29 de diciembre de 2011

MEMORIA DE LA LUZ



Había heredado el cuaderno, no sabía bien bien porqué.
Cuando ya había cumplido los siete años, y su bisabuela le sorprendió escribiendo, cosa que no le gustaba hacer en público, le llamó y le entregó aquel ajado cuaderno de tapa dura con un numero en la portada, el 99.
No le gustó mucho ni que le viera garabateando sus primeras palabras con una letra casi indescifrable: los otros niños escribían tan bonito, tan redondo…, ni tampoco recibir aquel viejo cuaderno. Algo le decía que era más que un regalo.

La Bisa, como la llamaba entonces, era una nonagenaria espigada y rápida, tenía los ojos de color violeta y la tez blanca, casi transparente. Su pulso no temblaba como el de la abuela al anotar los recados para la maestra. Tenía una letra elegante y delgada, vivo reflejo de su figura.

Cuando iba al pueblo, en verano a horas más tardías y, por las fiestas de navidad cada día más temprano, veía la Bisa interrumpir lo que fuera que estaba haciendo, buscar el cuaderno y mirar hacia el poniente, el naciente y la bóveda celeste. Durante un par de minutos, a veces menos a veces más, principalmente en invierno o en las lunas llenas del estío, se ponía a redactar frenéticamente en su cuaderno, para después guardarlo no se sabe dónde, y volver como si nada a la tarea interrumpida.

Nunca se atrevió preguntar lo que escribía, aunque le picaba la curiosidad. Creía que los demás ya ni se daban cuenta de un hecho que se repetía día tras día y era algo tan incorporado a lo cotidiano como dar maíz a las gallinas o buscar el pan por las mañanas. No era un misterio, simplemente no era cosa suya ni de nadie.

Sin embargo, pudieron más el rubor y la vergüenza al encontrar algo confidencial que afectase a su familia, como algún secreto de estirpe en el cuaderno. Por eso fue abandonado como una excentricidad que pidiera ser apartada de la vista. Ni siquiera fue abierto cuando su bisabuela abandonó este mundo, ni cuando se conjugaron los mejores momentos de lectura, una convalecencia hospitalaria o el aburrimiento en las tardes de invierno. Pasó las décadas juntando polvo junto a los apuntes de la universidad en el sótano del olvido.

Una mudanza cuando era ya un adulto lo trajo de vuelta. “Qué si puedo tirar estos papeles” decía un obrero sosteniendo precisamente el cuaderno en su mano enguantada.

Recobró su vida en un ático sin muebles mientras afuera la lluvia se deslizaba sobre el emparrado. Le asombraba que en el cuaderno apenas hubiera intimidades. En realidad se trataba de un diario que refería la “Memoria de la luz sobre las cosas”, un espacio donde con gran despliegue de adjetivos describía la luminosidad de cada momento, tan solo a través de una lectura entrelíneas podía intuirse el estado anímico de su escritora. Buscó la fecha de su nacimiento esperando encontrar una clave. “Me galantearon los cielos hoy, me volcaron furiosos rojos y naranjas, colores masculinos y sé la razón”. “El primer crepúsculo de mi bisnieto tuvo una aureola encendida que se fue desvaneciendo en violetas. Registro de crepúsculos 18/02/1959.” La última línea del cuaderno, unos días antes de su muerte era reveladora, “ahora me tocará llevar un historial de penumbras”.

Meditó y sostuvo un tiempo el bolígrafo como una batuta. Después anotó en el cuaderno su primera entrada: historial de luces, informe de amaneceres, entrada 1, día 12/12/11.
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Memoria de la luz nació de un comentario en Facebook realizado, mediante escritura automática, por mi amiga Gárgola. Una divagación en torno a una foto suya con la idea de que alguien lo continuara, cosa que realicé al día siguiente empleando la misma técnica. Fue un agradable paréntesis en un día muy ocupado. Que el escrito guarde sentido se debe, sin duda, al pulimento que Rayuela, le dio al texto. Sirvan estas palabras para expresarles, a ambas, todo mi agradecimiento.


Autora de la foto: Dora Kelvin 



17 de diciembre de 2011

UN RASTRO EN LA PAJA




I
Llega el rumor. Asciende las suaves colinas de Cafarnaum y flota sobre las mansas aguas del lago para afirmar que ha nacido un Dios con forma de bebé y que lo hizo al sur, a siete jornadas y en un establo. Algunos aseguran que un ángel se lo comunicó. Él chico solitario no les cree.
Esa noche no duerme, besa a madre sin despertarla, le cuchichea algo, y abandona la casa.
Su nombre no viene al caso. Satisfagamos la curiosidad añadiendo que es tartamudo, tiene catorce años y quince cabras heredadas.

II
Hemos dicho que su nombre no viene al caso, tal vez sí su mote que nos muestra su habilidad, le llaman Guijarro pues llama a su rebaño chascando dos piedras de río: el grito que le falta a su garganta, de él se sirve y sus animales lo entienden.
No está solo, son muchos más los que van a Belén de Judá. Él prefiere no integrarse. Por timidez e inseguridad permanece al margen de las canciones de alabanza, de las hogueras con las que se templan y que llenan los cerros de puntitos naranja. Todos le llevan presentes, él no tiene nada.


III
Camina de noche compartiendo pasos con una estrella. No sabe quién sigue a quién. A veces, según sea la brisa, el sereno trae olor a tomillo y espliego y hace olorosa la penumbra.
La vida se hace sencilla y por lo tanto hermosa; se resume en el camino, la estrella, la esperanza. Todo lo que queda al margen le parece menudo y accesorio.
Hace ramilletes de aromáticas. Ese será su regalo.

IV
Un amanecer al asearse en un aljibe ve a una joven recogiendo agua. La observa sin ser descubierto. Al  inclinarse un mechón se escapa y es llevado al redil por la mano izquierda. Vuelve a liberarse y de nuevo la mano le reconduce a la cabellera. Su corazón se acelera, siente una inmensa alegría que se transformará en tristeza al irse. Querría estar viendo ese juego del mechón y la mano hasta la conclusión de los tiempos, querría verla siempre, que esa joven fuera la cara del amanecer y de la noche, la llama que prende, el pan del día, el aliento, el consuelo.

V
Un extraño sueño. ¿Y si esta historia, su vida misma y su camino, fuera conocidos muchos años más tarde? Ajenos ojos que le mirasen desde la profundidad de los siglos, en un mundo distinto sin considerarlo ridículo, sin importar que las palabras no le fluyan. No sería compasión, sería entendimiento. Piensa si, en esa mirada de los observadores, del tiempo estará la huella de este Dios al que visita.

VI
Todo esto aconteció en un tiempo en el que la Palabra no estaba dicha y no estaba interpretada. No existía la cruz, nadie se persignaría en el pesebre y nada debía ser redimido. Siempre habrá un misterio en todo lo que se va y un milagro en todo lo que nace y allí se extinguía el tiempo viejo de los profetas y el Dios vengativo. Y nacía una esperanza.
Con la perspectiva las historias ganan aristas y se llenan de filos cortantes, ahora no es el caso, sólo estaba la quietud del momento, la idea de un Dios que quiso hacerse un igual y siendo niño lloró buscando a su madre y al revolverse dejó un rastro en la paja.

VII
Paz. Resplandece el crepúsculo como si no hubiera otro. El establo se afianza con adobe y tablas sobre una cañada y por dentro unas teas lo iluminan. La gente sencilla, los pastores y los canteros, los arrieros y los campesinos descienden cantando en señal de gracias. Guijarro tiene miedo de imitarles y que las palabras se atranquen. Por eso, sin sacarlas del zurrón, golpea sus piedras, con suavidad, acompañando, como cantando. Deja las aromáticas en la entrada y muy emocionado mira en todas direcciones, incluso hacia su interior.

11 de octubre de 2011

Isla del Alma de Mármol




1.- Se precintan los espacios de La tierra de los árboles y Frondosidad hasta que los cargos de ampulosidad y retoque extremo que pesan sobre su autor se resuelvan. Se le restringe la libre circulación de sus ideas, de momento se le permite posesión de lápices y  cámaras.

2.- Se convoca concurso-oposición de Conjurador de Nubes. Salario a comisión por nimbos avistados y conteo de gotas de lluvia. Nota.- urge. Abstenerse Inundadores de Planicies.

3.- Se conmina al otoño a presentarse aquí de inmediato y asumir sus funciones ordinarias. Si en plazo de diez no comparece será sustituido por la estación siguiente.

4.- Por pernicioso queda sustituido el visionado de periódicos, incluidos titulares, y telediarios por libros de temática libre de autores fallecidos o en vías de ello.

5.- Se alistan palabras frescas, por favor, acudan en un determinado orden que tenga sentido.

Todo lo cual queda expuesto en el Ayuntamiento de la Isla de Marmor Anima para obligado cumplimiento hasta que este edicto sea derogado, caduque, sea sustituido por otros mundos o la ausencia tome sentido. Gracias a todos.

1 de octubre de 2011

El héroe relativo y el alcalde extraterrestre

Ramas de sauce columpiándose.Sucede que disfruta  unas cervezas para rumiar el desaliento agazapado en los titulares de los periódicos, la gota calando un día tras otro, sucede que el tabernero es generoso en las tapas y el mundo entre amigos camufla sus rincones de padecimiento y con las ocurrencias de unos y otros le aflora la risa entre pinceladas de olvido, todo esto y más sucede en la terraza de sillas de aluminio cuando estallan los cristales del tercero y en la balconada de enfrente, en una escena que parece un incendio irreal, y no lo es, se ve gritar a un niño.

Sin medida de riesgos, antes de que se piense, con la croqueta a medio tragar, se descubre escalando una reja, saltando entre barrotes, asiendo y soltando herrajes, haciéndole pulsos al hierro sin mirar abajo para acceder al balcón y asir al niño mientras feroces columnas de humo denso abandonan la casa. Es entonces, al descender con el crío enganchado a mochila, cuando percibe, entre el crepitar, un fino aullido.

Desciende y sin tocar suelo lo deja a salvo. Arriba de nuevo descubriendo a su corazón en una región histérica y ajena a su ser, un órgano descordado y como ajeno por miedo o cansancio. Entra al domicilio tapándose con la camiseta. Hay una coral en las combustiones, un retorcimiento sigiloso de los objetos plásticos, un rugir vehemente de abrasiones en los muebles, la hosca protesta de las palabras en la ceniza de los libros, la calcinación discordante del sofá expeliendo bocanadas de humo negro y a ras de suelo, en sordina, un grito agudo que encuentra sin percibir la llama que lacera su costado. Le abren espacio cuando le ven bajar tosiendo, manchado de efluvios de hidrocarburos, y con una niña en brazos. Al entregarla percibe el huir de su conciencia y es entonces cuando alcanza a escupir la croqueta y la mueca que intenta hacer, al ver a los bomberos acordonando la zona, queda esbozada en un desmayo.

Al despertar en el hospital, días más tarde, no sabe todo lo que se habló de él, no es consciente de las fotos, ni de los huecos hurtados a la economía rota, tampoco de los tensos debates en el Ayuntamiento en la duda del reconocimiento que merece. Medalla de la ciudad, para unos, acreditación de mérito civil para otros. Sin embargo, en los despachos forrados de roble de la alcaldía, acaba imponiéndose que ninguna pues le reconocieron entre los acampados de la plaza unas semanas antes, uno de esos indignados que a medio afeitar clamaba contra ellos, que les llamó chorizos, que pidió una democracia nueva y a la pregunta del regidor de “cómo toreo esto” no falta asesor, de gomina en lustre, que le persuada de que algo se les ocurrirá.

Aún ingresado, en una tele de monedas, con medio equipo médico al lado, ve al alcalde en rueda de prensa valorando su esfuerzo y eludiendo distinguirle con nada pues no puede hacerlo con quien tenía una tasa de alcohol en sangre de casi 0,6 g/l, algo superior a lo permitido en la conducción. No sería un buen ejemplo, dice, y que de ser héroe lo sería relativo, que también fue un temerario por no esperar a los servicios de emergencia. El médico apaga el aparato, frunce el ceño y se gira a las enfermeras boquiabiertas “tenemos un alcalde extraterrestre, una de esas cosas que ve mi hija, en cualquier momento muda de piel y se hace lagarto”, dice.

Ríe, como todos, y le regresa el dolor. Cierra los ojos y se esfuerza en componer una escena que le traiga el sueño: un chubasco, un cielo que se abre, un sol tibio, brisa, cascabeles en las espigas, columpio de ramas de sauce.

12 de septiembre de 2011

MEMORIA DE LO EFÍMERO

Minúsculo

Querida sobrina, viniste al mundo un día convulso donde las noticias pugnaban por apropiarse de las cabeceras de los diarios. Grecia, las bolsas, un accidente nuclear. No quiero dejar esta huella, muchas de estas realidades nos vienen dadas y siempre podrás consultarlas.

Sí, quiero registrar la memoria de lo efímero pues aprenderás que en lo fugaz, sabiendo apreciarlo, reside la excelencia de la vida. Decirte, por ejemplo, que al ir en trabajo en bicicleta vi ondularse resplandecientes hilos de araña prendidos a los álamos, que la nervadura de las hojas comienza ya a transparentarse y mudar de color, que en algunas plantas, minúsculas y achicharradas, la luz incidía de tal manera que se tornaban bellas y alegres, que el día que naciste no hubo nubes y la puesta de sol tuvo frágiles tonalidades violetas…

Querida bebé, dejarte el registro de la dicha que nos trae tu irrupción es algo que te demostraremos con tiempo. Tan sólo reseñarte, lo irás viendo, que la mayoría de las cosas fracasan por falta de amor y fantasía. Bienvenida, Paz, a un mundo en el que ninguna de estas cualidades te será escasa.

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Hoy, precisamente hoy, La Tierra de los Árboles cumple 5 años y no hay mejor motivo que dedicarle esta entrada a mi sobrina pese a lo espeso que me siento por el gripazo que tengo encima.

Gracias a todos por su compañía y posibilitar que este espacio dure tanto.

21 de agosto de 2011

SEÑALES DE HUMO IV y final

3358000686_6ae406f8c5_b-2Preparábamos la barbacoa en la terraza con Sinatra soltándole matices al anochecer de un cielo aún azul donde nada más refulgía Sirio y la brisa del Montgó esparcía las chispas del carbón que crepitaban en el aire y ascendían como ínfimas y candentes estrellas fugaces que quisieran aunarse a la inmensidad de ese cosmos.

Fue entonces, Pedro, guárdalo para siempre, que dirigiste la mirada al embarazo en sus etapas finales de tu hermana y pensaste en esa inconcebible cantidad de materia yerma expandiéndose y rotando en el universo y en la posibilidad de un vientre como alternativa a todo lo que no es. El desperdicio de la vastedad de esos mundos sí el milagro de la vida no existiera, ni fuera jamás posible.

14 de agosto de 2011

SEÑALES DE HUMO III

Iglesia con acebuche a la izquierda

Esta podría ser la historia de un tomate que nunca conoció plástico y, sin duda, a través de extraños y sibilinos derroteros alcanzó mi paladar para dejarle gloriosa huella o la de una niña gravemente enferma que comienza a comunicarse con las flores; pero no, lo primero aconteció en un restaurante popular de Portugal llamado O Lagar y lo segundo precisa más tiempo para el arraigue en mi imaginación.

