4 de julio de 2015

Hojas del mismo árbol

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Conoció a la analista de sistemas por indicación su jefe para llevarla al trabajo. Se gustaron nada más verse. De regreso de un día arduo él quiso enseñarle los jardines. Pasearon bajo un cielo de tonalidades malvas. El otoño gastaba sus lápices de colores, de los árboles aún se deslizaban hojas como de cuero. El viento las amontonaba.

- No han tocado la tierra, ni siquiera son materia, pertenecen al mundo del aire y los sueños. Si agarras una antes de tocar el suelo podrás pedir un deseo, dijo.

La vio corretear como una niñita alegre dando grititos persiguiéndolas hasta que se hizo con una que guardó exclamando triunfo.

Al despedirse en las puertas del hotel sus manos quedaron prendidas un tiempo. A él le atrajo los hoyuelos de sus mejillas, a ella la tristeza en sus ojos.

Se separaron allí.

Transita ahora por aquellos espacios que hablan. Cuando agarra una hoja sabe que pertenece al mismo árbol.

Ella ha visitado dos ciudades europeas más y ha desarrollado una aplicación nueva. Desde donde desayuna se ve una bahía brillar. Las gaviotas están paralizadas de frío. Abre un libro. La hoja de arce sirve de marcapáginas. Pasa las yemas por su contorno, “me debes un deseo”, le dice.

25 de junio de 2015

Vendedora de sardinas entre lavandas

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Vendía sardinas que parecían plata en Ponte de Lima. Sus manos hacendosas no paraban, en su mirar fogoso había un recelo del mundo, una desconfianza con las notas tiernas de una infancia sin cariño ni descanso.

La vi tres años. En los sucesivos por la puerta entreabierta resaltaba una báscula de bronce en la penumbra. Bolsas plásticas, el viejo aparador acaparando polvo. Su ausencia.

En las fijaciones de turista todos paseábamos por aquel arco medieval, ascendíamos al torreón y merodeábamos en su portal.

Las lavandas siguieron floreando.

Todo parecido.

Casi.

A mí aquel rincón me pareció desde entonces definitivamente huérfano.

7 de junio de 2015

Avena loca

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Sabemos que la avena no se hizo loca en una tarde y que llegó a la demencia por el sofoco de las lindes. Para loco - piensa ella - ese sol alborotado que les roba sus últimos jugos para treparlos a las nubes y formar lluvias con reminiscencias silvestres: chaparrones de romero y malvavisco, aguaceros de menta y salvia, que caerán a miles de kilómetros y se emboscarán a las mentes lógicas o demasiado ofuscadas y serán, sin embargo, muy perceptibles a los que se absortan mirando la llama de una vela o creen que la realidad es un retazo de sueños por venir.

Sencillo será pensar así que esas gotas colmatadas en el paraguas que forman regueritos fueron una vez la savia que hizo verde a un manojo de avena fatua que un chico vio en uno de sus paseos por Aranjuez.

10 de mayo de 2015

Niños robados

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Gafas de sol, sacarosa de absorción rápida, auriculares y baile de cifras al salir, 41% carga del móvil, glucosa 156, pulsaciones 62. Dejo atrás el kilo de llaves que crea esa quimera de posesión material. ¿Antes no era todo más sencillo? Nada más salir a correr Loreena McKennitt entona Stolen Child. La desgarradora canción se abre y se cierra con unos ladridos buscando al niño robado. Tan reales que oteo no se me venga un chucho. Algo me pulveriza por dentro escuchándola. “Él no escuchará más el mugido de los terneros en las ardientes laderas o de la tetera en la cocina”.

Corro en un mundo que se marchita lento, un camino de espigas doblándose, de pétalos de amapolas acogiendo al sol, estelas de baba de caracol reluciendo como plata en el suelo. Cruzo un polígono industrial para subir al pinar. En la parte más elevada tengo dos árboles, viejos camaradas a los que suelo visitar. Eso me hace recordar la encina gigantesca que me enseñaron mis amigos hace una semana. Amor a primera vista, cómo me conocen.

En el regreso a casa recuerdo que hace diez años, por estos procesos difíciles de explicar, ofrecía el esfuerzo de estas carreras para que mi sobrina recién adoptada y con problemas de salud saliera adelante. Es hoy una adolescente preciosa. Habrá niños robados y otros que se restituyen con afecto.

Llegando a casa la hipoglucemia pinta destellos en la vista perimetral similares a quemaduras en papel. Más cifras, pulsaciones 115, glucosa 46. Sudor, galletas desvencijándose en café, no me ha dolido nada el pie. Antes era todo más sencillo.

Es domingo, las 9:30.

Foto: Ana Morales, de fondo la encina probablemente más grande y vieja de Europa.

16 de abril de 2015

La mirada de la tortuga

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Un sopor, la bajada de los párpados en un leve desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado. Eso es lo que te provoca y todo lo que necesita la mirada de Bazil para extraerte tus secretos más íntimos y comercializarlos. Amarás a tu esposo pero él sabe que cortejas al carnicero, conocerá el tamaño de la piedra que esconde tus ahorros, la mentira de tu pasada vida que sustenta la nueva.

