19 de enero de 2017

Si el amanecer más frío…

 

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Si el amanecer más frío del año os diera por correr hacia el trabajo y llevar la intención de un explorador polar descubriríais cosas sorprendentes.

 

Como ejemplo, una acera inundada de hojas escarchadas trituradas y entre ellas, descollando como un islote, una hoja verde, veréis un perro de ojos entristecidos mejor abrigado que su dueña que tirita bajo la pelambrera de un pinar y una señora con ojeras y tinte rubio fumando junto a la Delegación de Hacienda. Al aire helado agitando banderas.

 

Si nos fijamos en las palabras veremos una pintada que dice “Todo me male sal” y “Sad boys” y un carpintero llamado Oli que se ofrece en las farolas mediante un papel rasgado. Sólo observar, repito.

 

Observar al tráfico formando hileras que buscan Madrid como desesperados cetáceos con humo y un río color boreal emanando vapores y mostrando raíces secretas en su fango.

 

Cuando os alcance el primer rayo de sol que nacerá bajo una nube jabonosa no hará falta. Habrá sudor para ese entonces, pero gustará el tono almendrado que deja en las marañas de zarzas.  Observaréis que carece de la potencia necesaria para arrancar un atisbo de primavera pero los patos de la orilla lo saludan. Y en semejante hielo, aunque intentamos no juzgar, creeremos que significa mucho la manera en que lo reciben, con ese desplegar de alas y esa elevación grácil de cuello.

11 de septiembre de 2016

Escandinavia, 10 años.

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Como cada día Catarina Pop, con sus profundos ojos ocres y sus ocho años, bordeaba la falda del volcán camino de la escuela. Quedaba una hora, quedaban tres barrancos.

Llevaba apretado contra su cuerpo un cuaderno en cuya espiral descansaba un lápiz. El día anterior dibujó, en una hoja, el mapa de Escandinavia.

- Esas tierras del norte están muchos meses cubiertas de hielo y nieve – le dijo su maestra.

En la inmensidad verde del camino, su imaginación flotaba recordando el frío que sintieron sus manos la vez que su abuelo le trajo una piedra de hielo. Jugó con ese insólito material que se reducía avergonzado del dolor que causaba al tacto hasta ser una lámina oscura en su falda y después, nada.

Comenzó a mascullar una oración para los niños de Escandinavia.

- Pobrecitos - decía - caminar una hora sobre hielo para ir a la escuela.

3 de septiembre de 2016

¿Quién recuerda a Ruth?

Jøder i Tromsø — reportasje

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Para el tamaño y los movimientos del turista la tienda de recuerdos es territorio hostil. Demasiados cachivaches en precarios equilibrios. Prefiere curiosear en la puerta. Una foto al oso polar disecado, a la catedral de madera que sobresale sobre las copas. También a las placas doradas que, en la acera, captan su atención. Memoriza un nombre cualquiera para indagar por la red, Ruth Sakolsky.

Ruth tenía dos años cuando fue detenida y enviada a Auschwitz junto a su madre y tíos. Se sabe que entraron juntos a lo que creían una ducha tras un largo viaje. De los 2.173 judios noruegos, fueron deportados 772, sobrevivieron 34.

Todos los Sakolsky desaparecieron, el apellido no existe en la ciudad polar de Tromso. En el artículo que encontré el autor se pregunta acerca de quién mantiene el recuerdo de Ruth. Desde luego él e incluso esta breve reseña pero sobre todo el municipio que ha colocado placas en los lugares donde vivían todo sus habitantes detenidos.

Es así como entiendo que la tienda de recuerdos, que se conserva exactamente igual que en la década de los 40, fue antes un comercio de blusas y que en la parte superior jugó, anduvo, río y lloro, todas esas cosas que nos afirman en la vida, esta pequeña cría.

1 de agosto de 2016

La noche de boda de la joven india

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Las más ancianas tuvieron el privilegio de peinarla y trenzarle el cabello mientras susurraban cánticos sobre el amor. Después la retiraron las telas nupciales y la dejaron desnuda. Su cuerpo fue pintado por completo de blanco y quedó sola en el tipi de la colina. Era de piel de bisonte teñida y en su interior refulgían brasas de abedul. La joven vibraba de temor, no de frío.

También temblaba el joven guerrero al entrar y vislumbrar en la penumbra la blancura de su reciente esposa. Se habían conocido unos días antes cuando los jefes decidieron los esponsales para hermanar más a sus grupos. Acuclillado a su lado dijo: no temas. La abrazó y ella se dejó abrazar por aquel hombre apenas conocido. El tacto fue el lenguaje aquella noche. Antes de caer rendida a tantas emociones, en una aldea desconocida, tendida sobre lienzos, miró entre la apertura del tipi, un fragmento de cielo despejado.

El sol vino claro y repartió olor a invierno y a cuero gastado. Él la beso para despedirse. Tenía que partir a las guerras contra el hombre blanco. Prometió volver.

