8 de abril de 2014

El bebé rechazado



El embozado lleva el paso largo y decidido, en sus manos sostiene un canasto de mimbre con una toquilla desaliñada. Se detiene ante un soportal, durante un momento duda si subir las escaleras, llamar, y dejarlo allí junto al manuscrito antes de salir corriendo. En la duda lo deja bajo el limonero y rompe el escrito, la negrura de la noche arrebuja su huida. Sevilla aún no tiene colores que mostrar.

El bebé es mulato y no llora. En sus mofletes apenas una pincelada más pálida. Cada cuando frunce los labios subiendo uno sobre el otro.

Ampliando la escena, ecos de taconeos confundidos con el rodar de los carros arrieros, una galera virando parsimoniosa en el río, gritos lejanos de rufianes en las dársenas, olores a malandrín y azahar despuntando en un alba indecisa, por la plazuela agua estancada con boñigas flotando, empedrado con relente y cinco limoneros. Bajo uno, el bebé rechazado.

Por dentro la novicia ya soltó su primera oración y, a la luz de un candil, se aseó sin mirarse con agua de una palancana, abre la trasera del convento, prepara el trapo, el barreño y el agua. De rodillas friega con vigor.

Advierte algo por dentro, algo peregrino, una comezón, un pálpito, por un segundo lo llama hambre, mas el hambre no afecta al corazón. Observa la puerta barnizada, los escalones desgastados y húmedos, los limoneros, el charco hediondo, un canasto.

Entonces se sorprende, algo del panadero, piensa. Lo sube, abre la toca. Le ve.

No siente que ha encontrado un bebé rechazado, no piensa en una madre humilde, un padre temeroso, una familia necesitada, menos incluso en un milagro.

Lo que siente es más como una escisión de su alma, como si de inmediato el amanecer la hubiera partido en dos, y sus brazos acurrucaran ahora la fracción más valiosa.

El amago de un lloro fulmina el voto de silencio.


Horas más tarde, sosteniéndolo aún, lo alimenta con leche tibia de vaca, su mirada quema a quien pretenda arrebatárselo un segundo. La madre superiora, sus compañeras, le hacen arrumacos al bebé e intentan tranquilizarla como conociendo el designio de una maternidad satisfecha.

2 de abril de 2014

Nostalgía




Un mes exacto. El despiste de un auto, la maniobra arriesgada para evitarlo y la caída. El radio roto, el del brazo, no el de la bici, :-) . Me adapto lo que puedo. Manejo la zurda, ando e incluso corro pero no puedo escribir casi nada, ni fotografiar y por supuesto no puedo montar en bici. 

Un cambio tremendo, por fortuna tengo tantísimo trabajo que el tiempo pasó volado.

Sé, lo dijo Dante, que la excesiva nostalgia por lo bueno del pasado es una modalidad del infierno mas cómo se evita.

Se piró el mes procurando no desesperarme, buscando una paciencia que nunca tuve para estas cosas, sabiendo que queda mucho para mi normalidad.

21 de febrero de 2014

La ley de la imparidad en los calcetines



Sabida es la ley que lleva a la imparidad a los calcetines, a la soltería abismal de una gaveta, al bostezo de una soledad que parece caprichosa. Por eso, que los calcetines me desaparezcan a pares me hizo sospechar de Corintia. Desde que ella limpia me los roba.

No fue difícil tenderle una trampa para mandarla al otro extremo de la ciudad con una excusa cualquiera para soliviantar mientras tanto el recogimiento que imaginaba yo monacal - y era carnavalesco - de su casa y descubrir en un cuarto achaflanado, pinchados con chinchetas, por sus paredes, a mis calcetines, con la compañía en idéntica disposición de bragas, sostenes y otra ropa de reconocimiento desasosegante.

A un físico como yo no se le hace eso.

Por ello, para no contradecir la ley de la evasión impar retiré uno sólo de ellos, dejando a su pareja taladrada a la pared sabiendo que, más pronto que tarde, descubriría los agujeros de gusano,  y brincaría por el espacio tiempo asombrando en estos momentos a Cleopatra o a Hitler.

En medio del beso a Marco Antonio, a Eva Braun, mi calcetín fastidiando como sólo los calcetines sudados y dados a la fuga pueden hacerlo.

20 de enero de 2014

La legión ahogada


Una guarnición romana alcanzó la orilla del río. Habían llegado rumores de que quien cruzara sus aguas perdería la memoria. Olvidaría su nombre, olvidaría la infancia y el timbre de voz de sus padres, se perdería para siempre el rostro amado.

Las aguas engrosarían la mar con todos sus recuerdos.

Su general, Décimo Junio Bruto, cansado de arengarles por las supercherías se dispuso a ejemplarizarlos. Se zambulló en las aguas y no sin esfuerzo alcanzó la otra orilla. Entonces, como prueba de intacta memoria, nombró a sus soldados uno por uno.

Éstos, eufóricos, al ver lo inusual de que su superior los nombrase se tiraron al agua. Mas la gran mayoría no sabía nadar y perecieron ahogados.

Por entonces una alondra que admiraba la escena descubrió que perder los recuerdos puede ser malo pero la confianza ciega es peor.

11 de enero de 2014

Aridez en las venas



La primera vez que vio sonreír a un hombre tenía nueve inviernos y la inocencia perdida. El Fascinador bajó custodiado por dos centinelas, con las manos atadas en la espalda, vestía un sayo acolchado, aún no tenía puesta la arpillera de los esclavos, cruzó la vuelta del arenal con la mirada distraída y, al verlos, esbozó una sonrisa y una mueca que años más tarde, en la soledad de sus noches atribuladas, interpretaría como un saludo o reverencia. Un ciclo más tarde, sería esa misma cabeza ensartada en una lanza la que coronaría el este de la mina, por donde el sol esparciría la sombra terrorífica que debería servirles de aleccionador destino y, sin embargo, así son los hados, desde aquel momento supieron que la esperanza sería imparable.



