12 de junio de 2011

Las alas incandescentes de Doña Régula

Anciana[10] Todo en la vida de Doña Régula habita en la desmesura: su gato, barrigón y abotargado, la osteoporosis senil que la hace sentir que al anochecer las rodillas estallarán sin remedio y astillas de su rotulas tachonarán el papel pintado de las paredes y el desapego de su única hija que tan sólo la considera para entregarle cada mañana a su nieta.

Doña Régula pensaba que a la vejez se llegaba a saltitos de gorrión. Ahora está convencida que los suyos los ha dado algún pajarraco mucho mayor. ¿No fue ayer mismo cuando subía las escaleras con la compra y ahora se salta comidas por la fatiga? ¿No fue esta mañana cuando la risa afloraba sin esfuerzo y, entonces, a qué muestran ahora estas arrugas una vida de padecimientos?

Sin religión, ideología ni canal de televisión que la sostenga lo suficiente a Doña Regula le gustaría consolidar a la figura de su nieta como el último sustento de su ser. ¿Es esto cierto? Desde luego la niña vive en su corazón pero acaso no comparte sitio con esos retoños de geranio que, despistados, tardan en concretarse en flor, con la luz que atraviesa sus visillos al amanecer y riega de amarillos la mesa camilla o con tantos otros aconteceres.

El devenir de las horas del día le suponen un abandono de la existencia y las penumbras le acercan lo suficiente el disparate de lo humano como para que por su cabeza pase el atajo a lo seguro, un trago de lejía, un salto por la ventana: hacer suya la última mueca burlona a la huesuda de la guadaña.

Cuando el dolor es incomparable y se vence en la cama convertida en un conglomerado de rescoldos, el pálpito de la noche levanta un trémulo viento en algún lugar ignoto que le conduce el fénix de la vitalidad, la insuflada fortaleza de la semilla y el bullir del alba la descubre con voracidad adolescente, acometiendo las tareas como una criatura mitológica recién fundada, con la sonrisa pícara fijada al rostro y las pupilas escrutando ínfimos prodigios habituales y cada vez que su hija le entrega a la nieta sin permiso, sin las gracias anticipadas, presiente al mirarla la inquietante y poderosa fugacidad de unas alas incandescentes, un destello de brasas en el fondo de sus ojos y más tarde, en el trabajo comentará que su madre está como nunca que puede con todo, que no sabe de dónde saca las energías.

9 comentarios:

  1. Dice Machado: <Para ser joven, haberlo sido. Yo podría decir: Para ser viejo.... serlo.

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  2. Si no fuese porque no tengo nietos, te diría que cada día me parezco más a Doña Régula. Esto e que, cada día, las energías matinales se agotan antes, pero las tengo y, también mis hijos me dicen que de dónde las saco...

    Este magnifico relato me ha calado hoy hasta los huesos.

    Dos abrazos dobles

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  3. Precioso texto y honda reflexión, querido amigo. Pocas veces sabemos comprender y agradecer a las madres lo que hacen por nosotras y, aunque las admiremos, se nos olvida mirarlas y tratar de comprender qué necesitan de nosotras, en qué les fallamos, cómo podríamos mejorar su existencia. Este ha sido un buen aviso. Un abrazo muy fuerte.

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  4. Para variar, qué manera de decir las cosas, hombre!!!!
    He criado hijas sin ayuda de abuelas y cuando yo aún era tan niña! Las nochas eran una espera de recuperación, las mañanas, una pregunta: cómo haré para llegar a la noche? Sólo aquellos que criamos hijos contra viento y marea sabemos de qué se trata ese arte/trabajo de estar siempre disponibles. Benditas sean aquellas que ayudan; bienagradecidos deberían ser aquellos que reciben su bendición desinteresada.
    Me encanta el texto! Gracias por tus palabras en mi blog. También cayeron en tierra agotada...

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  5. Maravilloso,imagen y lo que muestra el texto.

    (Tomé una foto tuya para un texto en mi blog, espero no te moleste)
    Un saludo.

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  6. Se le nota en el gesto esa desmesura. Qué retrato psicológico.

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  7. Antes de nada, una foto de verdadero lujo total. Me encanta ese blanco y negro que hace al personaje mucho más dramático, duro, de lo que tal vez sea. Y esto concuerda perfectamente con el pedazo texto que te has largado así, como si nada.
    Una descripción que humedece a tanta "abuelas-madres" que se dejaron la vida y que ahora se la tienen que volver a dejar en la piel de los nietos.
    Hemos creado una sociedad un tanto extraña... pero ese es otro tema.
    Me gustó mucho tu entrada.
    Saludos.

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  8. Saludos, Goathe...
    Empiezo por tu retrato magnífico, casi no hacen falta palabras, ese rostro de sufridos surcos lo dice todo.
    Pero no puedo acabar de ver en esa señora de adusto rostro a la abuela que cuida amorosamente a su nieta. Eso sí, me parece fuerte como un roble, capaz de pasarse los días en las tareas del campo..Porque esa misma mujer la he visto yo en mi juventud, poderosa tirando "palante" de reata de hijos, nietas, marido y otras bestias.
    Sin embargo, el texto independientemente del retrato, es un verdadero canto a las sufridas, explotadas y mal pagadas en cariño y cuidados,las sempiternas abuelas.
    Un abrazo

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  9. Gracias amigos. En efecto, Mateo, no da la imagen de lo escrito esta señora pero ya conoces mi obsesión por poner siempre que pueda imágenes mías.

    Abrazos a todos y mi gratitud.

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