Así que ciñéndome al espíritu de estas señales de humo estivales será la historia de unos parroquianos del país vecino que degustan unas cervezas demorándose en los tragos y en la conversación para hacerle el juego al declinar sumiso de la tarde. Véanme irrumpir entre ellos por sorpresa corriendo. Sus miradas me enganchan. Me corto y continúo mi trote. Para ellos soy estrambótico: correr con tanto calor y en subida. Para mí son una señal, un hito en mi carrera que evite perderme en la maraña de calles. Dalia morada, las calabazas enormes, curva sombría... y ahora, los parroquianos tranquilos.

Asciendo una colina en cuya cima despunta una iglesia tras un séquito de viñedos. Al alcanzarla el bronce de sus campañas estalla y reparte su estruendo por el valle. Llaman a misa y desde donde estoy alcanzo a ver el trasiego de las gentes como minúsculas hormiguitas por todo el valle. Tomo una hoja de uno de los acebuches que flanquean un lateral, la mordisqueo. Y no hay más, nada más en la memoria de aquella tarde, que mi carrera de regreso. Recuerda, Pedro: bosque a la izquierda, parroquianos tranquilos, dalia morada, kiwis, curva sombría, calabazas y casa rural.

Bosque

Parroquianos

Dalia morada

Kiwis

Curva sombría

Calabazas

10 de agosto de 2011

Jimmy en Salamanca

Salamanca y huerto de La Celestina.

No fue hasta media mañana que soltó el brazo de su madre y lo que, hasta entonces, podía ser un buen día comenzó a serlo. Brillaba la ciudad de Salamanca como refulge lo bello y, Jimmy, por fin olvidó a la Sra. Hopper y a sus compañeros del Centro de Trastornos Mentales y su madre se convenció de que, empacar cuatro trapos, dejar Denver e ir con la familia, incluido el pequeño, de vacaciones fue la mejor decisión.

Aquel detalle del brazo desasido y su hijo explorando por si mismo el mundo, arrinconando el autismo y relacionándose con sus hermanos, la emocionó. Más aún al reencontrar su sonrisa, tan infrecuente, al ver como un mimo imitaba a los viandantes o al descubrir las miradas que soltaba a las chicas, que por algo tenía dieciséis años.

Después, cuando el atardecer esparcía en las fachadas de piedra la sutileza del día, hubo de ponerle freno y no detallarle los ingredientes de ese plato, morcilla, que con tanta fruición ingería. Existió un helado de chocolate, fotos como las otras familias y un paseo por la ciudad iluminada para encontrar una rana de piedra y al irse a dormir temprano, pues en la mañana siguiente debían tomar un avión en la capital, la madre sintió un desprendimiento en capas de lo efímero y lo insano y, en silencio, con honda satisfacción, le vino el llanto.

 

Unos gritos en inglés desgarran la noche.

- Quiero quedarme, no me iré a ningún otro lado.

Una voz femenina intenta rebatirle sin éxito.

- No, no, no.

Me despiertan en la habitación del hotel. Al asomarme a la ventana vislumbro en la penumbra un autobús con personas impacientes y a unos metros de ellos y, en cierta manera, en los márgenes de ellos, a una señora que se acerca a un joven.

Se funden y se quedan callados.

7 de agosto de 2011

Señales de humo II

Tiendas OmahaOtra incursión al amanecer bordeando un inmenso bosque. De la espesura escapa el graznido de un cuervo y cada cuanto el mugido ceremonioso de una vaca.

Dispersión del sol de primera hora que estira mi sombra sobre pasto seco y matas de espliego y tomillo. Rachas de viento fresco y resinado. A veces los sonidos se sosiegan tanto que creo que si me detengo escucharé el bombear de mi sangre y las minúsculas combustiones que aportan la tibieza de la vida. De ese aturdimiento me sacan multitud de pequeñas y gráciles mariposas que juegan conmigo y me acompañan.

TorcaCallejones de Las Majadas

Árbol partiendo una roca enorme

Cuenca es la cama deshecha de dos amantes telúricos. Pliegues de sábanas pétreas entre rebeliones de vegetación imposible y luchadora. Puede que por esto último me guste tanto.

1 de agosto de 2011

Señales de humo I

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Al salir a la calle los últimos juerguistas apuran churros aguados y aunque llevo un desayuno de Jaén entre pecho y espalda siento hambre. Desayuno típico, pan, jamón, queso, bacalao, tomate y por supuesto aceite de oliva.Durante un segundo nuestra mirada se llena del asombro de vidas paralelas como especies de animales nuevos que se escrutan en la sabana. Nos saludamos, ellos con la ronquera de su voz pulida en esfuerzos nocturnos, yo con la de mi modorra. Tras la noche de fiesta el pueblecito tiene algo de papel de regalo roto. Enfilo mi paso hacia donde quieran mis pies. El sol que nace peina con potencia de cepillo de púas las lomas. Sin percibirlo el camino escogido es una barranquera en la que de niño jugué mucho a vaqueros e indios. A mi mente acuden ciertas escenas, determinados parajes grabados a cincel, filigranas de recuerdos.

_7316287-2A media subida descubro a una liebre mirándome, disparo sin enfocar. Para mi sorpresa la capturé erguida, casi suspendida en el aire. Ay, con un zoom mejor que buena foto hubiera sido.

Prefería ser un piel roja. Entonces no sabía el motivo, ahora sé que es porque estaban más unidos a la naturaleza y se comunicaban con humo y sus nombres tenían poesía, nube gris, trueno que no cesa. Algunas fotos más con el obturador casi siempre a 1000 por la cegadora luz. A Jabalcuz que la calima pinta de rosa, al oppidum de Venceslá, a Berrios, a lugares resecos para usarlos como texturas.