La joven tarareo y pensó si le sucedería a ella como a la luna con las estrellas que se quieren sin apenas encontrarse. En la tribu se extrañó que todos le dieron trato de mujer y no de niña como en el día previo. Apoyó en los quehaceres apilando leña, desollando caza, cocinando. Hablo poco, pensó en su madre, no lloro.

Al regresar la oscuridad de su tipi sintió un extraño vacío en el pecho. Encendió, con una ascua prestada, el fuego del interior. Salió y a poca distancia de la entrada, con una ramita de abedul, dibujó sobre la nieve la figura de un orgulloso guerrero montado a caballo, como lo viera distanciarse en la mañana. Unos trazos frágiles, no más que la piel y la carne, que unos copos ocultaron al alba.

29 de junio de 2016

La estrella sin nombre

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Al despertar, la ventana abierta por el sofoco del verano dejaba entrever la luz de una estrella distante. Tililaba en colores que iban del rojo al violeta. Tan irreal le pareció al viejo que agarró su móvil para encontrar su nombre con una aplicación. Pero al señalarla con la mirilla de la pantalla comprobó que no aparecía. Era una estrella sin nombre entre estrellas bien definidas.
En el paseo matutino la ciudad le pareció otra vez un enorme y parsimonioso escarabajo pelotero. Escombros, conductores mejorables, cacas de perro macerando entre rastrojos, pintadas de lógica insostenible en muros viejos. Matices en un verano ebrio de luz.
A la noche siguiente, sobre la melena del pinar, la oscuridad dibujó una estrella sin nombre que mudaba de color. Una línea recta a las tres de la madrugada. Sin pericia para el simbolismo pero con habilidad para la camaradería, el viejo se sirvió un vaso de agua, se apoyó en el cabecero y toda la noche la pasó hablando con ella como si rellenara un espacio de su vida.

2 de mayo de 2016

Señales de humo

 

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El sol muerde con ganas y no alivia el rumor de cauces ocultos en la vegetación. Hace años hice esta misma ruta, idéntico paseo. Tanto la disfruté que establezco, mientras camino, una comparación entre aquél entonces y ahora.

Tiene la melancolía algo de probabilidad fugada, de mirador donde recreamos el mundo perdido en un hervor de pretéritos. Útil como posibilidad poética, pero es un juicio más y por lo tanto un atajo a la tristeza. Arriba en la Iglesia de Couto, a la sombra de un olivo insólitamente recto, llego a esta conclusión y decido descender sin que el pasado intervenga.

Lo consigo parcialmente. No en vano, esta es la tierra de la nostalgia. La caseta del perro que me ladró está abandonada, los paisanos que terciaban una cerveza pueden ser los que ahora acarrean estiércol, las uvas que entonces probé tal vez estén presentes en esos pámpanos que se enredan, la lluvia trasladó la tierra de los intersticios de los adoquines.

Somos pasto del tiempo.

Indudable, como que también nos proveemos del mismo.

Entro al hotel pensando en esta entrada. Me descargo de sutilezas: cinco años, pero estoy más o menos igual por dentro y por fuera. Suficiente.

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6 de marzo de 2016

La niña portuguesa



Al sacerdote le penetró la peste mientras revisaba el revocado de la fachada de su Iglesia. Ascendía desde el muelle, sugiriéndose sobre los tejados y entre las copas, serpenteando por la araña de calles. Era un hedor dulce, atroz, tan vagamente familiar que está metido en nuestra memoria sin conocerlo. El sacerdote oteó en vano hacia el espacio donde el mar acariciaba al cielo y con las manos entrelazadas a la espalda, levantando las rodillas con afectación bajó al puerto. Los estibadores estaban sofocados, alguno aplastando telas de saco contra su boca.

Aún tardó el barco inmundo en afianzarse como punto en el horizonte. Para ese entonces la pestilencia paralizaba. Se hicieron a la embarcación de servicio quince marineros, el maestre de puerto y el sacerdote. De cerca se veía que la nave al pairo era un destartalado carguero español con los mástiles quebrados, recubierta de verdín y abandono. Nadie respondió a la primera salva ni a los gritos de aviso. Abordaron la nave con las bocas y las narices tapadas. Había sido saqueado, algunas carroñeras levantaron el vuelo y dejaron al descubierto la amorfa masa de cuerpos descompuestos. Cadáveres de todas las edades y escalafones. Estragos de los piratas, de las tormentas, de un error de cálculo. Los registraron. Nada de valor. Así descubrieron que uno de ellos, a reparo del mortificante sol y la hostilidad de las aves, aún respiraba. Lo bajaron a la nave de auxilio y le dieron agua, estaba tan mal que dudaban que llegara vivo a Oporto. Se tocaba el cuello como asfixiándose. Aún en popa de la nave arruinada, el sacerdote, musito una oración por las almas. Esparcieron la brea por los laterales de la cubierta y la prendieron, giraron el timón atándolo y desplegaron el trinquete para que la nave regresara a la profundidad del océano.

