23 de septiembre de 2014

Flora intestinal

bargas

La inspectora Bargas al despertarse no pudo ni tampoco quiso evitar el encuentro con el reflejo del baño. Allí aparecían, sinceros y despiados, los cuarenta en una demacración que creía una retorcida venganza, y que en realidad, más que un severo castigo del tiempo, mostraban la falta de amor, la privación de horas de sueño, el exceso de las angustias y las comidas desajustadas y escasas.

La luz del amanecer, todavía una ligera emulsión de gelatina, mostraba su habilidad para resaltar las arrugas cercanas a los ojos momentos antes de que fueran embozadas por una capa de maquillaje. Las yemas de sus dedos recorrieron las costillas marcadas, los perfiles del pecho cansado, la comisura agria. Ensayó sonrisas fingidas y no recordó los cielos violetas de su infancia.

La inspectora Bargas al despertarse no sabía ni tampoco quiso esquivar aquel día que le cambiaría la vida. La llamada de sus ayudantes nerviosos, las sirenas policiales incluso para recogerla en casa, la sucesión de infinitas hileras de olivos que parecían la flora intestinal de algo perverso y al final el cortijo entre luz mortecina, anquilosado en un cerro rojo con la obra del mal dentro.

4 comentarios:

  1. Siempre consigues sorprenderme, Pedro.

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  2. Un esparcimiento para entretenerme :)

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  3. Impresionismo a flor de piel. Se nota su gusto y sensibilidad por la luz...

    Salud!

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  4. Muchas gracias, Charles, no te había leído hasta ahora mismo, un abrazo.

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