano hasta la conclusión de los tiempos, querría verla siempre, que esa joven fuera la cara del amanecer y de la noche, la llama que prende, el pan del día, el aliento, el consuelo.

V
Un extraño sueño. ¿Y si esta historia, su vida misma y su camino, fuera conocidos muchos años más tarde? Ajenos ojos que le mirasen desde la profundidad de los siglos, en un mundo distinto sin considerarlo ridículo, sin importar que las palabras no le fluyan. No sería compasión, sería entendimiento. Piensa si, en esa mirada de los observadores, del tiempo estará la huella de este Dios al que visita.

VI
Todo esto aconteció en un tiempo en el que la Palabra no estaba dicha y no estaba interpretada. No existía la cruz, nadie se persignaría en el pesebre y nada debía ser redimido. Siempre habrá un misterio en todo lo que se va y un milagro en todo lo que nace y allí se extinguía el tiempo viejo de los profetas y el Dios vengativo. Y nacía una esperanza.
Con la perspectiva las historias ganan aristas y se llenan de filos cortantes, ahora no es el caso, sólo estaba la quietud del momento, la idea de un Dios que quiso hacerse un igual y siendo niño lloró buscando a su madre y al revolverse dejó un rastro en la paja.

VII
Paz. Resplandece el crepúsculo como si no hubiera otro. El establo se afianza con adobe y tablas sobre una cañada y por dentro unas teas lo iluminan. La gente sencilla, los pastores y los canteros, los arrieros y los campesinos descienden cantando en señal de gracias. Guijarro tiene miedo de imitarles y que las palabras se atranquen. Por eso, sin sacarlas del zurrón, golpea sus piedras, con suavidad, acompañando, como cantando. Deja las aromáticas en la entrada y muy emocionado mira en todas direcciones, incluso hacia su interior.

11 de octubre de 2011

Isla del Alma de Mármol




1.- Se precintan los espacios de La tierra de los árboles y Frondosidad hasta que los cargos de ampulosidad y retoque extremo que pesan sobre su autor se resuelvan. Se le restringe la libre circulación de sus ideas, de momento se le permite posesión de lápices y  cámaras.

2.- Se convoca concurso-oposición de Conjurador de Nubes. Salario a comisión por nimbos avistados y conteo de gotas de lluvia. Nota.- urge. Abstenerse Inundadores de Planicies.

3.- Se conmina al otoño a presentarse aquí de inmediato y asumir sus funciones ordinarias. Si en plazo de diez no comparece será sustituido por la estación siguiente.

4.- Por pernicioso queda sustituido el visionado de periódicos, incluidos titulares, y telediarios por libros de temática libre de autores fallecidos o en vías de ello.

5.- Se alistan palabras frescas, por favor, acudan en un determinado orden que tenga sentido.

Todo lo cual queda expuesto en el Ayuntamiento de la Isla de Marmor Anima para obligado cumplimiento hasta que este edicto sea derogado, caduque, sea sustituido por otros mundos o la ausencia tome sentido. Gracias a todos.

1 de octubre de 2011

El héroe relativo y el alcalde extraterrestre

Ramas de sauce columpiándose.Sucede que disfruta  unas cervezas para rumiar el desaliento agazapado en los titulares de los periódicos, la gota calando un día tras otro, sucede que el tabernero es generoso en las tapas y el mundo entre amigos camufla sus rincones de padecimiento y con las ocurrencias de unos y otros le aflora la risa entre pinceladas de olvido, todo esto y más sucede en la terraza de sillas de aluminio cuando estallan los cristales del tercero y en la balconada de enfrente, en una escena que parece un incendio irreal, y no lo es, se ve gritar a un niño.

Sin medida de riesgos, antes de que se piense, con la croqueta a medio tragar, se descubre escalando una reja, saltando entre barrotes, asiendo y soltando herrajes, haciéndole pulsos al hierro sin mirar abajo para acceder al balcón y asir al niño mientras feroces columnas de humo denso abandonan la casa. Es entonces, al descender con el crío enganchado a mochila, cuando percibe, entre el crepitar, un fino aullido.

Desciende y sin tocar suelo lo deja a salvo. Arriba de nuevo descubriendo a su corazón en una región histérica y ajena a su ser, un órgano descordado y como ajeno por miedo o cansancio. Entra al domicilio tapándose con la camiseta. Hay una coral en las combustiones, un retorcimiento sigiloso de los objetos plásticos, un rugir vehemente de abrasiones en los muebles, la hosca protesta de las palabras en la ceniza de los libros, la calcinación discordante del sofá expeliendo bocanadas de humo negro y a ras de suelo, en sordina, un grito agudo que encuentra sin percibir la llama que lacera su costado. Le abren espacio cuando le ven bajar tosiendo, manchado de efluvios de hidrocarburos, y con una niña en brazos. Al entregarla percibe el huir de su conciencia y es entonces cuando alcanza a escupir la croqueta y la mueca que intenta hacer, al ver a los bomberos acordonando la zona, queda esbozada en un desmayo.