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La paz se quedó dormida allí, me conmino a regresar con más tiempo. Las higueras están saqueadas por abajo. Con mi envergadura no tengo problemas en hacerme con un par de kilos de higos frescos. Tristeza de no poder probarlos. _7316301Con tan preciada carga emprendo el camino de descenso más directo. Por la mitad la senda está arada, no existe, desaparece. _7316289

Han borrado las rutas de mi infancia. Camino entre terrones calizos hasta una granja privada.

El dueño observa mi pausado allanamiento. Intento presentarme quitándome las gafas de sol, baldío esfuerzo, me conoce, se trata de un compañero de infancia al que hace décadas que no veo. Me dice cómo salir de allí. Cuando me largo percibo que no estrechamos las manos, ni intercambiamos los mínimos fundamentos de la educación. La timidez es el más estéril de los vicios.

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A manera de modesta y breve ruta fotográfica.

28 de julio de 2011

In lumine

Me largo de vacaciones, me voy a la luz, in lumine. Como siempre con más proyectos que tiempo, decididamente me sobran ocios. Esto no quiere decir que mis espacios queden más abandonados de lo habitual, que es mucho. Puede que sí y puede que no pues, siempre al contrario que los demás, en la holganza suelo exigirme y por ello en un buen lugar de mi equipaje irán un cuaderno nuevo con la intención de usarlo mucho, la cámara y mi ebook a rebosar de lectura. Además tengo un pacto de caballeros con un buen amigo para escribir mucho en el estío.

Viajar en lo exterior y aprovechar el viaje equivale a viajar por nuestro interior. Ojalá ustedes, buenos amigos, vean los frutos en breve y les guste.

Gracias por acompañarme, son muy importantes para mí.

27 de junio de 2011

El raro privilegio de no ser humano

Mar

Ser humano es conocer la futilidad de la acción, la inutilidad de todo esfuerzo, formular perpetuamente preguntas sin respuesta. Y, sin embargo, esperarlas y replantearlas a diario. Ser enteramente humano es buscar certidumbres sabiendo que no llegarán, que aunque lleguen no las entenderemos y que aún llegando y entendiéndolas, no podremos comunicarlas.
Por todo lo anterior, ante todo, ser humano es perseverar y perseverar en lo que nunca comprenderemos.

Y cuando me canso de ser humano mi imaginación me disfraza de formas nuevas. El raro privilegio de lo mineral, la sagrada unción de la flora y la fauna, furtivas metamorfosis de la noche cuando abandono mi forma humana, que se rehace en la mañana frente al espejo.

El regresar del reflejo de un hombre inquieto y cansado. La tenacidad, la constancia, de nuevo.

Nada más.

23 de junio de 2011

Equilibrio

Trigal

Sonrío al calor
en las comisuras de
su pulpa fresca.

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Nieva

La fría nieve
hermana a la quietud
con el silencio.

20 de junio de 2011

EL FANTASMA DE NUMANCIA

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Hazte a la idea de que la noche viene desangrada y el amanecer es una herida abierta en el fuego de Numancia. Y ahora imagina los suicidios de la rendición entre los atávicos cantos de una loma mellada de hambre, la rala vegetación comida con impaciencia en sus primeros brotes, retamas desarraigadas, muros lamidos, cabezas de cantueso tragadas sin agua y Escipión y toda Roma aprendiendo el liberar de la muerte y como no tendrán apenas esclavos y ahora, fija tus ojos en mi traición, en la daga con la que arrebato la vida a mi esposa y en el temblor de mi mano al acercarla al pecho, en el caballo, el único que no nos hemos comido. El mismo que monto y huyo entre impávidos soldados.

El dardo que me alcanza me hace menos daño del merecido.

Hazte a la idea de que no escapo del espacio. Lo hice del tiempo para alcanzarte y llegar a ti, indeciso ser de imprecisas letras, para que expandas mi cobardía y como desde entonces un justo dios me hace vagar por penumbras sin límite con la memoria llagada sin que el hierro que me acabe visitara la fragua ni la tumba en la que repose conozca la pala que la excave.

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Foto de Segóbriga en HDR. Con este relato breve me quito una espina.

12 de junio de 2011

Las alas incandescentes de Doña Régula

Anciana[10] Todo en la vida de Doña Régula habita en la desmesura: su gato, barrigón y abotargado, la osteoporosis senil que la hace sentir que al anochecer las rodillas estallarán sin remedio y astillas de su rotulas tachonarán el papel pintado de las paredes y el desapego de su única hija que tan sólo la considera para entregarle cada mañana a su nieta.

Doña Régula pensaba que a la vejez se llegaba a saltitos de gorrión. Ahora está convencida que los suyos los ha dado algún pajarraco mucho mayor. ¿No fue ayer mismo cuando subía las escaleras con la compra y ahora se salta comidas por la fatiga? ¿No fue esta mañana cuando la risa afloraba sin esfuerzo y, entonces, a qué muestran ahora estas arrugas una vida de padecimientos?

