14 de septiembre de 2006

LA URRACA HERIDA

No me causó buena impresión cuando me lo presentaron. Hosco, chulo y tan eléctrico que se adivinaban algunas sustancias por sus venas.
Trabajaba de mecánico en el servicio de recogida de basuras de la ciudad. Comenzaba, muy temprano, cuando todos sus compañeros se marchaban, tras la recogida nocturna, dejándole unos pestilentes camiones con ruidos y fallos que reparaba en la más absoluta soledad. Su lugar de trabajo era siniestro, repleto de aceite quemado y lleno de detritus en descomposición. Estaba parejo a la nave de mi empresa, cuando entré a saludarle, percibí como en la suya la temperatura era más alta por la fermentación continua de residuos. El hedor casi me llevaba al desmayo.
Durante el invierno apenas volví a verlo desde aquel saludo inicial, hasta que apareció en mi oficina con sus ojitos brillantes y su mono de trabajo negro.
- Ven, me dijo, tengo una sorpresa.
Cualquier cosa menos entrar en su nave, pensé, pero ¿cómo declinar una invitación así?. Contuve la respiración al entrar y me acercó una caja de cartón oculta tras unos bidones de grasa. En ella se movía una urraca joven con el ala herida.
- Voy a cuidarla todo el invierno y en primavera la suelto.
Quise decirle que lo más probable es que se muriera pero hice bien en callarme porque me pareció un gesto bello e inaudito.
Le entablilló el ala, le compró alpiste y durante lo más crudo del invierno cerraba su nave para que practicara el vuelo sin temor a que escapara a la gélida atmósfera. Me gustaba verla volar en aquel interior repugnante, era como un haz de luz que atravesaba una tormenta.
La liberó a finales de marzo cuando la comida en la naturaleza le aseguraba la pervivencia. Sobrevoló la nave, se posó en un cercado y huyo raseando unos campos de hinojo seco. Vi, en los ojos del mecánico, auténtica desolación.
Meses más tarde olvido bajar la caja de un camión al entrar en la nave y destrozó medio techo. Le despidieron y le perdí el rastro. Supe que se divorció. Un año más tarde, paseando con mi esposa, le encontré con su nueva y jovencísima pareja y con un bebé que nos mostró orgulloso.
Nunca más le vería.
Acabó siendo un suicida y un asesino de la peor catadura. Estrelló adrede su Alfa Romeo contra un árbol con su hijo de dos años en su regazo. Hubo un incendió. Me contaron que fue imposible separarles.
No sé bien como, hoy rememoro aquel pajarito libre. Hasta en las personas más perversas existen destellos de humanidad.
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Foto: Sergey Yeliseev

2 comentarios:

  1. La gente somos una amalgama de contrastes, nuestros sentimientos un manojo de confusiones y por tal motivo somos capaces de amar y odiar. Lo triste es que en algunos casos nos lleve a perder el norte y también la brújula. Me gusta como has querido resaltar que dentro de alguien que tiene malas acciones, suele haber algo de bondad. Sigue escribiendo.

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  2. Nahuyaca....tu me pierdes. Gracias por el comentario y TODO lo demás.

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