21 de agosto de 2011

SEÑALES DE HUMO IV y final

3358000686_6ae406f8c5_b-2Preparábamos la barbacoa en la terraza con Sinatra soltándole matices al anochecer de un cielo aún azul donde nada más refulgía Sirio y la brisa del Montgó esparcía las chispas del carbón que crepitaban en el aire y ascendían como ínfimas y candentes estrellas fugaces que quisieran aunarse a la inmensidad de ese cosmos.

Fue entonces, Pedro, guárdalo para siempre, que dirigiste la mirada al embarazo en sus etapas finales de tu hermana y pensaste en esa inconcebible cantidad de materia yerma expandiéndose y rotando en el universo y en la posibilidad de un vientre como alternativa a todo lo que no es. El desperdicio de la vastedad de esos mundos sí el milagro de la vida no existiera, ni fuera jamás posible.

14 de agosto de 2011

SEÑALES DE HUMO III

Iglesia con acebuche a la izquierda

Esta podría ser la historia de un tomate que nunca conoció plástico y, sin duda, a través de extraños y sibilinos derroteros alcanzó mi paladar para dejarle gloriosa huella o la de una niña gravemente enferma que comienza a comunicarse con las flores; pero no, lo primero aconteció en un restaurante popular de Portugal llamado O Lagar y lo segundo precisa más tiempo para el arraigue en mi imaginación.

Así que ciñéndome al espíritu de estas señales de humo estivales será la historia de unos parroquianos del país vecino que degustan unas cervezas demorándose en los tragos y en la conversación para hacerle el juego al declinar sumiso de la tarde. Véanme irrumpir entre ellos por sorpresa corriendo. Sus miradas me enganchan. Me corto y continúo mi trote. Para ellos soy estrambótico: correr con tanto calor y en subida. Para mí son una señal, un hito en mi carrera que evite perderme en la maraña de calles. Dalia morada, las calabazas enormes, curva sombría... y ahora, los parroquianos tranquilos.

Asciendo una colina en cuya cima despunta una iglesia tras un séquito de viñedos. Al alcanzarla el bronce de sus campañas estalla y reparte su estruendo por el valle. Llaman a misa y desde donde estoy alcanzo a ver el trasiego de las gentes como minúsculas hormiguitas por todo el valle. Tomo una hoja de uno de los acebuches que flanquean un lateral, la mordisqueo. Y no hay más, nada más en la memoria de aquella tarde, que mi carrera de regreso. Recuerda, Pedro: bosque a la izquierda, parroquianos tranquilos, dalia morada, kiwis, curva sombría, calabazas y casa rural.

Bosque

Parroquianos

Dalia morada

Kiwis

Curva sombría

Calabazas

10 de agosto de 2011

Jimmy en Salamanca

Salamanca y huerto de La Celestina.

No fue hasta media mañana que soltó el brazo de su madre y lo que, hasta entonces, podía ser un buen día comenzó a serlo. Brillaba la ciudad de Salamanca como refulge lo bello y, Jimmy, por fin olvidó a la Sra. Hopper y a sus compañeros del Centro de Trastornos Mentales y su madre se convenció de que, empacar cuatro trapos, dejar Denver e ir con la familia, incluido el pequeño, de vacaciones fue la mejor decisión.

Aquel detalle del brazo desasido y su hijo explorando por si mismo el mundo, arrinconando el autismo y relacionándose con sus hermanos, la emocionó. Más aún al reencontrar su sonrisa, tan infrecuente, al ver como un mimo imitaba a los viandantes o al descubrir las miradas que soltaba a las chicas, que por algo tenía dieciséis años.

Después, cuando el atardecer esparcía en las fachadas de piedra la sutileza del día, hubo de ponerle freno y no detallarle los ingredientes de ese plato, morcilla, que con tanta fruición ingería. Existió un helado de chocolate, fotos como las otras familias y un paseo por la ciudad iluminada para encontrar una rana de piedra y al irse a dormir temprano, pues en la mañana siguiente debían tomar un avión en la capital, la madre sintió un desprendimiento en capas de lo efímero y lo insano y, en silencio, con honda satisfacción, le vino el llanto.

