Por aquellos días las lluvias arrancaron el color de todo. Las gotas arrastraban el verdor de la vegetación, los ocres de los campos de labranza, el naranja de los atardeceres. Los ríos, incontenibles, buscaron el mar como arcoíris líquidos y las corrientes desterraron el cromatismo a lejanas tierras dejando una nación de grisura deprimente. Adecuada, pensó el dictador, para homogeneizar inquietudes.
Nadie supo que en la guerra que llevó al dictador al poder un soldado moribundo vagó por los montes y antes de bajar al pueblo a expirar, enterró entre pinares una alforja repleta de sus mejores momentos.
Décadas más tarde un pastorcillo miraba con asombro unas flores de tonos encarnados. Destacaban entre la apagada vegetación. Intentando averiguar el secreto encontró enterrada bajo ellas una alforja. La abrió.
Aquella noche, en la cena con su familia, levantó la memoria de un soldado, pocos años mayor que él, que amó a una muchacha de ojos verdes, a la besó tras bailar toda la noche. Tarareó música prohibida, recitó poesías y rubricó la euforia del amor correspondido. Más tarde desplegó el sabor de la fresa, historias de libros y la idea de un mundo nuevo.
Y cada palabra, al salir de su boca, llevaba un color que se fijaba a los presentes, tiñendo iris, sonrosando gestos, verdeando los arbustos.
La noticia de un valle de color verde no tardó en llegar al tirano que envío a sus mejores tropas para sofocar la revuelta. Regresaron asegurando el triunfo pero, en la intimidad de sus hogares, los tomates que saboreaban eran rojos.
Como cada amanecer, probando un café cargado, el tirano aparta las cortinas para deleitarse con la inmensidad de su poder. Un cielo fulminantemente azul le hace quemarse . Asustado, antes del desmayo, pudo balbucear a un escolta de mirada celeste "todo está perdido".
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Foto propia, flor de rododendro. Dedico la entrada a mi idealista, Atticus.

