24 de julio de 2014

La gripe en las galaxias.



Sala de espera del ambulatorio.  Respiro por la boca y mis ojos se apaciguan del fulgor de la tarde. Aire acondicionado poco soportable. Música latina a buen volumen que dice  "pintaré mil mariposas y un atardecer sobre tu piel", conversaciones apocadas. En la puerta de la doctora estampas con flores desecadas  y una desiderata. Al leerla reconozco que, sin citarle, se trata de una versión en prosa de la famosa poesía de Ehrmann. 

Los bellos versos terminan diciendo que somos criaturas de universo como las estrellas y los árboles, recalcando, pese a todo, la belleza del mundo y la validez del esfuerzo por ser feliz.

No puedo ver la felicidad como un fin. Me frustra pensarla así o realizar esfuerzos por ella, la considero mejor un medio para las cosas, la compañera de camino que algunas veces se nos hace la distraída y se pierde y, entonces, esperamos bajos los álamos que regrese pues sabemos que ella hace todo fácil.

Lo que realmente me sorprende y me hace divagar es esa mención del universo.

Allá afuera y aquí mismo, en mí que formo parte, esa vastedad sin horizontes, con leyes ignotas, constelaciones iridiscentes, estrellas recónditas cuya luz pudiera ser un tributo del pasado, inconcebible inmensidad anónima en falso caos. ¿Qué más maravilla que esa?

Cuando me llama la doctora gravito aún por esos mundos y debo descender al instante para hablar de congestión o aguantar una regañina por no darme de baja con lo del brazo.

La luz que entra por la ventana es cegadora pero yo sé que allí mismo, en ese cielo tan sobreexpuesto que oculta los astros, comienza la incógnita y el asombro.

1 comentario:

  1. Como dice lo maravilloso muchas veces es poder mirar hacia arriba y dejarse perder en esas inmensidades...aunque sea por un ratito...que somos como globos en el aire a los que de vez en cuando nos hacen descender tirándonos del hilito...
    Magnífico...como siempre

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