Sin religión, ideología ni canal de televisión que la sostenga lo suficiente a Doña Regula le gustaría consolidar a la figura de su nieta como el último sustento de su ser. ¿Es esto cierto? Desde luego la niña vive en su corazón pero acaso no comparte sitio con esos retoños de geranio que, despistados, tardan en concretarse en flor, con la luz que atraviesa sus visillos al amanecer y riega de amarillos la mesa camilla o con tantos otros aconteceres.

El devenir de las horas del día le suponen un abandono de la existencia y las penumbras le acercan lo suficiente el disparate de lo humano como para que por su cabeza pase el atajo a lo seguro, un trago de lejía, un salto por la ventana: hacer suya la última mueca burlona a la huesuda de la guadaña.

Cuando el dolor es incomparable y se vence en la cama convertida en un conglomerado de rescoldos, el pálpito de la noche levanta un trémulo viento en algún lugar ignoto que le conduce el fénix de la vitalidad, la insuflada fortaleza de la semilla y el bullir del alba la descubre con voracidad adolescente, acometiendo las tareas como una criatura mitológica recién fundada, con la sonrisa pícara fijada al rostro y las pupilas escrutando ínfimos prodigios habituales y cada vez que su hija le entrega a la nieta sin permiso, sin las gracias anticipadas, presiente al mirarla la inquietante y poderosa fugacidad de unas alas incandescentes, un destello de brasas en el fondo de sus ojos y más tarde, en el trabajo comentará que su madre está como nunca que puede con todo, que no sabe de dónde saca las energías.

1 de junio de 2011

Advertencia por si alguno considera que el amor le queda a 880 pasos

Via verde del aceite Con el perfume justo y su porte acicalado, Don Fermín, cubre los 880 pasos que le llevarán a la cafetería donde le aguarda un café a 48º, tres churros de 40 gramos y los titulares del periódico matutino.

Serán 431 pasos, todos evitando las junturas del pavimento, los que le pondrán en su oficina. Allí ejerce su invencible rutina : verificar, sellar y ordenar impresos. Una y otra vez. Al alcanzar por la tarde el millar se libera de las gafas y, sólo entonces, considerando que alcanzó su habitual nivel productivo, reparte palabras y risitas entre sus compañeros que lo ven como el mayor de los tarugos.

En tan ordenada vida la incertidumbre le llegó a Don Fermín al descubrir que la cafetería, sin razón aparente, se había acercado a 802 pasos, setenta y tantos menos de lo habitual. ¿Encogimiento de las calles? ¿Tensión alta? ¿El viento a favor como los ciclistas? Y mientras medita esto, con un churro en la boca, advierte que, en esos días, el único cambio en su vida fue la irrupción, en la misma barra donde desayuna, de una señorita que degusta una infusión y lee concentrada. Apareció el día anterior al singular fenómeno del acortamiento y comprobó como su mirada se le anzuelaba en sus curvas.

Preguntando a sus compañeros de trabajo obtuvo dos respuestas. Casi todos los hombres decían “te has encoñado”, frase soez que no quería entender. Las mujeres, éstas con unanimidad, aseguraban que lo que pasaba es que le gustaba y que debía declararselo sin tardanza.

Y no la hubo. Al día siguiente tras 799 pasos - le mataba esa irregularidad – abordó a la señorita.

“Mire usted, señorita, desde hace tres días su presencia me alteró a tal extremo que alargué mis pasos una media del 9% por el ansia de verla. Ahí no es todo, los mil impresos, que superan un 38% la media de mis compañeros, los acabo una hora antes. ¡Imagine la ilusión si es usted la causante! Añadamos a esto que tengo una casa de 138 M2 y un apartamento en Peñíscola de 60 M2. Desconozco mis extractos bancarios pero hasta ayer eran de...”

Fueron sus últimas palabras. La señorita cerró el libro, soltó un par de monedas y se largó pidiendo clemencia al cielo para no toparse de nuevo con semejante lunático.

A Don Fermín no le quedó otra que seguir con su vida. Al inicio hubiera jurado que el bar la alejaron hasta las mil zancadas. No tardó en recuperar la normalidad. Ochocientos ochenta, café caliente y titulares en un periódico sobado.

Con el tiempo dejó de esperarla. No volvió a verla.

Jamás conocería que en el libro que con atención leía la chica un marcapáginas tenía rotulada una frase de un viejo cristiano de Hipona, "la medida del amor es amar sin medida."

2 de mayo de 2011

Carta a Da Vinci

(…) conociendo su intelecto me extrañaría que fuera el caso pero bien pudiera ser que la atroz mordedura del tiempo le hiciera olvidar a este su fiel lacayo pero sepa bien, vuesa merced, que por mi parte, jamás deslustrará los años que a su servicio estuve en Milán y Florencia (…)

Cómo olvidar aquellas noches al raso aguardando que el favor de las tinieblas nos permitiera brincar el muro del cementerio sin menoscabo para el desentierre de cadáveres, cómo olvidar aquellas plegarias por los finados que Ludovico siempre terminaba con su “L'anima a Dio, ma il corpo per fare una notomia!”. Aún recuerdo las inmersiones en vinagre para mitigar la fetidez de los cuerpos y como era tanta la abundancia en su compra que por la cantina di Manuela, creyendo que era para baño de pies, nació la extrañeza de que debiendo tener las extremidades más limpias de la Toscana, hedíamos sus sirvientes y usted mismo, a nido de abubilla (…)