De regreso a Oporto, con el cuerpo del superviviente tendido, vieron que les arropaban nubes de tormenta. En la lejanía, la nave incendiada ganaba en fulgor y parecía deslizarse a las mismas tragaderas del averno. El superviviente no podía hablar, era hombre muerto. Lo abandonaron junto a rollos de maroma y baldes de pecina. Cada uno fue a sus menesteres con poco humor por la fragua de la tormenta y el nulo lucro del auxilio. Hasta ese entonces cuando algún navío llegaba extraviado y se dejaba mecer a la costa, siempre sacaban unos víveres, a veces hasta telas brocadas y joyas que los embarcados daban por su auxilio y remolque. Luego llevaban el barco a puerto y lo declaraban a las autoridades, si era de una nación enemiga se calafateaba como mercante o desguarnecía para aprovechar las maderas. Aquella nave española, con la muerte instalada como pasajera traería complicaciones de haberla acercado, lo primero la inutilidad del barco y el dispendio de la ciudad en el entierro de desconocidos de una nación con la que estaban en guerra y cuando menos unas noches en los calabozos si quedaba alguna sospecha de fortuna incautada y no declarada.

Fue así como el segundo oficial, Tristán Acuña, quedó abandonado en una ciudad desconocida con los cielos enturbiándose sobre él, muerto de hambre con el único consuelo de un balde de agua en su cuerpo. La luz dimitía y en la negrura del mar sólo palpitaba la ascua hirviente del Santa Teresa resbalando de nuevo al insondable del que venía. El viento comenzaba a remover la hojarasca y a levantar los faldones de las lonas de las barcazas. Sin energías para tenerse fue reptando por un adoquinado mugriento hasta un callejón donde entendió que tendría su cita con la muerte.

En su cuello imaginaba el resplandor del collar de jade tallado con los oropeles de oro maya del que no quitaba la mano. De acuerdo al encantamiento del chamán aparecería cuando de verdad lo necesitara y ni siquiera en esa postrera hora podía verlo, al menos sí sentirlo al tacto, pulido, cautivador, valioso, a salvo de las manos piratas y de la rapiña de los interesados.
Comenzó a llover, de inmediato el frío se le alojó dentro y su mente se aproximó a revolver el mundo de su niñez, al nombre de su perro, las manos de madre, la voz grave de padre, los años felices de grumete en Cádiz, el asombro de los infinitos verdes de las Indias, los ojos indígenas de su amor. Cerró los ojos, el abandono.

Una aspereza en los labios le despertó. Era pan duro. Se lo tendía una niña enjuta y menuda de cabello oscuro. Comenzó a roerlo despacio, era un inmenso trozo que compartían y se lo pasaban de uno a otro con la naturalidad de los pobres. La niña estaba descalza como él, cubierta por un saco de arpillera, entre los descosidos se veía una piel pálida, violeta, tumefacta.


Al despertar a la mañana siguiente estaba solo. Había desaparecido. Tuvo fuerza para ponerse en pie. Pensaba que había soñado, pero aún quedaba un rastro a pan en su boca. 

Prometió hallarla, aunque fuera lo último que hiciera.

23 de febrero de 2016

Videmus nunc per speculum in aenigmate


Hace unas noches, con la ciudad apaciguada y quieta, releí a Borges. Todo, cada persona, cada cosa puede ser un símbolo y en cuanto a esa capacidad representativa tiene una exuberancia de vidas aguardándole, una multitud de significados distintos de las formas ordinarias que lo componen. Esa es una de las ramificaciones del Aleph. Los sentidos, por sí solos, nos permiten ver a través de un espejo en la oscuridad. Poco más. Todos los cielos se rasgan de señales de humo, de acepciones e interpretaciones diversas incluso divergentes.

7 de diciembre de 2015

El beso de Anakin Skywalker y Padme Amidala

1920
Ella pasea por el planeta de su infancia, se detiene con el escolta junto al pretil de piedra que da a un hermoso lago. En el centro del mismo un isla relumbra. Viste de blanco y tiene la espalda desnuda. De pequeña me bañaba allí, sentir la arena en la piel era de las más bellas sensaciones, dice o algo así. Se miran de manera intensa. Él le acaricia la espalda con las yemas de los dedos, luego el comienzo de la axila. Él la besa y ella corresponde. Y aunque durante unos segundos el silencio en los labios sólo deja percibir el rumor del agua, para la mayoría de los cronistas ahí se forjó el declive galáctico. Y no es tan sólo que algún machista aluda a la coquetería de la piel matizada de arena como un reclamo al roce dorsal, sino que se subvirtieron muchos órdenes con ese beso, el de las clases, reina ella, hijo de esclavo él, los códigos de honor de los Jedi que permiten el afecto y no el amor como si no fueran ambos la continuidad de una cuerda engrasada, la naturaleza de su trabajo ya que entienden que besando se escolta pésimo.

Pero uno no puede creer que ese beso originara tanta destrucción ni tanta guerra en la galaxia, sostener así es como definir la vida como la enfermedad que precede a la muerte y, es más, oponerse a la irrupción del amor y ponerle tanto impedimento a la pasión adolescente crea una represión y una angustia que la absorbe seguro el lado oscuro y destina a la mayor de las tragedias.

Da igual, todo esto sucederá en un tiempo muy muy lejano cuando la memoria de Romeo y Julieta haya sido por completo perdida.