6 de marzo de 2016

La niña portuguesa



Al sacerdote le penetró la peste mientras revisaba el revocado de la fachada de su Iglesia. Ascendía desde el muelle, sugiriéndose sobre los tejados y entre las copas, serpenteando por la araña de calles. Era un hedor dulce, atroz, tan vagamente familiar que está metido en nuestra memoria sin conocerlo. El sacerdote oteó en vano hacia el espacio donde el mar acariciaba al cielo y con las manos entrelazadas a la espalda, levantando las rodillas con afectación bajó al puerto. Los estibadores estaban sofocados, alguno aplastando telas de saco contra su boca.

Aún tardó el barco inmundo en afianzarse como punto en el horizonte. Para ese entonces la pestilencia paralizaba. Se hicieron a la embarcación de servicio quince marineros, el maestre de puerto y el sacerdote. De cerca se veía que la nave al pairo era un destartalado carguero español con los mástiles quebrados, recubierta de verdín y abandono. Nadie respondió a la primera salva ni a los gritos de aviso. Abordaron la nave con las bocas y las narices tapadas. Había sido saqueado, algunas carroñeras levantaron el vuelo y dejaron al descubierto la amorfa masa de cuerpos descompuestos. Cadáveres de todas las edades y escalafones. Estragos de los piratas, de las tormentas, de un error de cálculo. Los registraron. Nada de valor. Así descubrieron que uno de ellos, a reparo del mortificante sol y la hostilidad de las aves, aún respiraba. Lo bajaron a la nave de auxilio y le dieron agua, estaba tan mal que dudaban que llegara vivo a Oporto. Se tocaba el cuello como asfixiándose. Aún en popa de la nave arruinada, el sacerdote, musito una oración por las almas. Esparcieron la brea por los laterales de la cubierta y la prendieron, giraron el timón atándolo y desplegaron el trinquete para que la nave regresara a la profundidad del océano.

De regreso a Oporto, con el cuerpo del superviviente tendido, vieron que les arropaban nubes de tormenta. En la lejanía, la nave incendiada ganaba en fulgor y parecía deslizarse a las mismas tragaderas del averno. El superviviente no podía hablar, era hombre muerto. Lo abandonaron junto a rollos de maroma y baldes de pecina. Cada uno fue a sus menesteres con poco humor por la fragua de la tormenta y el nulo lucro del auxilio. Hasta ese entonces cuando algún navío llegaba extraviado y se dejaba mecer a la costa, siempre sacaban unos víveres, a veces hasta telas brocadas y joyas que los embarcados daban por su auxilio y remolque. Luego llevaban el barco a puerto y lo declaraban a las autoridades, si era de una nación enemiga se calafateaba como mercante o desguarnecía para aprovechar las maderas. Aquella nave española, con la muerte instalada como pasajera traería complicaciones de haberla acercado, lo primero la inutilidad del barco y el dispendio de la ciudad en el entierro de desconocidos de una nación con la que estaban en guerra y cuando menos unas noches en los calabozos si quedaba alguna sospecha de fortuna incautada y no declarada.

Fue así como el segundo oficial, Tristán Acuña, quedó abandonado en una ciudad desconocida con los cielos enturbiándose sobre él, muerto de hambre con el único consuelo de un balde de agua en su cuerpo. La luz dimitía y en la negrura del mar sólo palpitaba la ascua hirviente del Santa Teresa resbalando de nuevo al insondable del que venía. El viento comenzaba a remover la hojarasca y a levantar los faldones de las lonas de las barcazas. Sin energías para tenerse fue reptando por un adoquinado mugriento hasta un callejón donde entendió que tendría su cita con la muerte.

En su cuello imaginaba el resplandor del collar de jade tallado con los oropeles de oro maya del que no quitaba la mano. De acuerdo al encantamiento del chamán aparecería cuando de verdad lo necesitara y ni siquiera en esa postrera hora podía verlo, al menos sí sentirlo al tacto, pulido, cautivador, valioso, a salvo de las manos piratas y de la rapiña de los interesados.
Comenzó a llover, de inmediato el frío se le alojó dentro y su mente se aproximó a revolver el mundo de su niñez, al nombre de su perro, las manos de madre, la voz grave de padre, los años felices de grumete en Cádiz, el asombro de los infinitos verdes de las Indias, los ojos indígenas de su amor. Cerró los ojos, el abandono.

Una aspereza en los labios le despertó. Era pan duro. Se lo tendía una niña enjuta y menuda de cabello oscuro. Comenzó a roerlo despacio, era un inmenso trozo que compartían y se lo pasaban de uno a otro con la naturalidad de los pobres. La niña estaba descalza como él, cubierta por un saco de arpillera, entre los descosidos se veía una piel pálida, violeta, tumefacta.


Al despertar a la mañana siguiente estaba solo. Había desaparecido. Tuvo fuerza para ponerse en pie. Pensaba que había soñado, pero aún quedaba un rastro a pan en su boca. 

Prometió hallarla, aunque fuera lo último que hiciera.