Olvidó el reino de las palabras para aullar desde el risco
más alto a la diosa luna hasta creer poseerla. Bajo el sendero de la hoguera y
desolló el conejo atrapado y lo comió medio crudo, atemperado apenas por un
tímido fuego del que huían en tropel efímeros astros naranjas que rivalizaban
con estrellas de los lejanos espacios circundantes.
Dejaban escapar los pinares melodías inacabadas de los
primeros tiempos. Era primavera y por lo tanto permanecía desnudo sin piel de
ciervo, sin el abrigo de la oquedad de roca, sorbiendo murmullos del riachuelo
o mascando con la compañía de las primeras luces el sudor que el rocío prendía
en las encinas. Marcaba el territorio macho orinando troncos y piedras de
aluvión, visitaba las trampas y mostraba dientes furiosos a los animales
sorprendidos.
El segundo amanecer sabía que se le acababa todo. Perdía los
dioses con forma y venía el recuerdo de las palabras al regresar, por veredas ribeteadas de jaras en flor, donde estaba ocultó el auto.
La ropa reconociendo su cuerpo, los
kilómetros a casa, la ducha rápida, el afeitado, la loción y la corbata. El
tiempo justo para llegar a la oficina, analizar mercados, tendencias,
porcentajes, probabilidades, decir sí a todos los jefes con la mirada primitiva
y el ojo asesino ocultos pero añorando en silencio la vida sencilla de las montañas e invocando
la pronta llegada del viernes para alcanzar un mundo sin fingimiento.