El Fascinador les mostró la existencia de un pasado acurrucando sus cuerpos,  les habló de la belleza del mundo, de la dulzura de las mujeres, de los árboles mágicos que estremecen corazones, de los susurros en el valle, les trajo el color, la valentía. La insurrección.   



Nueve ciclos cargaba el niño de las manos inquietas, cuatro de ellos hundido en la mina de roca de Hert, el infecto y descomunal agujero donde trabajaban de sol a sol los cautivos.



Todo allí.

Era.

Aridez en las venas.



Los segundos eran hueso.



El tiempo era sangre.



Y habría de cambiar.

30 de diciembre de 2013

La promesa



Un bosque de abetos rodeando un prado de intenso verde. En la hierba un hombre ungiéndose en una lluvia parsimoniosa. De su rostro de tapiz arrugado resbalan gotas que enlentecen su descenso al llegar a su barba cana. Tiende sus brazos al cielo, abre las palmas acariciando el agua. Queda así largo tiempo.

Sin un caminante desde el camino curvo le viera en la lejanía le parecía un excéntrico o, si acaso, un demente de un pueblo extraviado en el mapa.

Sin embargo ese hombre tiene un pasado, un cuerpo enjuto cincelado en la sombra de una cárcel.

Una condena por lo que no hizo.

Una promesa incumplida.

Un amor perdido.

Hay lágrimas que le parecen lluvia y salpicaduras de nubes que tomaría por lágrimas.

- Qué sencillo sería - piensa - perderme, arrastrar al alcohol de ágave mi vida, provocar una reyerta, dejarme matar por un insulto o, tal vez, realizar aquí mismo un sortilegio puro, convertirme en árbol; sí, anhelar ese final soñado, concretar tanto estudio, a la luz oscilante de una bujía en un calabozo mísero, en un roble que abriera sus ramas al viento.

- Mas no. Perdí media vida en una injusticia, hagámosle justicia a la otra media.

Una rafaga conmovió un conjunto de hojas caídas que se esparcieron en el heno. Realizó entonces su promesa a la Naturaleza.

- Ni un segundo desaprovechado más, no existirá el cansancio, no habrá tolerancia ante la maldad, hostigaré a la mentira hasta recluirla en la boca de donde sale y coseré allí aquellos labios con hilo de cáñamo; que se aporte mi salud, mi conocimiento, lo que me reste de mi vida y mi calor en hacerte justicia alma mía.

31 de octubre de 2013

LÁMPARA DE SIMPATÍA



Para iluminarse,  Kvothe,  colocó la lámpara de simpatía sobre la mesa junto a unas gazanias y unos pétalos de flor de almendro descendidos  por la tormenta. Se desvistió sobre la capa cerrando antes todos sus bolsillos y, por completo desnudo, cruzó el río.

¿Habría quedado la pesada carga de su vida anterior atrás, tan sencillo sería? Intuía que no pero, en la otra orilla, la aventura comenzaba de nuevo, estaba preparado para las puertas de piedra.

30 de octubre de 2013

Dimorphotecas



No trajo el tiempo alivio alguno, ni reparo a la ausencia, ni consuelo a ese dolor que le nacía dentro de su oquedad torácica y se ramificaba por las articulaciones y empañaba la mirada como un río de aguas turbias que alcanza su desembocadura  en su estado más lóbrego. El tiempo, sí, servía para mudar las vestiduras arbóreas, sucederse las triquiñuelas políticas, para ver crecer a sus nietos adheridos a la vida como si esta no tuviera suficiente munición para  desarbolarlos acompasadamente.


Su único consuelo era el baño en las dimorphotecas, la inmersión en sus colores con los ojos entrecerrados, las manos extendidas entre el aroma acre, la caricia de pétalos en las yemas, recreando un tiempo fugado en su silueta perdida, en su voz suave, en su andar aristocrático, rememorando por unos instantes que el amor le fue concedido.

22 de octubre de 2013

AGRESTE




Cada vez que un anciano sentía próxima la muerte convertía en uno de sus últimos actos la siembra de un árbol en las montañas. Era todo un ritual de despedida para la familia, bebían desde las primeras luces y bailaban hasta caer rendidos al ocaso. El viejo, sentado en algún tronco sin musgo, enfermo y feliz, entregaba a sus descendientes un puñado de tierra y un vaso de agua cristalina, de esa manera quedaba encomendado a ellos el cuidado de ese postrero símbolo de vida, si bien lo habitual era que, con el paso de los años, lo acabaran dejando a la magnanimidad de la naturaleza. 

Aquellos árboles bien criados en las primeras etapas de su vida crecían tupidos en la falda de la montaña, dándose compañía, alfombrando el bosque.

Sin existir norma escrita, los ancianos sin familia sembraban los suyos en las cumbres. No existía ritual, nada se bebía, ninguna música sonaba. Era un acto íntimo con la naturaleza, la entrega de unas plantas a los elementos que las retorcían tanto como a ellos la vida. Adquirían un aspecto asalvajado, como sus rostros estriados. Envolturas de corteza desteñidas por las tormentas, troncos encorvados por el viento, arrugas cuarteadas en una vida de silencio, limosneando palabras.

Acercándote a cualquier pueblo de la comarca de Gertiz te bastaba con ver las cumbres para adivinar la forma de aquella sociedad. Su número de solitarios. 

Mirando cumbres, de un vistazo determinabas, de aquella sociedad, lo agreste.