10 de mayo de 2015

Niños robados

Milenaria 1200

Gafas de sol, sacarosa de absorción rápida, auriculares y baile de cifras al salir, 41% carga del móvil, glucosa 156, pulsaciones 62. Dejo atrás el kilo de llaves que crea esa quimera de posesión material. ¿Antes no era todo más sencillo? Nada más salir a correr Loreena McKennitt entona Stolen Child. La desgarradora canción se abre y se cierra con unos ladridos buscando al niño robado. Tan reales que oteo no se me venga un chucho. Algo me pulveriza por dentro escuchándola. “Él no escuchará más el mugido de los terneros en las ardientes laderas o de la tetera en la cocina”.

Corro en un mundo que se marchita lento, un camino de espigas doblándose, de pétalos de amapolas acogiendo al sol, estelas de baba de caracol reluciendo como plata en el suelo. Cruzo un polígono industrial para subir al pinar. En la parte más elevada tengo dos árboles, viejos camaradas a los que suelo visitar. Eso me hace recordar la encina gigantesca que me enseñaron mis amigos hace una semana. Amor a primera vista, cómo me conocen.

En el regreso a casa recuerdo que hace diez años, por estos procesos difíciles de explicar, ofrecía el esfuerzo de estas carreras para que mi sobrina recién adoptada y con problemas de salud saliera adelante. Es hoy una adolescente preciosa. Habrá niños robados y otros que se restituyen con afecto.

Llegando a casa la hipoglucemia pinta destellos en la vista perimetral similares a quemaduras en papel. Más cifras, pulsaciones 115, glucosa 46. Sudor, galletas desvencijándose en café, no me ha dolido nada el pie. Antes era todo más sencillo.

Es domingo, las 9:30.

Foto: Ana Morales, de fondo la encina probablemente más grande y vieja de Europa.