 

Unos gritos en inglés desgarran la noche.

- Quiero quedarme, no me iré a ningún otro lado.

Una voz femenina intenta rebatirle sin éxito.

- No, no, no.

Me despiertan en la habitación del hotel. Al asomarme a la ventana vislumbro en la penumbra un autobús con personas impacientes y a unos metros de ellos y, en cierta manera, en los márgenes de ellos, a una señora que se acerca a un joven.

Se funden y se quedan callados.

7 de agosto de 2011

Señales de humo II

Tiendas OmahaOtra incursión al amanecer bordeando un inmenso bosque. De la espesura escapa el graznido de un cuervo y cada cuanto el mugido ceremonioso de una vaca.

Dispersión del sol de primera hora que estira mi sombra sobre pasto seco y matas de espliego y tomillo. Rachas de viento fresco y resinado. A veces los sonidos se sosiegan tanto que creo que si me detengo escucharé el bombear de mi sangre y las minúsculas combustiones que aportan la tibieza de la vida. De ese aturdimiento me sacan multitud de pequeñas y gráciles mariposas que juegan conmigo y me acompañan.

TorcaCallejones de Las Majadas

Árbol partiendo una roca enorme

Cuenca es la cama deshecha de dos amantes telúricos. Pliegues de sábanas pétreas entre rebeliones de vegetación imposible y luchadora. Puede que por esto último me guste tanto.

1 de agosto de 2011

Señales de humo I

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Al salir a la calle los últimos juerguistas apuran churros aguados y aunque llevo un desayuno de Jaén entre pecho y espalda siento hambre. Desayuno típico, pan, jamón, queso, bacalao, tomate y por supuesto aceite de oliva.Durante un segundo nuestra mirada se llena del asombro de vidas paralelas como especies de animales nuevos que se escrutan en la sabana. Nos saludamos, ellos con la ronquera de su voz pulida en esfuerzos nocturnos, yo con la de mi modorra. Tras la noche de fiesta el pueblecito tiene algo de papel de regalo roto. Enfilo mi paso hacia donde quieran mis pies. El sol que nace peina con potencia de cepillo de púas las lomas. Sin percibirlo el camino escogido es una barranquera en la que de niño jugué mucho a vaqueros e indios. A mi mente acuden ciertas escenas, determinados parajes grabados a cincel, filigranas de recuerdos.

_7316287-2A media subida descubro a una liebre mirándome, disparo sin enfocar. Para mi sorpresa la capturé erguida, casi suspendida en el aire. Ay, con un zoom mejor que buena foto hubiera sido.

Prefería ser un piel roja. Entonces no sabía el motivo, ahora sé que es porque estaban más unidos a la naturaleza y se comunicaban con humo y sus nombres tenían poesía, nube gris, trueno que no cesa. Algunas fotos más con el obturador casi siempre a 1000 por la cegadora luz. A Jabalcuz que la calima pinta de rosa, al oppidum de Venceslá, a Berrios, a lugares resecos para usarlos como texturas.

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La paz se quedó dormida allí, me conmino a regresar con más tiempo. Las higueras están saqueadas por abajo. Con mi envergadura no tengo problemas en hacerme con un par de kilos de higos frescos. Tristeza de no poder probarlos. _7316301Con tan preciada carga emprendo el camino de descenso más directo. Por la mitad la senda está arada, no existe, desaparece. _7316289

Han borrado las rutas de mi infancia. Camino entre terrones calizos hasta una granja privada.

El dueño observa mi pausado allanamiento. Intento presentarme quitándome las gafas de sol, baldío esfuerzo, me conoce, se trata de un compañero de infancia al que hace décadas que no veo. Me dice cómo salir de allí. Cuando me largo percibo que no estrechamos las manos, ni intercambiamos los mínimos fundamentos de la educación. La timidez es el más estéril de los vicios.

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A manera de modesta y breve ruta fotográfica.