No ha mucho que su Signoria Francesco di Giocondo me preguntó por usted, le acompañaba tan comedida como siempre su esposa Lisa Gherardini, a la que tutea ahora como Mona Lisa, y si bien no pude darle buenas nuevas recordamos los viejos tiempos de aquel retrato cuando no había manera de sacarle la sonrisa a la señora que tan melancólica andaba por quedarse casi calva con el nacimiento de Andrea. ¿Recuerda que ni con chanzas ni con alardes de laúd le arrebatábamos el ensimismamiento hasta que Ludovico, desesperado, se bajó las calzas y le mostró el trasero y como ella rompió a reír y desde entonces era verle y encenderse en risas su rostro y cómo su discípulos especulaban después que si significaba esto o aquello, que si dicha sonrisa trascendía al ser o a la materia. ¡Y cómo se divertía usted y se hacía el pícaro para no decirles que todo el misterio provenía de unas posaderas!

(…) o aquella vez que me dio numerosos vellones y las instrucciones de gastarlos en todos los pájaros del mercado con la condición de subir a la colina de Maiano y dejarlos de inmediato libres y quemar allí mesmo las jaulas y como lloré sin haber motivo que no fuera el regocijo de la algarabía de trinos que me sobrevolaban libres o las prisiones de mimbre hechas cenizas (…)

(…) los años me mancillaron, señor, no me quedan fuerzas ni descendiente que me mantenga, habito bajo el Ponte Vecchio y, si bien, esta misiva nace de la nostalgia de los tiempos felices no me vendría mal que su conocida magnanimidad me otorgara una consideración en forma de algunos escudos de plata para pasar mis últimos días alejado de la indigencia, pues la vejez me llegó sin aviso previo o fui sordo a sus indicios y ciego a los cálculos de su daño. Su gratísimo por siempre fámulo, Giuseppe Rusconi, en Firenze a 05/07/1519.

Fragmentos de carta muy deteriorada descubierta en el archivo de la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Nos consta que nunca llegó a su destinatario pues fue retenida por la censura y, además, escrita unos meses más tarde del fallecimiento de Leonardo.

Foto.- Hombre de Vitrubio, tomada de http://blogs.grupojoly.com/elprisma/2009/01/30/se-alza-el-telon/

(Pese al tono burlesco, escrito desde mi admiración plena al genio del que, precisamente hoy, se cumplen 492 años de su muerte).

29 de abril de 2011

Despedida en falso.

PC074384

Estos últimos meses sopesé abandonar o liquidar mis espacios. Cierta desafección, el raleo de las ilusiones iniciales, la insoportabilidad de lo que escribo, cuando tengo a bien releerlo, pero en cierta forma, lo que más me movilizaba, era la ilusión banal de que reducidos estos a cenizas de sus rescoldos eclosionara algo nuevo con mayor dinamismo, con energías renovadas y creatividad fresca.

Los finales suelen ser los comienzos de algo que no entendemos. Pero no necesariamente.

Y esa posibilidad siempre quedará abierta sin por ello ser necesaria la tala de La Tierra de los árboles y Frondosidad.

La necesidad de volcar , aún sin tiempo, la creatividad que tanto bien “creo” que me hace, de no olvidar el ambiente lúdico y de esparcimiento con el que fueron fundados y, también, sus comentarios siempre amables siempre constantes - pese a no tener reciprocidad - hacen que vea absurdo el cierre.

Más bien lo contrario, con incertidumbre, desconociendo la intensidad y periodicidad, regreso a ser de nuevo el secretario de mis emociones y a convertir a estos espacios, otra vez, en las naves de mis sueños.

Gracias, Pedro J.

9 de abril de 2011

Renacer

De la mano

Sin ponerse de acuerdo se cogieron de la mano por primera vez y pese a que en sus vidas abundaban los recodos donde el corazón se hizo jirones, ambos pensaron que un mundo bello, puro y trascendente se inauguraba en ese tacto.

Durante su paseo, bajo una flora esplendorosa, sobraron las palabras y les vino con fijación el principio del renacer, la idea de que también las personas pueden florecer en primavera.

6 de abril de 2011

Regreso al útero

Por insólito que parezca el sol buscaba el este y a las hojas les dio por ascender a las ramas donde poco tiempo antes estuvieron para asirse cada vez con menor fragilidad y las menudencias de la papelera volvieron al puño de los transeúntes y el serrín rojo regresó al badil del barrendero que lo esparció con la escoba por el empedrado ocultando la silueta en tiza de un cuerpo ausente.
 
El barrendero aspiro con hondura el humo de cigarro de la atmósfera y la ceniza trepó del suelo para alargar su pitillo y su mano buscó la espalda para dejar en ella un leve picor.
 
Fue un tumulto de luces y autos el que llegó acelerando para detenerse, policías sacando pelos, mondas y un casquillo de bolsas plásticas para colocarlos en caprichosos lugares, enfermeros encajando un cuerpo en la perfecta diana de la silueta que comenzó de inmediato a engrosar una tiza. El serrín se desecó de plasma y se alzó a una bolsa que sujetaba un policía obeso. Entre ellos quedaban las señales de un idioma imposible de lengua perforada y aspavientos.
 
Cada vez más curiosos miraban estas maniobras, el pintor que no tardó en irse a enriquecer un bote con el esmalte de una puerta, amas de casa con carros que vaciaron en fruterías o charcuterías y un jubilado de boina y periódico subrayado que torció la cabeza para que un esputo reconociera la familiaridad de su lengua.
 