Al despertar en el hospital, días más tarde, no sabe todo lo que se habló de él, no es consciente de las fotos, ni de los huecos hurtados a la economía rota, tampoco de los tensos debates en el Ayuntamiento en la duda del reconocimiento que merece. Medalla de la ciudad, para unos, acreditación de mérito civil para otros. Sin embargo, en los despachos forrados de roble de la alcaldía, acaba imponiéndose que ninguna pues le reconocieron entre los acampados de la plaza unas semanas antes, uno de esos indignados que a medio afeitar clamaba contra ellos, que les llamó chorizos, que pidió una democracia nueva y a la pregunta del regidor de “cómo toreo esto” no falta asesor, de gomina en lustre, que le persuada de que algo se les ocurrirá.

Aún ingresado, en una tele de monedas, con medio equipo médico al lado, ve al alcalde en rueda de prensa valorando su esfuerzo y eludiendo distinguirle con nada pues no puede hacerlo con quien tenía una tasa de alcohol en sangre de casi 0,6 g/l, algo superior a lo permitido en la conducción. No sería un buen ejemplo, dice, y que de ser héroe lo sería relativo, que también fue un temerario por no esperar a los servicios de emergencia. El médico apaga el aparato, frunce el ceño y se gira a las enfermeras boquiabiertas “tenemos un alcalde extraterrestre, una de esas cosas que ve mi hija, en cualquier momento muda de piel y se hace lagarto”, dice.

Ríe, como todos, y le regresa el dolor. Cierra los ojos y se esfuerza en componer una escena que le traiga el sueño: un chubasco, un cielo que se abre, un sol tibio, brisa, cascabeles en las espigas, columpio de ramas de sauce.

12 de septiembre de 2011

MEMORIA DE LO EFÍMERO

Minúsculo

Querida sobrina, viniste al mundo un día convulso donde las noticias pugnaban por apropiarse de las cabeceras de los diarios. Grecia, las bolsas, un accidente nuclear. No quiero dejar esta huella, muchas de estas realidades nos vienen dadas y siempre podrás consultarlas.

Sí, quiero registrar la memoria de lo efímero pues aprenderás que en lo fugaz, sabiendo apreciarlo, reside la excelencia de la vida. Decirte, por ejemplo, que al ir en trabajo en bicicleta vi ondularse resplandecientes hilos de araña prendidos a los álamos, que la nervadura de las hojas comienza ya a transparentarse y mudar de color, que en algunas plantas, minúsculas y achicharradas, la luz incidía de tal manera que se tornaban bellas y alegres, que el día que naciste no hubo nubes y la puesta de sol tuvo frágiles tonalidades violetas…

Querida bebé, dejarte el registro de la dicha que nos trae tu irrupción es algo que te demostraremos con tiempo. Tan sólo reseñarte, lo irás viendo, que la mayoría de las cosas fracasan por falta de amor y fantasía. Bienvenida, Paz, a un mundo en el que ninguna de estas cualidades te será escasa.

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Hoy, precisamente hoy, La Tierra de los Árboles cumple 5 años y no hay mejor motivo que dedicarle esta entrada a mi sobrina pese a lo espeso que me siento por el gripazo que tengo encima.

Gracias a todos por su compañía y posibilitar que este espacio dure tanto.

21 de agosto de 2011

SEÑALES DE HUMO IV y final

3358000686_6ae406f8c5_b-2Preparábamos la barbacoa en la terraza con Sinatra soltándole matices al anochecer de un cielo aún azul donde nada más refulgía Sirio y la brisa del Montgó esparcía las chispas del carbón que crepitaban en el aire y ascendían como ínfimas y candentes estrellas fugaces que quisieran aunarse a la inmensidad de ese cosmos.

Fue entonces, Pedro, guárdalo para siempre, que dirigiste la mirada al embarazo en sus etapas finales de tu hermana y pensaste en esa inconcebible cantidad de materia yerma expandiéndose y rotando en el universo y en la posibilidad de un vientre como alternativa a todo lo que no es. El desperdicio de la vastedad de esos mundos sí el milagro de la vida no existiera, ni fuera jamás posible.