29 de abril de 2011

Despedida en falso.

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Estos últimos meses sopesé abandonar o liquidar mis espacios. Cierta desafección, el raleo de las ilusiones iniciales, la insoportabilidad de lo que escribo, cuando tengo a bien releerlo, pero en cierta forma, lo que más me movilizaba, era la ilusión banal de que reducidos estos a cenizas de sus rescoldos eclosionara algo nuevo con mayor dinamismo, con energías renovadas y creatividad fresca.

Los finales suelen ser los comienzos de algo que no entendemos. Pero no necesariamente.

Y esa posibilidad siempre quedará abierta sin por ello ser necesaria la tala de La Tierra de los árboles y Frondosidad.

La necesidad de volcar , aún sin tiempo, la creatividad que tanto bien “creo” que me hace, de no olvidar el ambiente lúdico y de esparcimiento con el que fueron fundados y, también, sus comentarios siempre amables siempre constantes - pese a no tener reciprocidad - hacen que vea absurdo el cierre.

Más bien lo contrario, con incertidumbre, desconociendo la intensidad y periodicidad, regreso a ser de nuevo el secretario de mis emociones y a convertir a estos espacios, otra vez, en las naves de mis sueños.

Gracias, Pedro J.

9 de abril de 2011

Renacer

De la mano

Sin ponerse de acuerdo se cogieron de la mano por primera vez y pese a que en sus vidas abundaban los recodos donde el corazón se hizo jirones, ambos pensaron que un mundo bello, puro y trascendente se inauguraba en ese tacto.

Durante su paseo, bajo una flora esplendorosa, sobraron las palabras y les vino con fijación el principio del renacer, la idea de que también las personas pueden florecer en primavera.

6 de abril de 2011

Regreso al útero

Por insólito que parezca el sol buscaba el este y a las hojas les dio por ascender a las ramas donde poco tiempo antes estuvieron para asirse cada vez con menor fragilidad y las menudencias de la papelera volvieron al puño de los transeúntes y el serrín rojo regresó al badil del barrendero que lo esparció con la escoba por el empedrado ocultando la silueta en tiza de un cuerpo ausente.
 
El barrendero aspiro con hondura el humo de cigarro de la atmósfera y la ceniza trepó del suelo para alargar su pitillo y su mano buscó la espalda para dejar en ella un leve picor.
 
Fue un tumulto de luces y autos el que llegó acelerando para detenerse, policías sacando pelos, mondas y un casquillo de bolsas plásticas para colocarlos en caprichosos lugares, enfermeros encajando un cuerpo en la perfecta diana de la silueta que comenzó de inmediato a engrosar una tiza. El serrín se desecó de plasma y se alzó a una bolsa que sujetaba un policía obeso. Entre ellos quedaban las señales de un idioma imposible de lengua perforada y aspavientos.
 
Cada vez más curiosos miraban estas maniobras, el pintor que no tardó en irse a enriquecer un bote con el esmalte de una puerta, amas de casa con carros que vaciaron en fruterías o charcuterías y un jubilado de boina y periódico subrayado que torció la cabeza para que un esputo reconociera la familiaridad de su lengua.
 
De la misma manera en que la algarabía policial vino se fue con estridencia y frenazos bien fuertes. Poco tiempo después diversos gritos encontraron la oquedad de sus gargantas y el cadáver comenzó a mover leve la pierna y la sangre, tímida a la luz, retornó al orificio del pecho.
De inmediato el finado recuperó las fuerzas para erigirse presto y mirarte con miedo de animal agónico y una bala brotó de su pecho para dirigirse a la pistola que sostienes. La mirada se hizo asco, desprecio, reto y después fue entera de sorpresa. Es tu índice el que distiende el gatillo y eres tú la que guarda la pistola en el bolso para esperar impaciente.
 
Aguardando en la esquina te viene la idea del retorno, el profundo deseo del retroceso de los tiempos como la inasible ola de un flujo de espumas que torna a las entrañas marinas. La humanidad encogiendo, bebés encajando en matrices, ciudades despoblándose, relojes empecinados en llevar las manecillas a la izquierda cada vez más rápido, el hombre tomándole gusto al sol africano y encaramándose a los árboles en el final de su progenie, la sombra de los reptiles gigantes derivando a la síntesis unicelular, vapores de azufre en las aguas, volcanes bebiendo su propia lava, oscilaciones de planetas en cataclismos inimaginables, nuevas órbitas en un universo que se contrae en una inconcebible implosión que hace todo lo existente no muy diferente de un óvulo. La calma del útero cósmico.
 
Solo así, si eso fuera posible olvidarías el arma y en la raíz primera de la existencia podrías despegar ese rostro y esos ojos de la vida de humillaciones y malos tratos que te dieron.