De la misma manera en que la algarabía policial vino se fue con estridencia y frenazos bien fuertes. Poco tiempo después diversos gritos encontraron la oquedad de sus gargantas y el cadáver comenzó a mover leve la pierna y la sangre, tímida a la luz, retornó al orificio del pecho.
De inmediato el finado recuperó las fuerzas para erigirse presto y mirarte con miedo de animal agónico y una bala brotó de su pecho para dirigirse a la pistola que sostienes. La mirada se hizo asco, desprecio, reto y después fue entera de sorpresa. Es tu índice el que distiende el gatillo y eres tú la que guarda la pistola en el bolso para esperar impaciente.
 
Aguardando en la esquina te viene la idea del retorno, el profundo deseo del retroceso de los tiempos como la inasible ola de un flujo de espumas que torna a las entrañas marinas. La humanidad encogiendo, bebés encajando en matrices, ciudades despoblándose, relojes empecinados en llevar las manecillas a la izquierda cada vez más rápido, el hombre tomándole gusto al sol africano y encaramándose a los árboles en el final de su progenie, la sombra de los reptiles gigantes derivando a la síntesis unicelular, vapores de azufre en las aguas, volcanes bebiendo su propia lava, oscilaciones de planetas en cataclismos inimaginables, nuevas órbitas en un universo que se contrae en una inconcebible implosión que hace todo lo existente no muy diferente de un óvulo. La calma del útero cósmico.
 
Solo así, si eso fuera posible olvidarías el arma y en la raíz primera de la existencia podrías despegar ese rostro y esos ojos de la vida de humillaciones y malos tratos que te dieron.

5 de marzo de 2011

El pan del vagabundo

La noche deja lamida de escarcha Madrid.

Despunta abúlica la mañana por el callejón de Bringas, los primeros rayos la rasgan sin templarla y multitud de minúsculos sonidos aportan tono al bullicio del despertar de la ciudad. Murmullo de conversaciones, cada cuando el escándalo de un claxón o el timbre de un móvil inflamando el aire de música metálica y, cobijándolos todos, el enfático rodar de los neumáticos en el asfalto. Vapores ondulándose en la gelidez, los del esfuerzo de las calefacciones en las viviendas, las vaharadas de la respiración de los viandantes y, a ras de suelo, avivando íntimos secretos, el olor a pan nuevo filtrándose entre las aberturas del cartón donde el vagabundo se guarece.

Se desperezó dichoso, frotándose los ojos prensados de legañas, con el azul velado dentro y apartando cajas para pellizcar la hogaza. El paladar bendijo la tibieza del trigo moldeado. Imaginó la verde pradera que formaron una vez sus espigas. De nuevo un espíritu benefactor le dejaba pan e iban para siete días consecutivos. De nuevo importaba a alguien. De nuevo la esperanza, cuando todo se daba por perdido, dejaba un rastro. Cómo no asearse con entusiasmo, cómo no afanarse por descubrir a quién pertenecía la mano que posaba el pan en su cartonaje aunque siempre el sueño le traicionara y despertara tarde, cómo atajar el sueño de la imaginación que atribuían esas manos a una misteriosa dama de negro cuyos senos sabían a miel y luna.  

Pan

Y sentir, y creer y soñar.

Creerse tonta e infantil. Maldecir al corazón, órgano fúngico, lanzador de esporas que a todo se prenden para enraizar y doler al despegarlas con la ausencia o la distancia. Dolorosos corpúsculos cardiacos aferrados a la fragilidad de una minúscula planta que resiste en una cornisa, a la perrita zalamera de la vecina de abajo, a los ojos de un vagabundo que despierta encontrando su pan y convencerse “es diferente porque es pulcro en la miseria y saluda sin conocer y no arroja su vida al interior del cartón de vino” y hacerle pan para entregárselo por la noche como quien lleva un símbolo humeante y crujiente de los cielos, y querer no ser descubierta anhelando ser descubierta porque una viuda en la cuarentena no cree merecer un joven diez años menor aún vagabundo y tocarse y sentir el dolor del espacio desperdiciado cada noche en la cama y pasar media noche en vela preparando otro pan para llevárselo a hurtadillas sin advertir que, esta vez para su asombro, bajos los cartones unos ojos azules la aguardan despiertos.

Y sentir demasiado, y creer en lo imposible y soñar que no existen límites.

30 de enero de 2011

Manos de anciana

Manos de anciana

Manchadas de años, con las venas marcadas por la vejez, que ocultaron viandas en profundas orzas en los años del hambre, que tendieron incesantemente ropa a los aires del sur, que aliñaron aceitunas o apartaron hojarasca; hacendosas y hábiles manos para criar a una prole numerosa y que acabaron, con los años, ajadas y suavísimas como si las cotidianas dificultades de nueve décadas erosionaran los callos, desgastaran las durezas y llevaran la epidermis a su perfecta tersura.

Anclado en mi recuerdo la disputa que se hacían los gatos para no separarse de esas manos siempre prestas a acariciarlos.

Son las de mi abuela rescatadas de un negativo de 35 mm. cuando ella tenía 96 años. Iba con el siglo pasado, así que fue tomada en 1996.

Hace exactamente una década que estas manos se fueron.