Se exhibe por las plazas y los mercados con la estrategia de adivinar números o naipes de barajas infinitas, le miras fijamente, imaginando el dos de picas que ocultas bajo la mano cuando viene un adormecimiento  y antes de abandonar el lugar lo sabe todo de ti y siempre encuentra compradores interesados en tabernas a las que nunca pasa desde que una adivina despechada le dijo que el final de sus días vendría cuando una casa se le cayera en la cabeza.

Bajo puentes o al raso duerme, cada poco cambia su nombre, su aspecto, anda incesante sin regresar a los lugares que deja atrás y ni él sabe qué hace con tanto dinero.

Ahora en Ponte da Barca le circunda una avenida empedrada repleta de sauces y transeúntes, en los cielos enormes rapaces acechan, desde las tiendas le miran curiosos preguntándose si participar o no. Le dijeron que ese joven de enfrente guarda el tesoro de una antigua herencia. Le mira fijo, prevé la bodega, dónde está oculta la llave, el amparo que las vigas dan a todo oro y antes de que su sonrisa se defina recibe el golpe de la tortuga.

Se derrota en el pavimento con la crisma rota. El gentío mira a los cielos y  al suelo preguntándose qué ha pasado y cómo fue. 

Bazil no.

Sólo ve una pequeña morada y dentro un bicho de cara arrugada, de ojos asustados.

Más tarde un sopor, la bajada de sus párpados en un desvanecimiento, la embriaguez de un pensamiento raptado.

2 de abril de 2015

El prodigio de la lluvia en la noche

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El sesgo del sol arrancó las sombras de los perfiles. La decadencia las inflama por los suelos. Poco después se acurrucaron sin aguardar nada. El gris sofocándose en el dominio de un negro intenso.

La ciudad parece la obra de un taxidermista sobre la que se asienta ceniza.

En los sonidos hundidos el viento susurra melodías pretéritas. Al crecer su ulular somete a la vegetación. Nubes invisibles instilan gotas turbias. Cada vez menos turbias, cada vez más puras. Cuando el viento se retira queda esa lluvia dócil y proporcionada como si siempre hubiera estado ahí.

22 de marzo de 2015

El baile de la urraca


Es domingo, como todos los domingos del mundo el vuelo de un pájaro cruza una ventana y descubierto desde abajo dibujará un fugaz trazo de palitroque. La vista asomada al cristal vaga del verde voraz de la hierba a los árboles que la lluvia difumina a lo lejos y que parecen conservados en glicerina. La calle, sin transeúntes que distraigan el recogimiento dominical, se sostiene en una cadencia de piano.

Melancolía sublimada salvo por una urraca que ajena a este mundo, desde la rama de un pino, juega a saltitos locos, grazna, se revuelve traviesa, pone sus ojos en mis ojos, me dedica una especie de paso de baile de la lluvia. 
Sonrío.

3 de marzo de 2015

Equilibrio

 

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A las puertas de la primavera fue. Hoy hace un año del brazo roto por la caída de la bici. Lo celebré, quise hacerlo, rodando en el mismo lugar, bajo la misma lluvia incipiente que dibujaba mapas en el asfalto, tomando un delicioso café con cruasán en el bar más cercano. Era un buen momento para que la glucosa esperase. Algo trivial y pese a ello, con esta mínima e íntima celebración, me he sentido el restaurador de un equilibrio.

18 de enero de 2015

El ángel exterminador

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Érase una princesa que parecía tallada en mármol, suave como una tormenta y esbelta como un junco. Lejos de las atribuciones supuestas a su rango y género se dedicó a practicar arco. En torno a su castillo, asentado en unos riscos, florecieron aldeas de labriegos que sembraban los campos de trigales que ondularían en el viento. Algo de ganado paciendo alegre, un molino cadencioso y pobladores que silbaban felices al regresar de los campos. Todo era armónico hasta que desde el norte, superando las montañas, unas hordas bárbaras acabaron con todo. Quemaron las casas, cada habitante conoció la espada y la princesa fue emboscada y asesinada sin piedad.

Después nevó en el final de una era.

Esto no puede ser más gritó Doña Flora y del sofocón no comió en dos días. Se puso a ello haciéndose con cuanta información pudo, tomando notas  dibujando esquemas como en su época de costura y calceta.

Érase una princesa de jade, agria como una ventisca que pica como un mal escorpión, escoltada por dragones comprados en las remotas tierras de la lava. Los campesinos cultivan dentro de empalizadas, el molino lo custodian lanceros curtidos y los cánticos bélicos de los guardias sustituyeron silbidos ingenuos.

De manera lenta, mientras le pone un par de campurrianas a su marido para que se duerma y le prende la tele para que, al despertar, cualquier partido de segunda regional lo embobe, Doña Flora, desde la mesa camilla, con su gato Caruso en el regazo, enciende el regalo de su hija y se hace, en el juego, con un nombre y un Imperio a la manera de las grandes potencias: combinando tecnología y ausencia de escrúpulos para confiscar recursos.  Si las hordas superan las montañas, pobres de ellas.

Algunas veces por el chat interno del juego algún crío coquetea:

- Hola, soi Luis , tengo 14,  soy alto y wuapo, eres rubia? ke haces

- Soy gorda, de pelo blanco y lo que haré será masacrar tu civilización como un ángel exterminador.