11 de enero de 2014

Aridez en las venas



La primera vez que vio sonreír a un hombre tenía nueve inviernos y la inocencia perdida. El Fascinador bajó custodiado por dos centinelas, con las manos atadas en la espalda, vestía un sayo acolchado, aún no tenía puesta la arpillera de los esclavos, cruzó la vuelta del arenal con la mirada distraída y, al verlos, esbozó una sonrisa y una mueca que años más tarde, en la soledad de sus noches atribuladas, interpretaría como un saludo o reverencia. Un ciclo más tarde, sería esa misma cabeza ensartada en una lanza la que coronaría el este de la mina, por donde el sol esparciría la sombra terrorífica que debería servirles de aleccionador destino y, sin embargo, así son los hados, desde aquel momento supieron que la esperanza sería imparable.



El Fascinador les mostró la existencia de un pasado acurrucando sus cuerpos,  les habló de la belleza del mundo, de la dulzura de las mujeres, de los árboles mágicos que estremecen corazones, de los susurros en el valle, les trajo el color, la valentía. La insurrección.   



Nueve ciclos cargaba el niño de las manos inquietas, cuatro de ellos hundido en la mina de roca de Hert, el infecto y descomunal agujero donde trabajaban de sol a sol los cautivos.



Todo allí.

Era.

Aridez en las venas.



Los segundos eran hueso.



El tiempo era sangre.



Y habría de cambiar.

3 comentarios:

  1. Terrible. Arenoso y árido, como bien dices. Falto de esperanza?. Cuántas vidas se habrán visto (y verán) avocadas a tales condenas. La vida entera es la eternidad. Y después nada.

    ResponderEliminar
  2. Magnífico...y tiene razón, no hay mejor motor del progreso o la reacción que la muerte, la desesperación o...la esperanza
    Un abrazo amigo...

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar